viernes, 3 de abril de 2026

 

Los hombres como Guillermón

no se lloran, se imitan

           

.Orlando Guevara Núñez

El 5 de abril de 1895, en Mucaral, Mayarí Arriba, dejó de existir uno de los héroes más brillantes de las gestas cubanas contra el colonialismo español: Guillermo Moncada Veranes. La historia lo recuerda como Guillermón. Por su estatura, así  lo llamaron  sus compañeros en la manigua cubana.

Nació el 25 de junio de 1840 en Santiago de Cuba, en la actual barriada de Los Hoyos. Hijo de una familia negra extremadamente humilde. Su madre, Dominga Trinidad Moncada, y su padre, Narciso Veranes, vivían en la pobreza, pero con una riqueza moral que heredó el joven y determinó su formación desde la niñez. Su bondad y valentía fueron dos rasgos inherentes a su carácter.

El estallar la guerra independentista del 10 de octubre de 1868 en La Demajagua, este patriota estuvo entre los primeros en incorporarse a las fuerzas insurrectas, junto a otros representantes de la juventud santiaguera. Su bravura lo distinguió desde temprano en los combates, en varios de los cuales resultó herido, estando bajo el mando de los más prestigiosos jefes mambises. Así ganó su aval para ascender al grado de general del Ejército Libertador Cubano. Más de 50 enfrentamientos con el enemigo los realizó como combatiente de las tropas del  General Antonio Maceo.

Ágil y audaz en el manejo del machete, Guillermón protagonizó con esa arma hechos que hoy lo destacan como bravo entre los bravos. Uno de éstos fue el duelo personal a muerte en el que venció a un teniente coronel español, esgrimista, en su propio refugio.

Cuando el Generalísimo Máximo Gómez lo designa para sustituir en el mando al coronel Policarpo Pineda (herido en combate) le encomienda también cumplir la misión de poner fin a los vandalismos cometidos por las escuadras de Santa Catalina del Guaso, bajo la jefatura de Miguel Pérez Céspedes, quien se jactaba de desear un duelo a machete con Moncada.

Recoge la historia que un día, en un camino, en un papel doblado, encontró Guillermón la siguiente nota: “A Guillermo Moncada, donde se encuentre. Mambí: no está lejos el día en que pueda sobre el campo de la lucha bañado por tu sangre, izar la bandera española sobre las trizas de la bandera cubana”. Y la firmaba Miguel Pérez.

Al dorso del propio papel escribió Guillermón: Enemigo: Por dicha mía se aproxima la hora en que mediremos nuestras armas. No me jacto de nada, pero te prometo que mi brazo de negro y mi corazón de cubano tienen fe en la victoria. Y siento que un hermano extraviado me brinde la triste oportunidad de quitarle filo a mi machete. Mas, porque Cuba sea libre, el mismo mal es bien”. Firmó el papel y lo dejó en el mismo lugar. Poco después llegaría el día del enfrentamiento. El machete de Guillermón se impuso en largo y sangriento duelo, y el vencedor envió a Máximo Gómez, como testimonio,  las insignias usadas por el traidor.

Luego de la paz sin independencia del 10 de febrero de 1878 en El Zanjón, Guillermón se encuentra entre los oficiales que, junto a Antonio Maceo, protagonizan la viril Protesta de Baraguá, el 15 de marzo de ese mismo año. La nombrada Guerra Chiquita lo suma otra vez a la manigua, y después del fracaso de ésta, tras un engañoso proceder de las autoridades coloniales, es enviado a prisión, primero en Cuba y luego en las Islas Baleares, jurisdicción  española.

Cumplidos seis años de prisión, regresa el jefe mambí a la Patria, en 1887. Las duras condiciones de la cárcel no habían quebrantado su moral, pero sí su salud, pese a lo cual continuó sus actividades conspirativas. En 1893 fue detenido nuevamente, hasta la mitad del año siguiente.

