sábado, 17 de agosto de 2013

Perucho Figueredo Cisneros. ¡Morir por la Patria es vivir!

. Orlando Guevara Núñez
El 17 de agosto de 1870, fue fusilado en Santiago de Cuba, por las autoridades coloniales españolas, el Mayor General del Ejército Libertador Cubano, Pedro Figueredo Cisneros (Perucho), autor del Himno Nacional cubano. Sus restos reposan en el cementerio  de Santa Ifigenia, de esta ciudad. Abogado, poeta, músico y patriota, Perucho formó parte, junto a Francisco Vicente Aguilera y Francisco Maceo Osorio, del Comité Revolucionario que en Bayamo apoyó el levantamiento de Carlos Manuel de Céspedes, el 10 de octubre de 1868, en el ingenio La Demajagua, primera gran gesta independentista cubana contra el colonialismo hispano.

Por sus méritos, llegó a ser Jefe del Estado Mayor y Subsecretario de Guerra de la República en Armas. Antes se había distinguido como antiesclavista y contrario al dominio de España en Cuba, actitud por la cual sufrió prisión.

Su vertical posición independentista, se puso de manifiesto cuando expresó su decisión de unirse a Carlos Manuel de Céspedes y marchar con él a la gloria o al cadalso. En la ciudad de Bayamo, montado sobre su caballo y en medio del fragor de la lucha, escribió  el Himno Nacional Cubano, estrenado el 20 de octubre de 1868 y el cual proclama que “Vivir en cadenas es vivir en afrenta y oprobio sumido” y que “Morir por la Patria es vivir”.

Durante la toma de Bayamo por los soldados del Ejército Libertador, la abanderada fue Candelaria Figueredo Vázquez, su hija, quien se sumó a la lucha en el monte y al ser hecha prisionera fue enviada hacia los Estados Unidos, donde permaneció hasta el cese del poder español en su tierra. De regreso a Cuba, falleció en enero de 1920.

Luego del incendio de Bayamo- ciudad incinerada por los patriotas antes que entregarla al poder colonial español- Perucho Figueredo marchó a la manigua. Allí enfermó de tifus y las lesiones en los pies le impedían caminar. En esas condiciones fue hecho prisionero y conducido luego hasta Santiago  de Cuba, donde fue juzgado, sancionado a pena de muerte y fusilado pocos días después de su apresamiento.

Recoge la historia que las autoridades españolas, para mancillar el honor del patriota, como él no podía caminar, lo condujeron hasta el lugar del fusilamiento montado en un asno. A tal ofensa, Perucho respondió diciendo que no era el primer patriota que montaba en ese tipo de cabalgadura.

Antes de la ejecución, las autoridades coloniales, desconociendo los valores de Perucho, le propusieron perdonarle la vida si hacía dejación de la lucha, lo cual fue rechazado con hidalguía por el insigne cubano, quien expresó que sentía la muerte “Sólo por no poder gozar con mis hermanos la gloriosa obra redentora que había imaginado y que se encuentra ya en sus comienzos. Y una sentencia suya fue confirmada por la historia: ¡España ha perdido a Cuba!

¡Morir por la Patria es vivir!, expresó en sus últimos instantes de existencia el patriota. Esas palabras, lejos de perecer acribilladas por las balas de los enemigos, resurgieron con mayor fuerza y se multiplicaron  en los campos de batalla, como símbolo de una decisión que, generación tras generación, se hizo patrimonio de los cubanos hasta su libertad definitiva y adquiere hoy mayor dimensión ante las actuales amenazas, esta vez contra un enemigo más brutal y traicionero: el imperialismo norteamericano.


sábado, 27 de julio de 2013

Hacia el aniversario 60 del Moncada (26 y final)



