domingo, 5 de abril de 2026

 

José Martí: Un pueblo no es independiente cuando ha sacudido las cadenas de sus amos: empieza a serlo cuando se ha  arrancado de su ser los vicios de la vencida esclavitud

 

Orlando Guevara Núñez

A ese precepto, agregó Martí: “Y para patria y vivir nuevos, alza e informa conceptos de vida  radicalmente opuestos a la costumbre de servilismo pasado, a las memorias de debilidad y de lisonja que las dominaciones despóticas usan como elementos de dominio sobre los pueblos esclavos”.

Estas ideas fueron publicadas el 25 de mayo de 1875, en Revista Universal, de México. Se estaban inaugurando, en la actividad reseñada, las clases del Colegio de Abogados de ese país.

Afirma que “un pueblo no es una masa de criaturas miserables y regidas: no tiene el derecho de ser respetado hasta que no tenga la conciencia de ser regente: edúquese en los hombres los conceptos de independencia y propia dignidad: es el organismo humano compendio del organismo nacional: así no habrá luego menester estímulo para la defensa de la dignidad y de la independencia de la patria”

Dice Martí sobre el fin de las clases orales: “Las Repúblicas se hacen de hombres: ser hombre es en la tierra dificilísima y pocas veces lograda carrera.

Hace una reseña de los discursos de diversas personalidades, entre ellas las del poeta Justo Sierra, de quien dice que la frente de este hombre se calienta en el sol de la raza virgen, que pertenece a la generación nueva de poetas. Y  opina que la poesía no es el canto débil de la naturaleza plástica: esta es la poesía de los pueblos esclavos y cobardes, agregando que la poesía de las naciones libres, la de los pueblos dueños, la de nuestra tierra americana, es la que desentraña y ahonda en el hombre las razones de la vida, en la tierra los gérmenes del ser. Argumenta que lo pequeño adora: lo grande arranca y busca.

sábado, 4 de abril de 2026

 

José Martí: Fusta recogerá quien siembra fusta: besos recogerá quien siembra besos

 

.Orlando Guevara Nú;ez

En Cuba pronunció José Martí ese postulado. Fue un discurso leído el 28 de febrero de 1879, en el Liceo de Guanabacoa, en memoria del fallecido poeta  cubano Alfredo Torroella y Romaguera (1845-1879).

Calificó a este insigne cubano como “el muerto bien amado de la patria”, aunque, agregó, si la patria lo ama no está muerto.  Dijo que es ley de los buenos ir doblando los hombros al peso de los males que redimen, y los redimidos, allá en lo venidero, llevarán a su vez sobre los hombros a los redentores.

Evocó las cualidades de Torroella como padre, y afirmó que “Amigos fraternales son los padres, no implacables censores. Fue cuando dijo que Fusta recogerá…  Sentenció que: La única ley de la autoridad es el amor. Apuntó  que este hombre amaba los héroes de la  historia que su padre le contaba. Y que nunca deben los padres abandonar a otros el molde a que acomodan el alma de sus hijos.

En el análisis sobre la labor del homenajeado, afirmó: “Fáciles le eran desde niño todas las formas activas de la grandeza y la belleza. Sentía noble encanto en enseñar lo que sabía” (…) ¡Que es doble manera de hacer el bien, dar pan al cuerpo y darlo al alma!

Haciendo una distinción entre los poetas, expresó nuestro Héroe Nacional: ¡Corona de ceniza para los poetas cortesanos!  ¡Corona de himnos para la frente del honrado poeta de los pobres! Dijo  también, sobre el amor familiar de Torroella, que amar no es más que el modo de crecer.

Habló sobre la vida de exiliado de Torroella en México, y aseguró que “Orador, arrastró; poeta, sedujo; autor dramático, oyó de los mexicanos aplausos ferventísimos”.

viernes, 3 de abril de 2026

 

Los hombres como Guillermón

no se lloran, se imitan

           

.Orlando Guevara Núñez

El 5 de abril de 1895, en Mucaral, Mayarí Arriba, dejó de existir uno de los héroes más brillantes de las gestas cubanas contra el colonialismo español: Guillermo Moncada Veranes. La historia lo recuerda como Guillermón. Por su estatura, así  lo llamaron  sus compañeros en la manigua cubana.

Nació el 25 de junio de 1840 en Santiago de Cuba, en la actual barriada de Los Hoyos. Hijo de una familia negra extremadamente humilde. Su madre, Dominga Trinidad Moncada, y su padre, Narciso Veranes, vivían en la pobreza, pero con una riqueza moral que heredó el joven y determinó su formación desde la niñez. Su bondad y valentía fueron dos rasgos inherentes a su carácter.

