domingo, 6 de febrero de 2022

Debieran los ricos, como los caballos de raza, tener donde todo el mundo pudiese verlo, el abolengo de su fortuna


Orlando Guevara Núñez

A quien quisiese conocer  el criterio martiano sobre  los ricos y los pobres,  la desigualdad social, y del lado de quien se puso, le convendría leer el artículo por él escrito, titulado La religión en los Estados Unidos, publicado en el periódico La Nación, de Buenos Aires, el 17 de mayo de 1888. 

Escribe con agudeza. Con juicios acusatorios sobre la sociedad en los Estados Unidos.  “Se ve ahora de cerca lo que La Nación ha visto, desde hace años, que la república popular se va trocando en una república de clases; que los privilegiados,  fuertes con su caudal, desafían, exasperan, estrujan, echan de la plaza libre de la vida a los que  vienen a ella sin más fueros que los brazos y la mente; que los ricos se ponen de un lado, y los pobres de otro; que los ricos se coligan, y los pobres también: que la inmigración, no bien destilada ni contenida, aporta más de sus vicios europeos que lo que adquiere de las virtudes americanas”.

Y prosigue: “Que el lujo, el lujo descompuesto y casi bestial, obliga la mente a tales agudezas y el honor de ambos sexos a tales sacrificios, que la virtud va por todas partes quedándose atrás, como poco remunerativa; que la libertad más amplia, la prensa más libre, el comercio más próspero, la naturaleza más variada y fértil, no bastan a salvar las repúblicas que no cultivan el sentimiento, ni hallan condición más estimable que la riqueza, ni asimilan el carácter nacional las masas indiferentes u hostiles que las unen”.

Queda claro el concepto martiano sobre la verdadera riqueza. “Se ve que no bastan las instituciones pomposas, los sistemas refinados, las estadísticas deslumbrantes, las leyes benévolas, las escuelas vastas, la parafernalia exterior, para contrastar el empuje de una nación que pasa con desdén por junto a ellas, arrebatada por un concepto premioso y egoísta de la vida”

Y continúa su análisis: “Se ve que ese defecto público que en México comienza a llamarse “dinerismo”, el afán desmedido por las riquezas materiales, el desprecio de quien no las posee, el culto indigno a los que  la logran, sea a costa de la honra, sea con el crimen, ¡brutaliza y corrompe a las repúblicas!

Agrega otro concepto radical. Que “debiera negarse consideración social, y mirarse como enemigos solapados del país, a los que practican o favorecen el culto a la riqueza, pues así como es gloria acumularla con un trabajo franco y brioso, así es prueba de incapacidad y desvergüenza, y delito merecedor de pena escrita, el fomentarla por métodos violentos o escondidos, que deshonran al que los emplea, y corrompen la nación en que se practican”. Es a renglón seguido que considera que debieran los ricos, como los caballos de raza, tener, donde todo el mundo pudiera verlo, el abolengo de su fortuna”.

En su consideración sobre el papel de la religión, en ese caso, afirma que “puede decirse a boca llena que el clero oficial, que muestra hoy en servir a los ricos  la rivalidad que mostró antes de la interpretación de la Escritura, es quien menos ayuda a esta obra de reconstruir el alma nacional caída”. Por el contrario, mantiene que “es el clero improvisado el que remueve más ideas, ve más de cerca la desdicha, y exhorta con más elocuencia a la caridad para con el hombre y la fe en Dios”.

Otras importantes consideraciones son expuestas por Martí en este escrito sobre las manifestaciones religiosas y las religiones, relacionándolas con la realidad social.

 

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