A nadie traicionó Fidel

Orlando Guevara Núñez

Cuando triunfó la Revolución, muchos  politiqueros, explotadores, magnates y todo tipo de personajes que habían hecho maridaje con la tiranía batistiana,  pensaron que, como era tradición en Cuba,  sólo se había producido en cambio de hombres en el gobierno. Y se aprestaban  a buscarse un lugar desde donde continuar viviendo con sus privilegios, a costa del pueblo.
“Esta es tu casa, Fidel”. Tal plaquita se puso en la puerta principal de muchos palacetes donde, más que cubanos, vivían camaleones que pretendieron engañar al pueblo. Algunos hicieron donaciones de reses, de  implementos  agrícolas, o de dinero para la Reforma Agraria a la cual, llegado el momento, combatirían, en contubernio con el gobierno imperialista de los Estados Unidos.
Fueron los mismos que se sumaron a la estampida cuando vieron frustradas sus aspiraciones y llegaron a la conclusión de que esta era una revolución verdadera y no un “quítate tú para ponerme yo”, como lo habían pensado.
Comenzaron, desde entonces, a difundir la mentira de que Fidel Castro los había traicionado. Se sentían con el derecho de continuar expoliando al pueblo y, por  lo tanto,  engañados al no poder hacerlo. En realidad, no tuvieron nunca razón para pensar de esa forma. Porque Fidel,  desde el mismo juicio del Moncada, el 16 de octubre de 1953, hablo con claridad y definió hacia dónde iría la Revolución una vez logrado el triunfo.
“Los demagogos y los políticos de profesión quieren obrar el milagro de estar bien en todo y con todos, engañando necesariamente a todos en todo” -expresó en esa ocasión, rodeado de soldados con bayonetas-  añadiendo que  “Los revolucionarios han de proclamar sus ideas     valientemente, definir sus principios y expresar sus intenciones para que nade se engañe, ni amigos ni enemigos”. Y así lo hizo.
“Cuando hablamos de pueblo, no entendemos por tal a los sectores acomodados y conservadores de la nación, a los que viene bien cualquier  régimen de opresión, cualquier dictadura, cualquier despotismo, postrándose ante el amo de turno hasta romperse la frente contra el suelo. Entendemos por pueblo cuando hablamos de lucha, la gran masa irredenta, a la que todos ofrecen y a la que todos engañan y traicionan, la que anhela una patria mejor y más digna y más justa; la que está movida por ansias ancestrales de justicia por haber padecido la injusticia y la burla generación tras generación, la que ansía grandes y sabias transformaciones en todos los órdenes y está dispuesta a dar para lograrlo, cuando crea en algo o en alguien, sobre todo cuando crea suficientemente n sí misma, hasta su última gota de sangre”
Y su definición de pueblo fue más puntual aún:  “Nosotros llamamos pueblo, si de lucha se trata, a los seiscientos mil cubanos que están sin trabajo (…)  a los quinientos mil obreros del campo, que habitan en bohíos miserables, que trabajan cuatro meses al año y pasan hambre el resto, compartiendo con sus hijos la miseria (…) a los cuatrocientos mil obreros industriales y braceros cuyos retiros, todos, están desfalcados, cuyas conquistas les están arrebatando, cuyas viviendas son las infernales habitaciones de las cuarterías, cuyos salarios pasan de las manos del patrón a las del garrotero, cuyo futuro es la rebaja y el despido, cuya vida es el trabajo perenne y cuyo descanso es la tumba”
En su concepto de pueblo, no fueron incluidos los explotadores, los magnates, los terratenientes, los políticos corruptos, los militares asesinos.
Incluyó Fidel a los cien mil agricultores pequeños que trabajaban la tierra sin ser suya; a los treinta mil maestros y profesores que tan mal se les trataba y pagaba; a los veinte mil pequeños comerciantes, abrumados de deudas, arruinados por la crisis; a los diez mil profesionales jóvenes médicos, ingenieros, abogados, veterinarios, pedagogos, dentistas, farmacéuticos, periodistas, pintores, escultores que al graduarse se enfrentaban a un callejón sin salida.
Y fue a ese pueblo a quien Fidel, preso y solitario, enfrentando al Tribunal que lo condenaría a 15 años de prisión, le hizo una promesa: si triunfaba la Revolución, no decirle “Te vamos a dar”, sino ¡Aquí tienes, lucha ahora con todas tus fuerzas para que sean tuyas la libertad y la felicidad!  Y eso fue lo que hizo desde el 1ro. de enero de 1959.
Los seis graves problemas de la nación cubana, abordados por Fidel en su alegato de auto defensa conocido como La historia me absolverá: el problema de la tierra, el problema de la  industrialización, el problema de la vivienda, el problema del desempleo, el problema de la educación, y el problema de la salud del pueblo, fueron parte decisiva del programa del Moncada, cumplido y sobre cumplido en los primeros años de la Revolución.
Cada ley revolucionaria, siempre a favor del pueblo, atrajo sobre sí el odio imperial y contrarrevolucionario.  Así, se dedicaron a combatir a la Revolución con el fin de destruirla. Pero el pueblo, desde el inicio, se preparó para defender sus conquistas.
Las mentiras y el engaño han sido siempre armas predilectas de la contrarrevolución y los gobiernos de los Estados Unidos para combatirla. Y entre sus falsos argumentos, está el invento de que fueron traicionados.
Como está demostrado, la política revolucionaria trazada por Fidel estuvo bien clara antes del  1ro. de enero de 1959. Y víspera de la agresión mercenaria de Playa Girón, el Comandante en Jefe de la Revolución cubana ratificó sus concepciones sobre la lucha, al proclamar el carácter patriótico, democrático y socialista de la Revolución de los humildes, por los humildes y para los humildes.
Los traidores, los explotadores, los latifundistas, los políticos corruptos, los ladrones, los asesinos, no cupieron nunca, como sucede hoy, en el concepto de pueblo. Siendo así, ¿de cuál traición hablan? ¿Haberle arrebatado a ellos el poder para entregarlo al pueblo, es alguna traición? Y ese pueblo verdadero no ha sido, ni será nunca, traicionado por la Revolución, porque  él mismo es la Revolución.
Y hoy, al rememorar esos pasajes sobre los principio planteados por Fidel en La historia me absolverá, válido es recordar, sobre todo a quienes no pierden las esperanzas del regreso a un pasado capitalista de Cuba, lo proclamado por el jefe de la Revolución en aquel momento, convertido hoy en determinación de todo el pueblo. “Vivimos en un país libre que nos legaron nuestros padres y primero se hundirá la Isla en el mar antes que consintamos en ser esclavos de nadie”

