sábado, 13 de julio de 2013

Hacia el aniversario 60 del Moncada (19)


Cuando un hombre da un paso al frente,
solo queda atrás herido o muerto
. Orlando Guevara Núñez

.Entrevista, realizada por este autor, al Comandante de la Revolución Juan Almeida Bosque, con motivo del aniversario 40 del asalto al Cuartel Moncada

Después de solicitarle a Almeida una entrevista para Sierra Maestra, confieso que dudé un poco en obtenerla. No por su disposición, sino por sus grandes ocupaciones en momentos trascendentes, y por la premura de la solicitud.
Pero si no me la concede- me dije- voy a insistir. ¿Acaso él mismo no nos enseñó a no rendirnos nunca? Puedo seguir argumentándole que… Pero no fue necesario. Porque el Comandante de la Revolución Juan Almeida Bosque, sin reparos, accedió a la entrevista.
Cuando uno tiene ante sí a un héroe de la Patria, a quien desde su infancia admira, quisiera preguntarle muchas cosas sobre pasajes inéditos y también conocidos de su vida. Y Almeida está en la Generación del Centenario, en el Moncada, en el Granma, en la Sierra Maestra, en la jefatura del III Frente Oriental “Mario Muñoz Monroy” y está en la historia de 34 años de Revolución.
Prescindo por eso de preguntas muy abarcadoras que conduzcan a respuestas valorativas sobre el proceso revolucionario. Y busco otros ángulos que permitan pincelar más la imagen personal del héroe. Eso me propongo. Y aquí está la entrevista.
¿Cómo se hizo albañil? ¿En cuáles obras recuerda haber trabajado y en qué condiciones?
Cuando tenía once años, me inicié a trabajar en el balneario de Miramar. Durante cinco años fui mozo de limpieza y realizaba otras tareas que compartía con el estudio. Cuando terminaba la temporada de playa, debía recoger la arena para que los nortes no se la llevaran y trabajaba en el mantenimiento del edificio. Con los constructores ya aprendí algo de albañilería.
Cuando quedé cesante, fui a vivir en casa de unos tíos en Ciego de Ávila y me hice tractorista. Por un accidente regresé a La Habana y comencé como listero en Obras Públicas, después chequeador de camiones, reportador de roturas de calles y aceras.
Con tres amigos y vecinos del barrio en el Reparto Poey, mejoro los conocimientos del oficio de albañil. Con ellos trabajo indistintamente en obras por contrata.
La más significativa para mí es la construcción del edificio en la calle 26 Nro. 564, esquina a 33, en el Vedado, por ser donde me fue a buscar Mestre para venir al Moncada.
Las condiciones de trabajo eran las tradicionales de la época y del sistema, mucha exigencia en la calidad y en la disciplina, intensidad y rigor en cada jornada, siempre presente el fantasma y la amenaza del despido y detrás los sin empleo esperando que te despidieran para ocupar la plaza.
Por nuestra disciplina y por trabajar bien, se nos respetaba, pero no estuvimos exentos de pasar tiempo desocupados, buscando obras donde emplearnos.

¿Cuándo y cómo quedó comprometido como participante en el asalto al Cuartel Moncada?

Al asalto del cuartel propiamente quedé comprometido en la madrugada del 26 de Julio cuando, reunidos con Fidel en la Granjita, nos explicó la acción.
El viaje desde La Habana hasta Oriente lo hicimos pensando en un entrenamiento. Cuando el 24 de julio Mestre me avisó, me planteó salir para Oriente a una práctica de tiro.
Tan lejos – le comenté - , será para tirar con calibre 50 o con cañón.
Algo presentíamos, pero no había pensado en que atacaríamos la segunda fortaleza militar del país.

¿Con qué tipo de arma le correspondió combatir?

Cuando repartieron las armas en la Granjita de Siboney, pedí un M-1, un Springfield o una pistola, eran las armas conocidas de las prácticas en la Universidad y en la Quinta de los Molinos, pero la que me tocó fue un fusil calibre 22. Aquello me enfrió, me hizo meditar. Fueron las palabras de Fidel las que me reintegraron y estimularon los sentimientos morales que me animaban en la lucha, pensé: Cuando un hombre da el paso al frente, solo queda atrás herido o muerto.

Y después del fracaso, ¿qué pensó?

Seguir a Fidel, él trazaría el camino a seguir.

“Tendrá que llegar el día en que sea el pueblo quien mande”. ¿Cómo llegó a esa conclusión expresada por usted al tribunal que lo juzgaba?

No creo que fuera una conclusión, fue uno de los objetivos que inspiró la acción. Nuestra lucha después, y la Revolución, lo hizo realidad a partir del proceso iniciado el Primero de Enero de 1959.
Ese objetivo ha tenido su vigencia más cercana en las recientes elecciones, donde el pueblo eligió, postuló y votó.


¿Qué sabor tuvo para usted el exilio?

