viernes, 25 de marzo de 2022

Hay dos clases de triunfo: el uno aparente, brillante y temporal; el otro, esencial, invisible y perdurable


Orlando Guevara Núñez

En un extenso análisis sobre la victoria del Partido Demócrata contra el Republicano, en  1885, escribió Martí este aforismo. El trabajo, publicado el 9 de mayo de ese año en el diario argentino La Nación, desentraña la esencia de las elecciones en ese país. 

“Es recia, y nauseabunda, una campaña presidencial en los Estados Unidos. Desde mayo, antes de que cada partido elija sus candidatos, la contienda empieza. Los políticos de oficio, puestos a echar los sucesos por donde más les aprovechen, no buscan para candidatos a la Presidencia aquel hombre ilustre cuya virtud sea de premiar, o de cuyos talentos pueda haber bien el país, sino el que por maña o fortuna o condiciones especiales pueda, aunque esté maculado, asegurar más votos al partido, y más influjo en la administración a los que contribuyen a nombrarlo y  sacarle victorioso”

Otro párrafo del escrito martiano expone la descomposición moral del sistema electoral en los Estados Unidos.

“Una vez nombrados en las Convenciones los candidatos, el cieno sube hasta los arzones de las sillas. Las barbas blancas de los diarios olvidan el pudor de la vejez. Se vuelcan cubas de lodo  sobre las cabezas. Se miente y exagera a sabiendas. Se dan tajos en el vientre y por la espalda. Se creen legítimas todas las infamias. Todo golpe es bueno, con tal que aturda al enemigo. El que inventa una villanía eficaz, se pavonea orgulloso. Se juzgan emancipados, aún los hombres eminentes, de los deberes más triviales del honor. (…) Es un hábito brutal que curará el tiempo. En vano se leen con ansias en esos meses los periódicos de opiniones más opuestas. Un observador de buena fe no sabe cómo analizar una batalla en que todos creen lícito campear de mala fe. De plano niega un diario lo que de plano afirma  el otro. De propósito cercena cada uno cuanto honre al candidato adversario. Desconocen, en esos días, el placer de honrar.

Por eso se refiere Martí a los distintos tipos de triunfo, porque no es solo ganar el gobierno, sino lo que viene después y el destino del país y de los humildes.

Situándose en la realidad de los Estados Unidos, plantea que “Para el poder, sobre todo, es mal camino la virtud”, pues los hombres no siguen sino a quien los sirve, ni dan ayuda, a no ser constreñidos, sino en cambio de la que reciben. Afirma que todo hombre es la semilla de un déspota, pues cuando le cae un átomo de poder en la mano, le parece que tiene al lado el águila de Júpiter.

En el mismo espacio, encontramos otro  pensamiento de Martí, digno de conocerse: “Los hombres, que apedrean la virtud, saben que necesitan de ella para salvarse” y otro más: “Y los pueblos, así como los hijos, aman más a sus padres después de muertos”

Como colofón dice Martí que así cayó el Partido Republicano del poder y así sube y queda en él, el elemento joven del partido demócrata. Y concluye: ¡No tiene la virtud más enconados enemigos que los que la ven de cerca!

 

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