domingo, 27 de enero de 2019

Lo real es lo que importa, no lo aparente. En la política lo real es lo que no se ve




 .Orlando Guevara Núñez

Pensamiento que nos guía hacia el análisis profundo de las cosas, en su esencia, no solo en los factores visibles. Muy útil para todos los tiempos.
El criterio fue expuesto por José Martí en La Revista Ilustrada, Nueva York, en mayo de 1891, en artículo titulado  La Conferencia Monetaria de las Repúblicas de América. 
Martí alerta sobre el peligro que entraña para los pueblos de América la propuesta de los Estados Unidos sobre una moneda común de plata, válida para las demás naciones del área.
Dice que a todo convite entre pueblos hay que buscarle las razones ocultas. En este caso, desentraña las intenciones de dominio de los Estados Unidos sobre los pueblos, utilizando como arma el factor económico.
En el párrafo que aparece el pensamiento citado, expresa textualmente: “A lo que se ha de estar no es a la forma de las cosas, sino a su espíritu. Lo real es lo que importa, no lo aparente. En la política, lo real es lo que no se ve”.
Uno de los peligros señalados, con una verdad oculta:” Los pueblos menores, que están aún en los vuelcos de la gestación, no pueden unirse sin peligro con los que buscan un remedio al exceso de productos de una población compacta y agresiva, y un desagüe  a sus turbas inquietas, en la unión con los pueblos menores”
Apunta, además, que “prever es la cualidad esencial en la constitución y gobierno de los pueblos. Gobernar no es más que prever. Antes de unirse a un pueblo, se ha de ver qué daños, o qué beneficios, pueden venir naturalmente de los elementos que lo componen”
Ante la propuesta de Estados Unidos, ventajosa para ese país y desventajosa para los pueblos hispanoamericanos, alertó Martí sobre otros peligros, con pensamientos también conocidos por los cubanos:
“La unión con el mundo y no con una parte de él; no con una parte de él contra otra. Si algún oficio tiene la familia de repúblicas de América, no es ir de arria de una de ellas contra las repúblicas futuras”.
,”El pueblo que compra, manda; el pueblo que vende, sirve. El pueblo que quiere morir, vende a un solo pueblo, y el que quiere salvarse, vende a más de uno”.
Los peligros señalados por Martí, fueron  confirmados por la historia. Y  el apetito norteamericano se sació con el dominio de las economías de las naciones de América. Aún  hoy nuestros pueblos siguen siendo esquilmados por esa política, sustentada por el capitalismo.

viernes, 25 de enero de 2019

De América soy hijo: a ella me debo




 .Orlando Guevara Núñez

Este sentimiento latinoamericanista de José Martí está contenido en una carta por él escrita a su amigo venezolano Fausto Teodoro de Aldrey, firmada en Caracas, el 27 de julio de 1881. 29
En la misma epístola, el Héroe Nacional cubano expresa otras palabras muy conocidas por los cubanos y otras latitudes: Deme Venezuela en qué servirla: ella tiene en mí un hijo.
El párrafo íntegro: “De América soy hijo: a ella me debo. Y de la América, a cuya revelación, sacudimiento y fundación urgente me consagro,  esta es la cuna; ni hay para labios dulces copa amarga; ni el áspid muerde en pechos varoniles; ni de su cuna reniegan hijos fieles. Deme Venezuela en qué servirla: ella tiene en mí un hijo”.
Martí no pudo despedirse personalmente de su amigo por la premura de la salida,
conocida  por él un día antes. Así lo explica en su párrafo  inicial: “Mañana dejo a Venezuela y me vuelvo camino a Nueva York. Con tal premura he resuelto este viaje, que ni el tiempo me alcanza a estrechar, antes de irme, las manos nobles que en esta ciudad se me han tendido” (…)
Martí informó a su amigo Fausto Teodoro de Aldrey que, con su partida, dejaba de existir la Revista Venezolana, por él fundada y dirigida, de la cual llegaron a editarse solo dos números.
En realidad, su partida no fue idea suya, sino decisión del presidente de Venezuela, enojado ante un artículo de Martí publicado en la mencionada revista, alabando  al fallecido intelectual de ese país, Cecilio Acosta, contrario del gobierno.
“Queda también, por tanto,- escribe en igual misiva- suspendido el cobro de la primera mensualidad: nada cobro, ni podrá cobrar nadie en mi nombre, por ella (…)  Cedo alegre, como quien cede hijos honrados, esos inquietos pensamientos míos, a los que han sido capaces de estimármelos. Como que aflige cobrar por lo que se piensa; y más si, cuando se piensa, se ama”.
Martí parte de Venezuela apesadumbrado. Pero con aliento para proseguir la lucha.