Los clarines de la guerra revolucionaria llamaron de nuevo a los patriotas a la guerra, el 24 de febrero de 1895. Alzamientos internos y expediciones desde el exterior, formarían parte del plan de José Martí para la nueva contienda. Y el gigante de estatura y de gloria, aún sabiendo cercana su muerte, con los pulmones destrozados por la tuberculosis, va de nuevo  a los campos de batalla, nombrado jefe militar de Oriente. Se estableció en Loma de la Lombriz, en el Término de Alto Songo.

Pese a su gravedad estuvo al frente del ataque a Dos Caminos y poco después en Charco Grillo, Mayarí Arriba, tendría su último combate. Cuatro días más tarde que el desembarco de Antonio Maceo por Duaba, y seis antes de la llegada de Martí y Gómez por Playita de Cajobabo, Cuba perdía a uno de sus más gloriosos generales mambises.  Los restos venerados de Guillermón reposan en el cementerio  de Santa Ifigenia, en  la Ciudad Héroe de la República de Cuba, la que lo vio nacer y vivir como patriota. 

El luto entre las filas insurrectas fue profundo. Y cuentan que al conocerse la noticia, ante la consternación de los combatientes, su ayudante, el capitán Rafael Portuondo Tamayo, en cuyos brazos falleció el héroe, pronunció palabras con vigencia para todos los tiempos: “Los hombres como el General Moncada no se lloran, se imitan”. 

El nombre  de este glorioso santiaguero, fue puesto a una fortaleza militar que durante mucho tiempo fue símbolo  de opresión, de crímenes y torturas, hasta que el 26 de Julio de 1953, los jóvenes de la Generación del Centenario, liderados por Fidel, lo transformaron en un símbolo de rebeldía y de patriotismo.

En esta instalación militar santiaguera, se produjo el combate que dio inicio a la última etapa  de  lucha del pueblo cubano por  su verdadera libertad, ganada el 1ro. de  enero de 1959. Aquí nació  el programa de lucha  y  de las transformaciones que necesitaba el país para lograr su verdadera independencia. Largo fue el camino y ejemplar el heroísmo de Santiago de Cuba, desde el primer combate hasta la victoria.

 

jueves, 2 de abril de 2026

 

José Martí:   “Un hombre es el instrumento del deber: así se es hombre”

.Orlando  Guevara   Núñez

El concepto sobre el deber formó siempre parte del pregón y el ejemplo personal de nuestro Héroe Nacional. El verdadero hombre no mira de qué lado se vive mejor, sino de qué lado está el deber. Así lo predicó y cumplió.  Afirmó también que el deber de un hombre está allí donde es más útil.

¨¨Dos marcas – dijo- tiene la historia para nuestra frente: la del deber cumplido es una; otra, la del deber abandonado. ¿Quién querrá ir por el mundo, en la hora de agonía de la patria idolatrada, con la marca infame?¨ Exaltando ese valor, proclamó:  “honrar a los que cumplieron con su deber es el modo más eficaz que se conoce hasta hoy de estimular a  los  demás  a que lo cumplan”.

“Un hombre es el instrumento del deber: así se es hombre”, señaló en otra ocasión. Y agregó sobre el mismo tema: “No puede ser;  ver un deber y no cumplirlo es faltar a él”.  Y “Antes que lo que conviene hacer está lo que se debe hacer:  por fortuna en mí el cumplimiento del deber ni aún  es meritorio porque es hábito,  Sé que al cabo he de decidirme por lo que la  más escrupulosa conciencia deba hacer”.

Otro hermoso concepto:” Yo no quiero en el mundo más que mi deber, a mis amigos y mis hijos, y el recuerdo de las horas fugaces en que he sido amado”. Apuntó que en las repúblicas es un deber ejercitar todos los derechos.

