domingo, 20 de noviembre de 2016

Hacia el aniversario 60 del 30 de noviembre y del 2 de diciembre Santiago de Cuba, Combate y solidaridad


  .Orlando Guevara Núñez


El  30 de noviembre de 1956, la ciudad de Santiago de Cuba agregaba una nueva página de heroísmo a su historia revolucionaria. Un grupo de jóvenes, con menos armas que hombres,  se lanzaba contra las guaridas de la tiranía batistiana, a los gritos de ¡Viva Fidel!  ¡Abajo Batista! !Viva la Revolución!  Era  otra clarinada rebelde, como lo había sido el 26 de julio de 1953. De nuevo el combate armado  por la libertad de la patria. Y una vez más, el pueblo respaldando a los revolucionarios, protegiéndolos, compartiendo los riesgos frente a esbirros y asesinos.
Desde octubre de ese año, un grupo de jóvenes integrantes del Movimiento Revolucionario 26 de Julio, capitaneados por Frank País García, Léster Rodríguez, Pepito Tey y otros valerosos combatientes, preparaban el levantamiento armado que a finales de noviembre  debía secundar la expedición que bajo el mando de Fidel Castro vendría desde México para reiniciar la lucha armada. Ahora, mientras se combatía en Santiago de Cuba, el yate Granma se acercaba a la tierra cubana.

La tarea  era que los grupos revolucionarios actuaran unos en el ataque directo a las instalaciones militares y otros en la realización de sabotajes en los centros de servicios públicos, alumbrado, teléfonos, así como el bloqueo de las bocacalles de acceso al cuartel Moncada y demás  madrigueras  de la tiranía.
Pero - según testimonio del  combatiente  Casto Amador, en un artículo escrito en diciembre de 1959,  cuando se determina que la esperada acción debía producirse ese  30 de noviembre, quedaba muy poco tiempo para planear el asalto, lo cual implicó cambios de misiones en los grupos. Como ya se conoce, uno de los objetivos, la fortaleza del Moncada, que debía ser blanco de un mortero y bloqueada para impedir la salida de los militares, falló por haber caído presos la noche anterior los encargados de la acción. La Policía Marítima fue atacada y tomada. Y en la Estación de la Policía Nacional, atacada e incendiada, tuvo lugar el mayor enfrentamiento.
Tres grupos acudirían al ataque de esta última guarnición, situada en La Loma del Intendente, en plena ciudad. Uno capitaneado por Pepito Tey, otro por Otto Parellada y un tercero por Paquito Cruz, imposibilitado de participar por haber sido apresado durante la noche  anterior por los esbirros batistianos. La superioridad en hombres y en armas estaba completamente a favor  del enemigo.

A los pocos minutos de iniciado el combate, cae herido de muerte Pepito Tey. Otro jefe de grupo, Otto Parellada, es alcanzado por un disparo en la cabeza y muere en el instante. El otro que ofrendaría su vida ese día, sería Tony Alomá.

El combate se prolonga sin que los revolucionarios puedan tomar la Estación de Policía. Hasta que deciden la retirada, no sin antes incendiar la instalación militar.

Esta vez, contrariamente a lo que sucedió en los primeros momentos cuando el asalto al Moncada, el pueblo sabía que había combatientes revolucionarios. Muchos los habían visto ya vistiendo el uniforme verde olivo, con el rojinegro brazalete del 26 de Julio, gritando consignas revolucionarias.

Y entonces la solidaridad del pueblo se sumó a la causa de los jóvenes combatientes del Movimiento Revolucionario 26 de Julio. Uno de ellos, Josué de Quesada, así lo rememoraría años después:

“Un combatiente, acorralado, rompe una puerta, penetra en una vivienda y un hombre lo acoge, le consigue ropas para él y otros, a la vez que les muestra el lugar, por los techos, para su escape. Otros tres irrumpen en otra casa, donde son puestas a salvo y ocultadas sus armas. Allí acuden otros combatientes. Más de 200 personas aglomeradas en el lugar los habían visto. Un jeep y un carro microonda de los esbirros daban vueltas incesantes a la manzana ¡No es cubano quien diga que aquí están escondidos los muchachos!, exclamó alguien, arengando a los presentes. Nadie habló. Hasta que burlando a los perseguidores, los jóvenes salieron del escondite y se incorporaron a la muchedumbre, salvando así su vida”.

Hechos como éstos, se repetían en toda la ciudad. Los disparos parecían romper cerrojos. Y muchas puertas se abrían a la solidaridad con los revolucionarios. La heroína Vilma Espìn Guillois, una de las participantes en la acción del 30 de noviembre, al recordar el respaldo del pueblo a los revolucionarios, le daría a esta ciudad un calificativo que la enaltece: ciudad sin cerrojos.

Una imagen más exacta de lo sucedido ese día, lo narraría poco después el máximo jefe del alzamiento, Frank País García.

“La población entera de Santiago, enardecida y aliada a los revolucionarios, cooperó unánimemente con nosotros. Cuidaba a los heridos, escondía a los hombres armados, guardaba las armas y los uniformes de los perseguidos; nos alentaba, nos prestaba las casas y vigilaba de lugar en lugar, avisándonos del movimiento del Ejército. Era hermoso el espectáculo de un pueblo cooperando con toda valentía en los momentos más difíciles de la lucha”.

Muchos de los heroicos combatientes del 30 de noviembre de 1956 en Santiago de Cuba, integrarían el primer refuerzo de  más de 50 hombres que en marzo de 1957 subiría a la Sierra Maestra para incorporarse al Ejército Rebelde. Otros continuarían en el rigor de la lucha clandestina, como seguros bastiones de la guerra  revolucionaria contra la dictadura batistiana.

Después de  60 años  de aquella valerosa acción, la ciudad de Santiago de Cuba, como todo el país, está inmersa en un nuevo combate, ahora por preservar la obra conquistada y continuar construyendo y defendiendo el socialismo, síntesis de los más hermosos sueños de quienes cayeron por nuestra libertad y de los que la han forjado en estos duros años de lucha.


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