jueves, 24 de enero de 2019

Así, como lo dijo Martí



A los gobiernos de América Latina que servilmente se han sumado, como cómplices, al imperio yanqui contra la República Bolivariana de Venezuela, se les puede aplicar lo que dijo el Héroe Nacional cubano, José Martí, sobre los gobiernos que en su tiempo apoyaron al imperio colonial español:
¡A la mesa del castigador no puede sentarse con honra, sino sin honra, ningún hermano del castigado!
Y debe quedar claro que esa deshonra es para los gobiernos, no para los pueblos.

Recuerdos sobre una Underwood



.Orlando Guevara Núñez                                           
Cuando la vieja maquinita de escribir, de fabricación norteamericana, llegó al pequeño caserío ubicado en el corazón de la colonia cañera, el acontecimiento tuvo un rango que para muchos rayaba con lo sobrenatural.
    Algunos sabían que existía ese aparato; pero otros  se “desayunaban” con eso de que una máquina pudiera escribir. Por eso no quedó vecino sin ir a curiosear sobre la Underwood  y comprobar que el lápiz y la pluma no eran los únicos capaces de escribir, aunque muchos de ellos ni siquiera con eso podían hacerlo, por su condición de analfabetos.
   Las demostraciones causaban maravilla. Y más cuando sólo un muchacho en el barrio era capaz de entender aquel ingenioso aparato. El regalo a mi hermano procedía de un tío que años atrás, buscando suerte, se había radicado en La Habana. Según él, la encontró un día que  llegó a una fonda para consumir su único capital, de veinte centavos, en un desayuno. En la misma mesa se sentó un desconocido que pidió, consumió y se fue, dejando sobre el platillo un tentador billete de diez pesos, presuntamente como pago y propina.
Mi tío, al saberse momentáneamente solo,  no perdonó el desliz y se embolsilló el billete antes de que el dependiente lo viera. Pagó lo suyo y se fue.
  Y cuando su paso triunfal lo puso fuera del timbiriche, se topó cara a cara con el dueño de los diez pesos, quién sólo le dijo, en tono de proposición: “Un hombre como usted me hace falta para que trabaje conmigo”. Pero el resto de esa historia no es parte de esta memoria.
  Lo cierto es que el interés por el susodicho aparato crecía. Y mucho más cuando otro tío, que vivía en el caserío, tuvo una idea “genial” para estimular a los muchachos a aprender aquella sorprendente “escritura mecanizada”. La oferta fue permitirles fumar y jugar villar a quienes lo lograran, cosas allí prohibidas para los menores.
   De todas formas el “estímulo” no valió de mucho. Y en el barrio sólo mi hermano se hizo mecanógrafo, aunque el título no lo liberó del desempleo. Yo me propuse también aprender y gasté decenas de hojas de papel, marcadas sólo con las combinaciones qwert - poiuy, aconsejadas para el aprendizaje. Y ni fumé, ni jugué billar.
   Pero aprendí de veras. Luego se acabó el año 1958. Y un día, un viejo carretero del barrio, que tenía amistades en el pueblo, por haber sido activista del partido Aunténtico, me dijo muy contento que dentro de unos días yo tendría trabajo como mecanógrafo en las oficinas del central, propiedad del magnate Julio Lobo,  lugar del cual sólo había visto las chimeneas, el humo y el basculador que se tragaba las cañas cortadas, entre ellas por mi. Según él, eso sería un orgullo para el barrio.
   La mitad del 1959 había transcurrido. Y cuando llegué a la oficina, localicé al hombre indicado y le dije a lo que iba, la figura alta, rubia y de un acento extraño en la voz, me miró de arriba hasta abajo y creo que donde más fijó su vista fue en mis zapatos de trabajo y mi pantalón tipo montero. Si para esa fecha yo hubiese conocido a un destacado humorista nuestro, Antolín el pichón, imitándolo, seguro le habría preguntado a aquel sujeto si por casualidad me había visto facha de guajiro.
   Sin mediar palabras, me sentó frente a una máquina de escribir que en nada se parecía a la añeja Underwood. Y una sola indicación: escribir lo que quisiera.
   Así lo hice. Cuadré el papel y comencé  a  escribir con soltura y rapidez. Al terminar el texto escogido, registrado en la memoria, tras una breve revisión, comprobé que estaba bien. Y lo entregué. El hombre y una muchacha bonita lo examinaron. Ella sonrió, sin que yo pudiera adivinar su presagio. El hombre se puso muy serio. Y su conclusión, ligada a la despedida, no pudo ser más lacónica: Espere el aviso. Y nunca me avisó, ni al carretero tampoco.
El gran “error” cometido por mí durante aquella prueba, lo supe mucho después: haber escrito, con toda claridad y precisión, la Marcha del 26 de Julio. Porque eso fue algo así como una recomendación inoportuna, más decisiva que la del carretero.
   Pasado algún tiempo, volví por aquellas oficinas, con la intención de mirar de nuevo las caras del hombre y la muchacha. Sólo a mirarlos. Pero no fue posible, porque Miami estaba a muchos kilómetros de allí. Y no pude resistir entonces la tentación de regresar a mi casa, tomar la pequeña Underwood y escribir de nuevo aquella marcha patriótica. Y de verdad que la encontré mucho más hermosa.
   Los niños que ahora arriban a la edad escolar, se asombrarían de aquella maquinita no por lo novedoso, sino por lo obsoleto. Pero deben saber que no siempre fue así, ni es así en otras latitudes del mundo donde los infantes y aún los mayores, desconocen todavía los lápices,  las plumas y  máquinas de escribir. Y la presencia de una computadora causaría el mismo “revuelo” que la Underwood en mi pequeño barrio natal. Y más fatal aún: la propia maquinita sería motivo de sensación.  Para ese fenómeno, existe una sola explicación: los tiempos de Revolución que vivimos. 

