domingo, 21 de agosto de 2022

Nada hay tan imprudente como perturbar la paz en pueblo ajeno


.Orlando Guevara Núñez

He aquí la forma textual en la que Martí pronunció estas palabras: “Nada hay tan Imprudente como perturbar con propios rencores- ya que hay infortunados que los tengan- la paz en pueblo ajeno; nada hay más justo, en cambio, que dejar en punto de verdad las cosas de la historia, ya que en tanto que consigamos los hijos de Cuba nuestras libertades, la limpidez de nuestra historia y la bondad de los hombres son la única patria que tenemos”.

Está respondiendo Martí  a un trabajo publicado por el periódico  español La Colonia, en el cual se tergiversa un hecho considerado como histórico. Cuba había sido invitada a una procesión por  el Centenario de Nueva York, como agrupación política. Y al reseñarlo, Martí había afirmado que la bandera cubana había sido  saludada con entusiastas vítores en todo el curso del cortejo. Su respuesta fue publicada por la Revista Universal, de México, el 8 de septiembre de 1876.  Y  La Colonia lo niega.  

Afirma este órgano de prensa que los cubanos tienen establecida en Nueva York una sociedad benéfica y que  el  Comité americano invitó a todas las sociedades establecidas en el país, sin distinción alguna. Publica que es todo lo contrario de lo afirmado por Martí. Y asevera que si hubiesen sido los cubanos invitados como agrupación  política, el ministro español habría sabido pedir una explicación al gobierno americano.

En su réplica, el Apóstol cubano escribe que  “El ministro español es en este caso perfectamente inútil”. Y argumenta que  “La libertad obliga a la prudencia: los mutuos deberes al respeto: no es el país de las garantías una colonia en América, y el ministro español se habría limitado, esta como otras veces, a ejercer su derecho contemplando, como los demás lo ejercen, de la manera que en la procesión ondeaba la bandera de España cercana a la de Cuba, hecho innegable sobre el que el ministro español no ha reclamado”

Y argumenta: “Si como afirma La Colonia, los cubanos fueron invitados como sociedad Benéfica, ¿cómo llevaban, no un estandarte de beneficencia, sino la bandera de un pueblo que combate? Admitida la enseña, se admitía con ella al pueblo batallador que representa”.

Habla sobre los vítores recibidos por los cubanos en la procesión. Pero advierte ¿Que nos hacemos ilusiones? Ilusiones se hacen los que niegan a los hombres el hermoso derecho de conmoverse y admirar. Y aclara: “Np deduzco yo de los vítores que sean reconocidos por los Estados Unidos los derechos cubanos: tengo fe en que el martirio se impone, y en que lo heroico vence. Ni esperamos su reconocimiento, ni lo necesitamos para vencer”.

Pero reconoce: “Sé por mi parte que invitar como agrupación política, no es lo mismo que como a nación; pero es fuerza convenir que implica amor y respeto al pueblo cubano el deseo de que como pueblo figure en la fiesta de la independencia americana”.

Analizando el contenido de los vítores a los cubanos, Martí señala  que si los gobiernos se hacen egoístas, y los pueblos ricos se apegan a su riqueza y obran como avaros viejos, la humanidad es en cambio perpetuamente joven. El entusiasmo no ha tenido nunca canas, puntualiza. Agrega otras palabras de gran valía: “Podrán los gobiernos desconocernos: los pueblos tendrán siempre que amarnos y admirarnos”.

“Las cosas patrias están siempre rebozando en el alma, y hablan demasiado cuando comienzan a hablar”.  Y ante la despectiva palabra de banderita, con la que La Colonia se refiere a nuestra Enseña Nacional, Martí responde: “No banderita; ¡bandera!   No pueblo imbécil que soporta un yugo más imbécil que él; pueblo altísimo que impone a los valientes, amigos o enemigos, respeto, amor y asombro. Y el tema de la bandera lo enardece: “Dignísima bandera que cobija a un pueblo que cuenta siete años de grandeza; que tiene héroes activos y mártires errantes; a la que sobran brazos que la empuñen; que para ser más respetada es más infortunada; que para durar más tiempo tarda más tiempo en desplegarse. Honrar honra”.

Por  último, afirma Martí: “La justicia no menoscaba el valor; antes lo enaltece. Admirar lo admirable  no quita mérito a la defensa de una causa. Negar lo cierto, no la hace más justa”.

 

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