Hacia el aniversario 60 del Moncada (25)





La historia absolvió a Fidel

.Orlando Guevara Núñez
El asalto a los cuarteles Moncada, en Santiago de Cuba, y Carlos Manuel de Céspedes, en Bayamo, el 26 de julio de 1953, marcó el inicio de una nueva etapa –la última- en la gesta del pueblo cubano por su libertad e independencia. El método de la lucha armada  para derrocar a la tiranía se impuso sobre las manidas y corrompidas contiendas electorales. Surgió la figura de Fidel como líder verdadero que representaba los intereses del pueblo. Y de ese épico combate nació también un programa revolucionario que uniría a las masas para derrotar a la  dictadura  y construir luego su propio destino.
El 21 de septiembre de 1953, comenzó en Santiago de Cuba el juicio calificado como el más trascendente de la historia cubana. Fue la Causa 37 del Tribunal de Urgencias de esta ciudad. Pero el principal acusado, el joven abogado y revolucionario Fidel Castro, se convirtió pronto en acusador y los acusadores en acusados.
Fue en ese proceso-iniciado en el Palacio de Justicia- que Fidel, cuando uno de los inculpados sin tener relación alguna con los asaltantes, en un acto de autodefensa se dirigió a él para que justificara su inocencia y que no era autor intelectual del asalto, respondió con una afirmación histórica: “Nadie debe preocuparse de que lo acusen de ser  autor intelectual de la Revolución, porque el único autor intelectual  del asalto al Moncada es José Martí, el Apóstol de nuestra independencia”.
Tales fueron el miedo y la baja moral de los representantes de la tiranía batistiana en ese juicio, tan aplastante la verdad contra la mentira, que Fidel fue sustraído de las sesiones, con la farsa de que estaba enfermo, estratagema desbaratada en el propio plenario por la también asaltante y prisionera Melba Hernández Rodríguez del Rey, quien poseía una carta de desmentida firmada por el propio Fidel.