El estallar la guerra independentista del 10 de octubre de 1868 en La Demajagua, este patriota estuvo entre los primeros en incorporarse a las fuerzas insurrectas, junto a otros representantes de la juventud santiaguera. Su bravura lo distinguió desde temprano en los combates, en varios de los cuales resultó herido, estando bajo el mando de los más prestigiosos jefes mambises. Así ganó su aval para ascender al grado de general del Ejército Libertador Cubano. Más de 50 enfrentamientos con el enemigo los realizó como combatiente de las tropas del  General Antonio Maceo.

Ágil y audaz en el manejo del machete, Guillermón protagonizó con esa arma hechos que hoy lo destacan como bravo entre los bravos. Uno de éstos fue el duelo personal a muerte en el que venció a un teniente coronel español, esgrimista, en su propio refugio.

Cuando el Generalísimo Máximo Gómez lo designa para sustituir en el mando al coronel Policarpo Pineda (herido en combate) le encomienda también cumplir la misión de poner fin a los vandalismos cometidos por las escuadras de Santa Catalina del Guaso, bajo la jefatura de Miguel Pérez Céspedes, quien se jactaba de desear un duelo a machete con Moncada.

Recoge la historia que un día, en un camino, en un papel doblado, encontró Guillermón la siguiente nota: “A Guillermo Moncada, donde se encuentre. Mambí: no está lejos el día en que pueda sobre el campo de la lucha bañado por tu sangre, izar la bandera española sobre las trizas de la bandera cubana”. Y la firmaba Miguel Pérez.

Al dorso del propio papel escribió Guillermón: Enemigo: Por dicha mía se aproxima la hora en que mediremos nuestras armas. No me jacto de nada, pero te prometo que mi brazo de negro y mi corazón de cubano tienen fe en la victoria. Y siento que un hermano extraviado me brinde la triste oportunidad de quitarle filo a mi machete. Mas, porque Cuba sea libre, el mismo mal es bien”. Firmó el papel y lo dejó en el mismo lugar. Poco después llegaría el día del enfrentamiento. El machete de Guillermón se impuso en largo y sangriento duelo, y el vencedor envió a Máximo Gómez, como testimonio,  las insignias usadas por el traidor.

Luego de la paz sin independencia del 10 de febrero de 1878 en El Zanjón, Guillermón se encuentra entre los oficiales que, junto a Antonio Maceo, protagonizan la viril Protesta de Baraguá, el 15 de marzo de ese mismo año. La nombrada Guerra Chiquita lo suma otra vez a la manigua, y después del fracaso de ésta, tras un engañoso proceder de las autoridades coloniales, es enviado a prisión, primero en Cuba y luego en las Islas Baleares, jurisdicción  española.

Cumplidos seis años de prisión, regresa el jefe mambí a la Patria, en 1887. Las duras condiciones de la cárcel no habían quebrantado su moral, pero sí su salud, pese a lo cual continuó sus actividades conspirativas. En 1893 fue detenido nuevamente, hasta la mitad del año siguiente.

Los clarines de la guerra revolucionaria llamaron de nuevo a los patriotas a la guerra, el 24 de febrero de 1895. Alzamientos internos y expediciones desde el exterior, formarían parte del plan de José Martí para la nueva contienda. Y el gigante de estatura y de gloria, aún sabiendo cercana su muerte, con los pulmones destrozados por la tuberculosis, va de nuevo  a los campos de batalla, nombrado jefe militar de Oriente. Se estableció en Loma de la Lombriz, en el Término de Alto Songo.

Pese a su gravedad estuvo al frente del ataque a Dos Caminos y poco después en Charco Grillo, Mayarí Arriba, tendría su último combate. Cuatro días más tarde que el desembarco de Antonio Maceo por Duaba, y seis antes de la llegada de Martí y Gómez por Playita de Cajobabo, Cuba perdía a uno de sus más gloriosos generales mambises.  Los restos venerados de Guillermón reposan en el cementerio  de Santa Ifigenia, en  la Ciudad Héroe de la República de Cuba, la que lo vio nacer y vivir como patriota. 

El luto entre las filas insurrectas fue profundo. Y cuentan que al conocerse la noticia, ante la consternación de los combatientes, su ayudante, el capitán Rafael Portuondo Tamayo, en cuyos brazos falleció el héroe, pronunció palabras con vigencia para todos los tiempos: “Los hombres como el General Moncada no se lloran, se imitan”. 

El nombre  de este glorioso santiaguero, fue puesto a una fortaleza militar que durante mucho tiempo fue símbolo  de opresión, de crímenes y torturas, hasta que el 26 de Julio de 1953, los jóvenes de la Generación del Centenario, liderados por Fidel, lo transformaron en un símbolo de rebeldía y de patriotismo.

En esta instalación militar santiaguera, se produjo el combate que dio inicio a la última etapa  de  lucha del pueblo cubano por  su verdadera libertad, ganada el 1ro. de  enero de 1959. Aquí nació  el programa de lucha  y  de las transformaciones que necesitaba el país para lograr su verdadera independencia. Largo fue el camino y ejemplar el heroísmo de Santiago de Cuba, desde el primer combate hasta la victoria.