lunes, 4 de junio de 2018

Seguimos diciendo ¡Basta!, andando y haciendo nuestra propia historia



. Orlando Guevara Núñez


“Ya los Estados Unidos no podrán caer jamás sobre América con la fuerza de Cuba, pero, en cambio, dominando a la mayoría de los demás Estados de América Latina, Estados Unidos pretende caer sobre Cuba con la fuerza de América”. Así lo denunció, el 4 de febrero de 1962, la Segunda Declaración de La Habana, luego de que pocas horas antes –el 31 de enero- la Octava Reunión Consultiva de Ministros de Relaciones Exteriores de este Continente, agrupados en la Organización de Estados Americanos (OEA) acordara la expulsión de Cuba de ese organismo, por considerarla incompatible en el seno de esa comunidad de naciones.
En aquella reunión, celebrada en Punta del Este, Uruguay, Estados Unidos movió sus peones. Los gobiernos títeres, rompieron de inmediato las relaciones con Cuba; otros resistieron un tiempo más, pero, al final, sólo la hermana nación mexicana no se plegó al mandato del Imperio.
El dictamen de aquel encuentro bochornoso, fue definido con certeza por la Segunda Declaración de La Habana: “Los acuerdos obtenidos por los Estados Unidos con métodos tan bochornosos que el mundo entero critica, no restan, sino que acrecentan la moral y la razón de Cuba, demuestran el entreguismo y la traición de las oligarquías a los intereses nacionales y enseña a los pueblos el camino de la liberación. Revela la podredumbre de las clases explotadoras en cuyo nombre hablaron sus representantes en Punta del Este. La OEA quedó desenmascarada como lo que es: un ministerio de colonias yanquis, una alianza militar, un aparato de represión contra el movimiento de liberación de los pueblos latinoamericanos”.
Cuba, desde aquel momento, quedó separada de los gobiernos oligárquicos, pero nunca pudieron separarla de los pueblos. Su voz no se perdió en el infinito, siguió vibrando en la mente y los corazones de los humildes y de los explotados, como símbolo de esperanza y de lucha, a la vez que martillaba en los oídos de los explotadores, como advertencia de que Cuba seguiría existiendo, con OEA, sin OEA e incluso frente a la OEA.
Fuimos bloqueados, amenazados, agredidos, calumniados. Pero los agresores no contaron con la fuerza más importante de la Revolución: su pueblo. Los oligarcas se sentían seguros del aplastamiento de ese pueblo, pronosticaron los funerales de la Revolución e hicieron todo lo posible por borrar el socialismo de la faz de esta empobrecida y preterida región del mundo. Y la OEA desempeñó con cinismo –en nombre de la libertad, de la democracia y de los derechos humanos- su bochornoso papel de ayudante del pretendido enterrador.
En Punta del Este, se enfrentaron dos ideologías: el capitalismo y el socialismo. El conjunto de agresores, por el primero; Cuba, por el segundo. Por eso, la histórica Segunda Declaración de La Habana proclamó que allí: Cuba representó a los pueblos, Estados Unidos representó a los monopolios; Cuba habló por las masas explotadas de América, Estados Unidos por los intereses oligárquicos, explotadores e imperialistas. Cuba, por la soberanía, Estados Unidos por la intervención.
Al triunfar la Revolución, Cuba dependía en gran medida, en sus exportaciones e importaciones, del gobierno imperialista de los Estados Unidos. Al implantarse el bloqueo, el país quedó prácticamente sin tener a quien venderle ni a quien comprarle. La OEA apoyó ese propósito asesino. Y cuando la Unión Soviética y el Campo Socialista se derrumbaron, Cuba volvió a perder los mercados de compra y venta. En esas condiciones, ¿Cuál otro país hubiese podido resistir? Los cubanos, sin embargo, resistimos, sin perder nunca la fe, sin cambiar principios por beneficios materiales, sin negociar la dignidad por migajas, sin aceptar chantajes.
