sábado, 31 de diciembre de 2016

La ciudad tomada, el pueblo en la calle





                                              

.Entrevista al  combatiente de la Sierra y del Llano Reynaldo Irzula Brea. Ya fallecido, pero su testimonio sobre el día de la victoria en Santiago de Cuba merece ser recordado.

 .Orlando Guevara Núñez
Los últimos días de 1958 fueron más convulsos que de costumbre en Santiago de Cuba. Todo estaba preparado para el combate final que tendría lugar contra una guarnición de cerca de  5 000 soldados batistianos, agrupados en el Cuartel Moncada.
Las Columnas de Camilo y el Che combatían victoriosamente durante su invasión hacia Occidente. En el Norte de Oriente, el Cuarto  Frente Simón Bolívar desarrollaba importantes acciones. El  Primer,  Segundo y Tercer  Frentes orientales, al mando de Fidel, Raúl y Almeida, respectivamente, luego de derrotar la ofensiva de la tiranía, expulsaban de la Sierra Maestra al ejército opresor, lo acorralaban en sus madrigueras y después los rendían.
Palma Soriano el 27 de diciembre y Maffo tres días después, eran los últimos reductos de la dictadura doblegados por el Ejército Rebelde entre Santiago de Cuba y Bayamo. El cerco a Santiago auguraba la cercanía del triunfo total.
En esos días cruciales, ¿qué estaba pasando en la heroica capital oriental? ¿Cuál fue el papel de los combatientes clandestinos? ¿Cómo recibió el pueblo la ansiada victoria?
Transcurridos  varios  años del trascendente acontecimiento, converso con Reynaldo Irzula Brea, el combatiente rebelde que había regresado a la clandestinidad para cumplir una misión importante relacionada muy directamente con lo sucedido aquí en esos días.
“Me encontraba en La Plata, junto a Fidel, quien me mandó para Santiago de Cuba, con el fin de organizar una base de apoyo al Ejército Rebelde y poner bajo control a las fuerzas de la tiranía. Eso fue unos cuatro meses antes del triunfo. Muchos compañeros se habían ido para la Sierra, pero organizamos los grupos con sus respectivos jefes, dividimos la ciudad en zonas y cumplimos la  tarea de que no se pararan las acciones. Realizábamos el suministro de comida, armas, municiones y medicinas a las tropas rebeldes.
“Cuando la toma del BANFAIC, me entrevisté con Fidel allí y me mandó para Palma Soriano, donde me entregó unas armas, que eran como 100 o 104. Antes de salir para la entrevista, yo había dejado la gente preparada en Santiago. En la ensenada de Nima-Nima, cercana a la Refinería, ubiqué a unos 100 hombres y otro grupo grande quedó en la zona urbana.
“La orden de Fidel era tomar la ciudad. Me dijo que hiciera las veces de policía. Le pregunté qué hacía la policía y me contestó: controlar y evitar desórdenes, robos, asaltos, abusos.
“Me orientó que debían ser tomadas las posiciones enemigas, lo cual fue cumplido, pues ocupamos la Estación de Policía, los cuarteles de los masferreristas, el Vivac, el Gobierno Provincial y el Municipal y la Marina. Se tomó la ciudad completa, menos el Moncada. Eso garantizaba que si era necesario combatir contra esa guarnición, no existieran fuerzas que pudieran atacar a los rebeldes por la espalda. Las tropas de la dictadura estaban desmoralizadas y ya lo que esperaban era que llegara alguien para rendírsele.
“Estando en la calle Martí-recuerda- me topé con parte de la Columna 10, del Tercer Frente, dirigida por el Comandante René de los Santos, quien marchaba hacia el Moncada”.
La memoria del día del triunfo está fresca en la mente del combatiente: “Imagínate, era el fin de una guerra en la cual tú no sabías cuándo iban a sacarte de la casa para matarte. Nosotros con el triunfo, la ciudad totalmente tomada, el pueblo en la calle, los gritos, el júbilo. La población estaba muy alegre, desbordada, la gente conversaba con los rebeldes, se te  tiraban encima para abrazarte.
“No es tanto lo que hicimos nosotros como lo que hizo el pueblo. Hubo pequeños tiroteos frente a masferreristas y otros asesinos que huían, tratando de escapar. Y no eran solo las milicias clandestinas las que los perseguían. Era todo el pueblo en la calle, sin dejarlos correr ni dos cuadras. Pero no hubo desórdenes; los esbirros se cogían, se levantaba un acta y se remitían a los Tribunales, donde se realizaban los juicios”.
Su protagonismo en esos días es resumido por el combatiente con pocas palabras: “Lo único que hice fue cumplir la orden de Fidel”.
Para el final he dejado algunos datos sobre el testimoniante, los cuales reflejan la grandeza de la Revolución, las razones de su triunfo y sus raíces humildes que no han sido ni serán nunca traicionadas.
Reynaldo Irzula Brea se inició como combatiente clandestino cuatro días después del Alzamiento del 30 de Noviembre en Santiago de Cuba, y dos días después del desembarco del Granma. Procede de un hogar campesino, de padre carbonero.
Su vida entera la ha dedicado a la Revolución. Cuando el Comandante en Jefe le asignó la histórica misión aquí relatada, Reynaldo Irzula – o simplemente Rey- tenía solo 19 años de edad, con un mal segundo grado de escolaridad que él mismo califica de analfabetismo. El estudio vendría después. Llegó a merecer el grado de Mayor en las filas del Ministerio del Interior.
En su hoja de servicios a la Patria figuran las gestas de Playa Girón, la Limpia del Escambray, misión internacionalista en Angola y otros países.
¿Jubilado?  “No. Pensionado. La Revolución lo necesita a uno, y uno tiene que cumplir. Hay muchos peligros y lo que corresponde es estar al día, aquí, dispuesto para lo que sea. Como en aquellos tiempos.

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