miércoles, 23 de enero de 2019

Reforma Agraria cubana: Lo que esconde la ley Helms-Burton




 Orlando Guevara Núñez

El actual gobierno norteamericano, pretende recrudecer  la cavernícola ley Helms-Burton, mintiendo sin escrúpulos sobre una pretendida deuda cubana relacionada con las propiedades nacionalizadas por la Revolución. Un ejemplo es ilustrativo de la verdad sobre ese tema.

La Ley de Reforma Agraria, que erradicó el latifundio e hizo dueños de la tierra a quienes la trabajaban, provocó de inmediato la ira irracional de los afectados, con el apoyo total del gobierno de los Estados Unidos. Los poderosos, los explotadores, no se resignaban a perder sus privilegios. Pero los cubanos redimidos no se amedrentaron. Y la Reforma Agraria fue. Muchos de los principales latifundistas eran norteamericanos. Y otros muchos nacionales se refugiaron de inmediato en ese país, donde recibieron un respaldo incondicional. No podían ocultar la validez de la Ley, pero hicieron todo lo posible por obstaculizarla.
En fecha temprana como el 12 de junio de 1959, una declaración de la administración norteña fijaba su posición: “Los Estados Unidos reconocen que, según el derecho internacional, un Estado tiene la facultad de expropiar dentro de su jurisdicción para propósitos públicos y en ausencia de disposiciones contractuales o cualquier otro acuerdo en sentido contrario; sin embargo, este derecho debe ir acompañado de la obligación correspondiente por parte de un Estado, en el sentido de que esa expropiación llevará consigo el pago de una pronta, adecuada y efectiva compensación”.
La primera afirmación es un derecho internacional. El sin embargo, una pretendida imposición yanqui que ponía a la Revolución en una disyuntiva: hacer o no hacer la Reforma Agraria. La opción fue continuarla, aún cuando el precio fuera la agudización de las confrontaciones con el Gobierno de los Estados Unidos y las fuerzas de la contrarrevolución.
El pago pronto, adecuado y efectivo, como fue planteado, se traducía, como lo denunció el Comandante en Jefe Fidel Castro, en un pago  “pronto, eficiente y justo”, es, decir, ahora mismo, en dólares y lo que los expropiados pidieran por sus antiguas propiedades.
Al llegar al poder, el 1ro. de enero de 1959, el Gobierno Revolucionario había encontrado saqueadas las arcas de la nación. Muchos millones fueron a parar a los Estados Unidos, en las maletas de los ladrones y explotadores, sin que prosperara gestión alguna para su devolución. El tirano Fulgencio Batista y sus cómplices  se llevaron más de 400 millones y dejaron el país con solo  70,  y con una deuda externa impagable.
Las condiciones norteamericanas, por tanto, no eran objetivas ni cumplibles. Comenzaron entonces las calumnias de que Cuba se negaba a cumplir con el pago. Nada más alejado de la realidad.
El Artículo 29 de la Ley de Reforma Agraria fijaba  que “Se reconoce el derecho constitucional de los propietarios afectados por esta Ley, a percibir una indemnización por los bienes expropiados. Dicha indemnización será fijada teniendo en cuenta el valor en venta de las fincas que aparezcan de las declaraciones de amillaramiento municipal de fecha anterior al 10 de octubre de 1958. Las instalaciones y edificaciones afectables existentes en las fincas serán objeto de tasación independiente por parte de las autoridades encargadas de la aplicación de esta Ley”.