De todas formas, Fidel fue juzgado en otra sesión, celebrada el 16 de octubre de 1953, en una pequeña salita de estudio de enfermeras del Hospital Civil Saturnino Lora, a pocos metros del majestuoso Palacio de Justicia. Con esa arbitrariedad, se quería  que las palabras del jefe revolucionario no fueran escuchadas y se extinguieran en el silencio.
Pero allí, rodeado de esbirros y de soldados armados con bayonetas, se enfrentó Fidel al Tribunal que lo juzgaba y a la petición fiscal de 26 años de presidio por los hechos del Moncada.
“Los revolucionarios-advirtió convertido en su propio abogado defensor- han de proclamar sus ideas valientemente, definir sus principios y expresar sus intenciones para que nadie se engañe, ni amigos ni enemigos”.
Y así lo hizo. Así pronunció su alegato de autodefensa, conocido más tarde como La historia me absolverá, palabras con las cuales concluyó su valiente intervención. Así surgió el Programa del Moncada.
En su exposición, Fidel denunció los atroces crímenes de la tiranía contra los jóvenes asaltantes. De los 61 muertos, sólo seis habían caído en combate, siendo el resto asesinados  después de estar prisioneros. Fustigó también los graves problemas políticos, económicos y sociales que hundían a la nación cubana en la corrupción de los gobernantes, la miseria, la explotación, la insalubridad, el analfabetismo, el subdesarrollo, el abandono de los pobladores rurales y la desesperanza del pueblo ante las maniobras politiqueras que mucho prometían y nada hacían contra las injusticias imperantes.
 Profundizó en las causas de esos graves males, entre ellos el latifundismo que concentraba en manos de terratenientes nacionales y extranjeros enormes extensiones de tierra sin cultivar – el 25 por ciento de ellas en manos de geófagos norteamericanos- , mientras que más de cien mil campesinos no eran dueños de sus tierras, sufrían desalojos, y más de  500 000 obreros del campo sólo trabajaban cuatro meses al año y pasaban hambre el resto, sin poseer una pulgada de tierra donde sembrar para mantener a sus hambrientos hijos.
El problema de la tierra, el problema de la salud, el problema de la educación, el problema de la vivienda, el problema del desempleo, el problema de la industrialización. Sobre el dramatismo que vivía el pueblo en esos seis aspectos, mientras que los ricos engordaban cada vez más sus arcas, hizo el joven combatiente las más profundas reflexiones.
Pero Fidel fue mucho más allá de la denuncia. Expuso también un programa de lucha. Definió, en primer lugar, su concepto de pueblo: los 600 000 desempleados, los 500 000 obreros del campo y 100 000 campesinos explotados y hambrientos, los 30 000 maestros y profesores mal pagados. También los miles de profesionales que salían de las aulas para enfrentarse a una sociedad que no les brindaba empleo. No estuvieron nunca en esa clasificación los políticos corrompidos, los terratenientes, los casatenientes, los grandes comerciantes, los esbirros, los que oprimían y esquilmaban a los cubanos.
Y fue claro en su concepción defendida para la hora de la victoria: A este pueblo, cuyos caminos de angustias están empedrados de engaños y falsas promesas, no le íbamos a decir: te vamos a dar, sino: ¡Aquí tienes, lucha ahora con todas tus fuerzas para que sean tuyas la libertad y la independencia!
Al final, el Tribunal condenó a Fidel a 15 años de prisión, los que comenzó a cumplir en el presidio de la entonces Isla de Pinos (hoy Isla de la Juventud), de donde salió amnistiado el 15 de mayo de 1955, como consecuencia de la presión popular.
En esa prisión terminó el líder de la gesta moncadista de redactar su alegato histórico, el cual, convertido ya en Programa, fue editado clandestinamente en 1954 y de igual forma circuló entre miles de manos de los revolucionarios cubanos. El Movimiento Revolucionario 26 de Julio, fundado en 1955, con Fidel a la cabeza, hizo suyo ese programa, aglutinó al pueblo en la lucha por él y lo convirtió en su arma invencible hasta derrocar al tirano.
El Programa del Moncada fue cumplido con creces desde los primeros años de la Revolución triunfante. Y todos los sueños de ayer son realidades revolucionarias de hoy.
 En la pequeña salita de enfermeras donde sesionó el Tribunal, no están encerradas las palabras de Fidel. Pero allí parecen vibrar ellas todavía, cuando expresaron la grandeza y valentía de un hombre armado de las más profundas convicciones:
Termino mi defensa, pero no lo haré como hacen siempre los letrados, pidiendo la libertad del defendido; no puedo pedirla cuando mis compañeros están sufriendo ya en Isla de Pinos ignominiosa prisión. Enviadme junto a ellos a compartir su suerte, es concebible que los hombres honrados estén muertos o presos en una república donde está de presidente un criminal y un ladrón.
Y late también el final de la magistral autodefensa: En cuanto a mi, sé que la cárcel será dura como no ha sido nunca para nadie, preñada de amenazas, de ruin y cobarde ensañamiento, pero no la temo, como no temo la furia del tirano miserable que arrancó la vida a setenta hermanos míos. Condenadme, no importa, ¡La historia me absolverá!
La historia no sólo absolvió a Fidel, sino que lo ha elevado al sitial más alto de la Patria y del corazón de millones de seres humanos en disímiles partes de este mundo que ahora saben también que un mundo mejor es posible. Y por ese mundo luchan.