Para mí, como para todo el exiliado, el sabor es amargo, lleno de tristeza y añoranza, por todo lo que dejas atrás, forzado, no por  renuncia ni voluntad.
Nuestro exilio en particular fue compensado con la satisfacción de prepararnos para continuar la lucha que reiniciamos el 2 de diciembre de 1956, cuando desembarcamos del Granma en Las Coloradas, en la costa sur de Oriente.
En lo personal, como ya lo he expresado, en México jamás me sentí discriminado, nunca noté diferencia por el color de la piel, resolví el complejo de inferioridad que llevé de Cuba, donde ser negro era algo peor que una enfermedad; aquí el racismo era profundo, avasallante, humillante.

La Lupe inmortalizada en su canción, ¿virgen o mujer?

Mujer por la que sentí gran cariño, sentimientos que me inspiraron la canción, y un mensaje también para la mujer mexicana.

¿Cómo recuerda la salida de Tuxpan?

Emocionante, en silencio, lloviznando, con frío. El yate se puso en marcha despacio. Solo se oía el ruido del motor en baja y del agua del río al chocar con la proa del Granma.
Recuerdo a Fidel inquieto, mirando por el parabrisas  del yate.
Ya mar afuera, pudieron encenderse las luces y entre vivas, cantamos el Himno Nacional y la Marcha del 26 de Julio.

Sentirse herido en la guerra debe ser una doble agonía, ¿cuántas veces la experimentó? Hay en esta historia una cuchara y una lata de leche condensada…

Esta doble sensación la sentí por primera vez el 28 de mayo de 1957, cuando fui herido en el combate de Uvero, en que la cuchara y la lata de leche disminuyeron los efectos de las balas que hubieran penetrado con más fuerzas en mi cuerpo.
La doble agonía se experimenta por la gravedad de la herida y por tener que separarse de los compañeros, quedando a la intemperie o en un bohío al cuidado de una familia campesina, bajo el riesgo de ser sorprendido y capturado por el enemigo, además de que se ensañen con uno y con quienes se arriesgan a cuidarte.
La otra ocasión fue el 26 de julio de 1957, cuando me caí por un barranco y estuve a punto de ser dejado para que me recuperara, pero por suerte no fue necesario.

¿Qué sintió cuando el 7 de diciembre de 1959 Raúl dijo que era usted quien más se parecía a Maceo?

Ruborizarme por la comparación inmerecida y por la muestra de confianza tan grande que tuvo en mí, en año tan joven de la Revolución.

Para usted, ¿Qué significa Santiago de Cuba?

Aunque no nací en Santiago, es una tierra querida donde estuve dispuesto a dar la vida. Por los santiagueros y los orientales siento, además de cariño, respeto y admiración; y no es solo por las páginas que en la historia les corresponden desde 1953 hasta los días de hoy, también porque Oriente ha sido cuna de héroes y escenario de heroísmo y dignidad patria, como ahora lo es todo nuestro pueblo.
¿En qué momento o proceso nació su gran devoción por Fidel?

Desde el primer día que lo conocí, después del 10 de marzo de 1952, en la Plaza Cadenas, en la Universidad de La Habana. Ya después se me fue de tamaño, crecía por día en lo político, en lo militar y en lo personal, por sus conocimientos, su manera de interpretar las cuestiones, su facilidad de percatarse de los problemas y su visión para buscarles solución. Un hombre muy humano, es único.

De sus composiciones musicales y obras literarias, ¿algunas preferidas?

La Lupe, por lo que significó como mujer para mi y representante del pueblo mexicano, a quien le estaremos eternamente agradecidos por brindarnos protección, abrigo y haber podido prepararnos en ese país para la lucha que después continuamos en las montañas de la Sierra Maestra.

En el juicio por los sucesos del Moncada, usted manifestó al Tribunal que si tuviera que atacar de nuevo esa fortaleza, lo haría. ¿Si el tiempo retrocediera 40 años y el joven Almeida estuviera frente a la misma disyuntiva?

Si retrocediéramos 40 años en el tiempo y en parecida disyuntiva, haría lo mismo.

¡Aquí no se rinde nadie...! ¿Le gustaría que la presente y las futuras generaciones conocieran ese grito de guerra suyo hasta donde los puntos suspensivos se confabulan para troncharlo… o hasta donde usted lo dijo?

Si llegan a pensar en ese grito, que cada cual se lo imagine como lo quise expresar.

La entrevista llegó a su fin. Repaso cada respuesta y nuevas dimensiones me perfilan la imagen del Almeida forjador de la Revolución y genuino fruto de ella. En mi solicitud, le argumenté que los santiagueros nos sentíamos merecedores de ese gesto suyo en el 40. aniversario del Moncada. Y el gesto tuvo espacio entre sus múltiples obligaciones. Además de agradecerlo, no lo olvidaremos.
Reflexiono la respuesta sobre su grito de guerra. Es ya un grito del pueblo, aplicable también a la paz. Y pienso que la imaginación para repetirlo, estará siempre en correspondencia con el escenario. Lo importante es el concepto.
Dejo el título de esta entrevista para el final y lo encuentro en otra enseñanza de Almeida, con validez para todos los hombres y todos los tiempos: Cuando un hombre da el paso al frente, sólo queda atrás herido o muerto.

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