sábado, 15 de diciembre de 2018

El valor de una sonrisa



                               
.Orlando Guevara Núñez
Nunca había escuchado destilar tanta tristeza a través de las cuerdas de una  guitarra. Ni siquiera sabía de dónde salían aquellas conmovedoras notas. Pero los niños angolanos que estaban junto a mi sí lo sabían y conocían también las razones de las melancólicas vibraciones.
Llevaba menos de una hora de permanencia en el pequeño poblado de Dondo, situado en las márgenes de la carretera que conduce desde Luanda hasta Quibala. Corrían los primeros días del mes de marzo de 1976.
- Siempre está triste porque los colonialistas le mataron el padre, dijo un vivaz pequeño, cuya figura no aparentaba los once años que tenía.
- Tampoco puede trabajar, porque está enfermo, aseveró otro.
- ¡Y no se ríe nunca!, afirmó el más pequeño del grupo.
Entonces comencé a comprender el porqué del lamento de la guitarra, el significado de sus desgarradoras notas. Y quise conocer de cerca aquella historia y a aquel hombre que parecía poner a llorar al instrumento en lugar de él.
Llegué hasta la salita de su humilde aposento. Era un hombre pequeño, mucho más joven de lo que yo pensaba. Su rostro estaba extremadamente serio y sus ojos denotaban algo así como una nostalgia infinita, como un hechizo, difícil de penetrar.
Primer me miró con extrañeza, como indagando la razón de mi presencia. Me limité a decirle que deseaba escuchar su guitarra. Vaciló un momento, pero reinició las notas interrumpidas por la inesperada visita. Y volví a escuchar la música impregnada de la misma carga de dolor.
- Dicen los niños que siempre estás triste. Y que siempre tocas la guitarra con la misma tristeza. ¿Por qué?
El tono de las cuerdas fue bajando poco a poco y casi no fue posible distinguir cuándo se apagaron sus notas y cuándo comenzó el breve relato de su historia.
- Hace pocos meses vivía con mi padre y mis hermanos. Mi padre había ingresado en el MPLA para luchar contra los colonialistas. Un día creó una pequeña escuela para enseñar a leer y escribir a otros combatientes. Pero ese era un delito muy grave, porque los negros no podíamos saber nada. Lo persiguieron hasta que descubrieron la escuelita y los mataron a todos. A él, antes de matarlo, lo torturaron mucho para que denunciara a sus camaradas; pero no dijo nada. Junto a él, murieron mis dos hermanos, y desde entonces estoy solo. Yo sé que hay quienes dicen que estoy loco. Lo que pasa es que los recuerdos me atormentan.
El relato fue seguido de un silencio profundo. Los niños parecían no comprender bien la historia, pero mostraban un profundo respeto y la habían escuchado en silencio y tan serios como el mismo relator.
Sentí más de  cerca la deshumanización del colonialismo y su desprecio por la vida humana.
- Pero ya los asesinos de tu padre y tus hermanos fueron derrotados. Ahora el MPLA está en el poder. Ahora sí se puede aprender a leer y escribir sin que importe el color de la piel. Por lo que murieron  tu padre y tus hermanos  está conseguido.
Dije esto y no pareció interpretarlo. Mi mirada recorrió toda su estatura y fue entonces que reparé una realidad todavía más cruda. Aquel desventurado estaba postrado. No intenté preguntarle la razón.
Ya casi ni esperaba su reacción, pero el muchacho levantó la vista y con voz más animada se dirigió hacia mí:
- Yo he visto que entre ustedes hay jefes que son negros y mandan a los blancos… pero aquí no es igual.
- Porque en Cuba lo que importa es el hombre y no su color, le contesté.
- ¡Qué bonito, camarada! ¡Si siempre fuera así!
- Lo será en todas partes, algún día lo será
- ¡Qué bonito! Todos dicen que los cubanos son buenos, que dejaron allá a sus hijos y sus esposas para venir a ayudarnos. El Comisario de las FAPLA lo dijo.
El ruido de los motores de los camiones anunció el reinicio de la marcha hacia el Frente Sur. La despedida fue obligada y triste como las notas de la guitarra.
Sin embargo, de aquel momento, guardo dos emociones que el tiempo no ha borrado de mi mente. Una, la satisfacción de estar allì, ayudando a desterrar al colonialismo; la otra, la de haber observado que junto a las palabras de despedida del joven, brotó de sus labios, ante el asombro de los niños, que nos acompañaban, ¡una sonrisa!

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