En el Artículo 31, se reglamentaba que “La indemnización será pagada en bonos redimibles. A tales fines se hará una emisión de bonos de la República de Cuba en la cuantía, términos y condiciones que oportunamente se fijen. Los bonos se denominarán “Bonos de la Reforma Agraria” y serán considerados valores públicos. La emisión o emisiones se harán por un término de treinta años, con interés anual no mayor del 4 por ciento. Para abonar el pago de intereses, amortización y gastos de la emisión, se incluirá cada año en el Presupuesto de la República la suma que corresponda”.
Y más adelante, en el Artículo 32, se reglamentaba eximir a los perceptores de bonos, durante un período de diez años, del impuesto sobre la renta personal en la proporción derivada de la inversión que hicieran, en industrias nuevas, de las cantidades percibidas por la indemnización, incluyendo en ese beneficio a los herederos que realizaran esas inversiones.
En su aplicación los bonos se hicieron por el término de 20 años y con un 4,5 por ciento de intereses. Pero Estados Unidos no aceptó – como sí  lo hicieron expropiados de otros países y muchos nacionales- esa fórmula de pago. Y se aferraron a la inaceptable variante del “pago pronto, eficiente y justo”.
No tuvieron en cuenta para esa absurda exigencia, que la mayoría de las propiedades agrícolas norteamericanas en Cuba fueron adquiridas al amparo de la Enmienda Platt –impuesta a la Constitución de este país como condición para su “independencia” del 20 de mayo de 1902- además de Ordenes Militares durante las intervenciones yanquis en este territorio.
En muchos casos, las “compras” resultaron una verdadera burla a la nación cubana y a su pueblo. Un solo ejemplo ilustra los demás: El 19 de abril de 1905, la norteamericana Nipe Bay Company, de Jersey City, adquirió, por la burlesca cifra de cien dólares, 3 713 caballerías, es decir, unas 49 800 hectáreas.
En Cuba, las empresas azucareras abarcaban más de 200 000 caballerías, y más de 300 000 las dedicadas a la ganadería. O lo que es lo mismo: alrededor del 25 por ciento del área total del país.
Puede afirmarse, con toda razón, que la Reforma Agraria expropió de forma legal, lo que los monopolios norteamericanos habían expropiado a la nación mediante fraudes.
Las medidas de la contrarrevolución y del gobierno norteamericano fueron mucho más allá del rechazo a una ley específica. Cuba, gracias a una mendaz y grosera campaña internacional elaborada y estimulada desde los Estados Unidos, comenzó a ser “un peligro” para ese poderoso país y una “amenaza” para la seguridad hemisférica. Se arreció la propaganda contra el comunismo, creció el apoyo a la contrarrevolución externa e interna, se incrementaron los sabotajes, surgieron las bandas de alzados organizadas, financiadas y dirigidas por la Agencia Central de Inteligencia yanqui, y se produjo, el 17 de abril de 1961, la invasión mercenaria de Playa Girón, en la cual venían 100 latifundistas, con el objetivo de recuperar sus propiedades que ahora pertenecían al pueblo.
La Ley agraria del 17 de mayo de 1959, sin embargo, fijó un límite de 30 caballerías por propietario. Pero la respuesta no fue trabajarlas. Esas propiedades, en su mayoría, fueron fuente de apoyo a la contrarrevolución y de sabotajes a la economía.
Ese hecho determinó la promulgación, el 3 de octubre de 1963, de la Segunda y última Ley de Reforma Agraria, que redujo a cinco caballerías el límite de propiedad sobre la tierra, garantizando, como en la anterior, la indemnización a los afectados.
Aquella Ley justiciera de la Revolución cubana, sigue sin par en este Continente y otras latitudes donde el latifundio  continúa  reinando.