jueves, 25 de julio de 2013

Hacia el aniversario 60 del Moncada (24)





En la prisión de Boniato
La solidaridad  burló  los barrotes
.Orlando Guevara Núñez
Fueron muchas – y muy valiosas- las acciones de solidaridad del pueblo santiaguero con los moncadistas luego del asalto del 26 de julio de 1953. Y ese sentimiento hermoso no fue una excepción durante la permanencia de ellos en la Cárcel de Boniato.
En su libro sobre el juicio del Moncada, de Marta Rojas,  se citan varios ejemplos de cómo esa solidaridad llegó a los combatientes desde la población y también desde el interior del presidio, expresada por muchos reclusos por causas comunes, quienes  “se convertían en colaboradores y protectores de los combatientes dentro de la prisión. Ellos, espontáneamente, se ocupaban de vigilar a los esbirros y advertir a los moncadistas de los peligros que les acechaban”.
Se explica cómo algunos presos comunes que trabajaban en oficinas y otras dependencias del penal, escucharon de boca de los soldados y clases de allí que Batista había dado la orden a Chaviano sustraer a Fidel del proceso del juicio y, para eso, eliminarlo físicamente si era preciso.
Los argumentos eran que los pronunciamientos del máximo jefe del asalto en el juicio “estaban ablandando a los soldados”. Y se decía que el propio Chaviano le había afirmado al dictador que “feroces custodios del primer día del juicio, al segundo día empezaron  como hombres con complejo de culpa, titubeantes y temerosos de la justicia que Fidel les presagiaba”.
El intento de Chaviano de cumplir la orden  de Batista, fue frustrado por la sagacidad de Fidel, quien haría una contundente denuncia de esa maniobra, en carta dirigida al Tribunal. Los presos comunes habían transmitido de forma oportuna el peligro.
En un párrafo de la citada misiva al Tribunal, desmintiendo que él no podía comparecer al juicio por estar enfermo, apuntaría Fidel:
Tercero:- Que he podido conocer con toda certeza que se trama mi eliminación física, bajo el pretexto de fuga, envenenamiento o cualquier cosa parecida y que a tal efecto se han estado elaborando una serie de planes y coartadas que faciliten la consumación de los hechos (…).
Esa farsa que debía conducir al asesinato de Fidel, fue frustrada por la solidaridad. Se explica en el texto citado cómo desde el exterior del presidio la población hacía llegar a los moncadistas alimentos y medicinas, adquiridos también a través de los presos comunes, para evitar consumir los del penal. Se sabía bien que Chaviano había dado órdenes precisas de envenenar al  jefe revolucionario.  Y llegó a ser separado de su cargo un supervisor  militar de la cárcel, quien se negó a cumplir la orden  de eliminar a Fidel.
El propio envío de la carta de Fidel al Tribunal, que tuvo como portadora a la combatiente Melba Hernández, fue posible por la colaboración de otros revolucionarios y algunos presos comunes. Preservar la vida de Fidel se convirtió en un objetivo de muchos.
Así se forjó otro episodio que es parte indisoluble de la gesta del 26 de julio de 1953. Los barrotes de la tiranía no pudieron impedir que la solidaridad del pueblo llegara hasta Fidel y el resto de los moncadistas. Y aún entre los mismos barrotes, la solidaridad con los revolucionarios  se impuso.