“Poseer algo no es más que el deber de cumplirlo bien; puesto que he tenido cariño en el pecho, es para vaciarlo y si no lo hago falto a mi deber hacia los demás, qué es mayor que mi deber hacia mí”. “Y  tengo miedo de salir de la vida sin haber tenido ocasión de cumplir mi deber”.  “Un hombre es el instrumento del deber, así se es hombre”

Enfatizó el Maestro: ¨Cada hombre trae en sí el deber de añadir, de domar, de revelar¨. ¨El primer deber de un hombre de estos días es ser un hombre   de su tiempo¨, puntualizó  que ¨Haber servido  mucho  obliga  a seguir sirviendo¨ y   que ¨En las repúblicas es un deber ejercitar todos los derechos¨. Además,  que el talento, es el deber de emplearlo en beneficio de los desamparados. Suyo es el criterio de que:   ¨El mejor amigo de los hombres es el que los pone delante de su deber , y les dice: Mira. El deber se ha de cumplir en alguna parte, aquí o luego”.

“Todo hombre tiene el deber de cultivar su inteligencia, por respeto a sí propio y al mundo”, aseveró.  Y exteriorizó un deseo: “Quisiera ser relámpago, y cubrirlo todo: -todo el deber- luego vendrán otros a la gloria”. “Me parece que algo aspiro de un estupor de pena, en que he vivido años enteros.  He cumplido en ellos dolorosamente mi deber”.

Proclamó que:  “Alcanzar fama, no es más que el deber de mantenerse constantemente a su altura, y que solo los inútiles tienen el derecho a ser perezosos”. Y emitió la opinión de que de culto a culto, el de todos los deberes es más hermoso que el de todas las sombras.

“Hago lo que debo y amo a una mujer. Luego, soy fuerte” dijo.. También aseveró el Maestro: “Y puesto que vivir no es placer:  y puesto que llegar a todo es necesario andar por lo que llega a ello, cúmplase el deber, vívase la vida, ándese”.

“La altivez en la defensa de la libertad necesaria para cumplir con los deberes que él impone,  ha de ser igual a la presteza para abandonarlo cuando se nos nieguen los medios de ejercerlo dignamente”. Ese fue otro de sus conceptos sobre el deber.

“El deber de un patriota que ve lo verdadero está en ayudar a sus compatriotas, sin soberbia y sin ira, a ver la verdad”.  “La fraternidad no es una concesión, es un deber”aseguró.

Otros muchos y valiosos conceptos nos legó Martí sobre el deber. Es válido leerlos, estudiarlos, convertirlos en propósitos y cumplirlos, siempre para la satisfacción de quienes lo cumplen y de quienes se beneficien con ese deber cumplido.

 

José Martí:El primer deber de un hombre de estos días es ser un hombre de su tiempo

 

.Orlando Guevara Núñez

Este criterio martiano fue expuesto al Ministro de Relaciones Exteriores de Guatemala, Joaquín Dacal, en carta firmada el 11 de abril de 1877, en ese mismo país.

Está Martí respondiendo al diplomático, quien le había solicitado opinión sobre el Código Nuevo, legislado en Guatemala. Le comunica su desagrado por tratar sobre cosas pasadas, pues la vida debe ser diaria, movible, útil. Es cuando afirma que el primer deber de un hombre de estos días es ser un hombre de su tiempo. Se refiere a la inconveniencia de aplicar teorías ajenas, sino descubrir las propias. Le plantea no estorbar  a su país con abstracciones, sino inquirir la manera de hacer prácticas las útiles. No está enjuiciando al Código, sino el valor de lo que él pueda aportar.

Con mucha modestia le afirma: “Si de algo serví antes de ahora, ya no me acuerdo: lo que yo quiero es servir más”. Luego le dice que recibió ese documento, lo leyó detenidamente, le envía algunas opiniones y le asegura que no será la última vez que escriba sobre ese tema. Y cumplió, pues lo hizo. Afirma que nunca manchará con palabras, actos, ni escritos la paz del pueblo que lo acoja. Explica que fue allí a  comunicar lo poco que sabía y a aprender lo mucho que no sabía. Y a ahogar sus penas por no estar combatiendo en los campos cubanos