jueves, 12 de mayo de 2016

Un pasado que en Cuba no será jamás presente: Tiempo muerto


 Orlando Guevara Núñez

El tiempo muerto desapareció  para siempre -sin retroceso posible- de nuestra realidad económico social. Pero el espectro de su aterradora imagen subsiste en la mente de sus fatales víctimas.
 No sé si la palabra  tiempo muerto estará recogida en algún texto que defina su contenido. No la he visto, aunque mucho se ha hablado sobre el tema.
Tiempo muerto - habría respondido lacónicamente un magnate azucarero de la Cuba prerrevolucionaria- es la época en que no hay zafra. Si la respuesta fuera de los obreros de la industria o la agricultura cañeras, seguro tendría otra acepción: es el tiempo en que estamos sin trabajo, no ganamos nada y pasamos más hambre.
 Los centrales azucareros molían dos o tres meses al año. Y en ese espacio de tiempo, sus dueños acumulaban las riquezas necesarias para vivir  a todo lujo, vacacionar en el extranjero y esperar nueve meses para seguir engordando sus arcas. Esa era la zafra.
   Los trabajadores del azúcar laboraban ese corto período del año, trataban de ganar lo más posible - que siempre era poco-, comían  relativamente mejor y hacían el esfuerzo para ahorrar unos pocos pesos. Después venían nueve meses sin trabajo, de sorteados días con míseros jornales en las labores agrícolas o las reparaciones y un luto conmovedor en los fogones, mientras que la miseria y el abandono se enseñoreaban en los hogares obreros. Ese era el tiempo muerto.
 La zafra era siempre esperada como un gran acontecimiento. Pero aún dentro de ella, la agonía no abandonaba a los macheteros, carreteros, grueros y otros trabajadores, principalmente del campo.
  Si había muchos macheteros, sobraba la caña. Y de inmediato llegaba la orden de parar los cortes. Si la locomotora traía pocos carros, también los cortes cesaban. Si llovía, las mochas quedaban excedentes. Y  siempre el resultado de parar los cortes era el mismo: días perdidos, dentro de los pocos que podían ser útiles.
 Los macheteros sobraban. Y cada bulto de cañas que se enviaba al central, era punto de partida para una angustiosa espera del turno para el otro. La zafra, en conclusión, no alcanzaba para el empleo de todos los desocupados. Para muchos, el tiempo muerto duraba los doce meses del año.
 Y sé que muchos trabajadores del campo, si tienen la oportunidad de leer estas líneas, seguramente recordarán, con la amargura del pasado y la alegría del presente, las escenas de los hombres que en época de zafra salían y recorrían largas distancias, pidiendo de favor la oportunidad de cortar un bulto de cañas para remediar en algo su espeluznante  pobreza. En muchos casos se les permitía y en otros no. La miseria hacía que a veces los propios trabajadores no fueran solidarios con uno de su propia clase que estaba, tal vez, más necesitado. Eso lo vivió y sufrió mi tío Wilfredo y a la larga salió beneficiado. ¿Cómo?
  Fue a una colonia cercana a pedir le dejaran cortar un bulto de cañas. Muchos estuvieron de acuerdo, porque lo conocían; pero Lalo se opuso, alegando que eso era quitárselo a ellos. Aquello humilló a Wilfredo, hasta tal punto que contra una palma rompió la mocha y juró que nunca más sería cortador de caña. Se puso a buscar suerte y… la encontró.
Un día pasó por la zona un dentista  ambulante y conoció a Wilfredo. Le propuso que fuera su ayudante y la oferta fue aceptada, con el compromiso de aprender la profesión. Fue un alumno aventajado y en breves meses ya sacaba muelas y tenía sus instrumentos. También se convirtió en un experto mecánico dental. La cuestión es que llegó a ganar un dinero que le permitía cierta holgura y un día regresó a la zona. Y en la tiendecita del barrio, junto a varios amigos, se encontró con Lalo.
 El compañero que le había negado el corte de un bulto de cañas, continuaba en la misma o peor miseria. Y ante la incrédula mirada de los presentes, el ahora dentista lo llamó, le compró una muda de ropas, un sombrero, un par de zapatos, una mocha y una factura de alimentos que Lalo no podría haber adquirido jamás. Y cuando los demás reprocharon esa acción que no entendían, la respuesta de Wilfredo fue tajante: “Tengo que vivir agradecido del hombre que hizo posible que yo no siga hoy pidiendo cortar un bulto de cañas”.
   La última vez que vi a un hombre implorar ese favor, fue durante la zafra de
1959. Todavía la Revolución era muy joven para poder borrar ese tenebroso mal del capitalismo. Lo recuerdo con su alta estatura, seguramente con menos edad de la que aparentaba y fijando los ojos en la tierra mientras hacía la petición. Nos dijo que tenía dos hijos, uno de ellos enfermo. Venía desde una zona no cañera, separada del lugar por varios kilómetros. Y no hubo oposición alguna. Creo que algún tiempo atrás no hubiese sido igual, pero ya estábamos en Revolución. Y nunca más vi aquella injusta escena.
 ¿Qué serán hoy los hijos que  aquel día condujeron a su padre a suplicar la oportunidad de cortar un bulto de cañas? ¿Qué serán los nietos de aquel hombre? La interrogación no es para la incertidumbre, sino para la afirmación: serán lo que hayan querido ser y capaces de alcanzar. Tal vez cortadores de caña, obreros agrícolas, operadores de equipos, maestros, médicos, ingenieros, quizás vistan el uniforme verde olivo identificándolos como defensores de la Revolución que cambió sus destinos. Y seguro es  que, si están en otras labores, habrán cortado cañas alguna vez, aunque en condiciones muy distintas a las que tuvo que soportar su padre.
 Y es así porque en Cuba ya no hay zafra para los ricos ni tiempo muerto para los pobres. Los bultos de cañas tienen ahora otro sentido. Y el tiempo está, para todos los cubanos, eternamente vivo.
El individualismo mostrado por Lalo no era una excepción en aquellos tiempos. Otro ejemplo ilustrativo es el de

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