En Punta del Este,  la OEA condenó al país agredido y apoyó a la potencia agresora. Hemos vivido  más de medio siglo bajo un bloqueo incesante, criminal, incrementado, que afecta todo, que nos priva de recursos, que ha retardado en casi veinte años nuestro desarrollo, que se siente en todos los sectores, en la mesa,  en la satisfacción de muchas necesidades.
Y junto a ese bloqueo indigno, le mentira –también apoyada por la OEA- de que esas dificultades son propias del sistema socialista y consecuencia de la incapacidad de los cubanos para dirigir la economía.
Hoy Cuba tiene las relaciones con todos los países que la OEA, azuzada por los Estados Unidos, obligó a romper con nosotros. La historia nos ha reconocido la razón que no dejamos nunca de tener.
 Cuba, al ser expulsada de la OEA, proclamó ante el mundo – cuando para muchos parecía una aspiración irrealizable- que “Ahora sí, la historia tendrá que contar con los pobres de América, con los explotados y vilipendiados de América Latina, que han decidido empezar a escribir ellos mismos, para siempre, su historia (…) Porque esta gran humanidad ha dicho ¡Basta! y ha echado a andar. Y su marcha de gigantes, ya no se detendrá hasta conquistar la verdadera independencia, porque la que ya han muerto más de una vez inútilmente. Ahora, en todo caso, los que mueran morirán como los de Cuba, los de Playa Girón, morirán por su única, verdadera, irrenunciable independencia”.
La realidad latinoamericana actual, demuestra esa aseveración. Ya nuestros pueblos no son un rebaño pastoreado por un amo imperial. La revolución en este Continente avanza, sobre las ruinas de un sistema insostenible, sumido hoy en la crisis que muchos especialistas califican la más grave de ese sistema explotador.
En este contexto, la OEA acordó anular la resolución que  nos expulsó de su seno. Siempre, en ese tiempo, los cubanos nos sentimos honrados de no formar parte de ese aparato al servicio del Imperio. Y nunca nos sentimos excluidos del seno de los pueblos, con los cuales hemos compartido luchas, dolor, sacrificio y esperanzas.
En esa reunión  los gobiernos y pueblos hablaron por Cuba. Una exclamación de uno de ellos, compartida por otros, nos llenó de emoción: ¡Gracias, Cuba, por existir!
Y Cuba seguirá existiendo. Los Estados Unidos, en 1959, como la había deseado José Martí en 1895, pocas horas antes de su caída en combate, no pudieron contar más con la fuerza de Cuba para caer sobre los pueblos de América. Ahora deja de contar con la fuerza de América para caer sobre Cuba. Porque ante el imperio brutal y el sistema que representa, esta humanidad seguirá diciendo ¡Basta! y continuará su marcha indetenible, haciendo su propia historia.
Ahora, el escenario está preparado para que Estados Unidos, con la complicidad de algunos gobiernos sumiso, quiera repetir con Venezuela su ensayo fracasado en Cuba. Preparan la expulsión de la OEA de este hermano país, bloquearlo más, agredirlo más. Y no hay duda de que, al igual que en Cuba, el fracaso será de los agresores.

La obra más grande y hermosa de la Revolución cubana .Orlando Guevara Núñez




¿Cuál en estos casi 60  años de la Revolución cubana es su obra más grandiosa?
Con frecuencia se habla de la obra educacional que borró en un año la ignominia de un millón de analfabetos y otro millón de semianalfabetos,  que convirtió el saber en patrimonio gratuito de todos los cubanos,  que ha desarrollado un potencial científico importante, ha logrado el país de mayor cantidad de docentes por alumnos y maestros por habitantes en el mundo. Y ha contribuido a erradicar la ignorancia en varios países.
Se menciona la salud, entre las mayores realizaciones. La asistencia médica gratuita  y al alcance de todos, sin excepción de ningún tipo. La erradicación de enfermedades que cada año causaban cientos y miles de muertes, sobe todo de niños. Que los enfermos hayan dejado de ser clientes y la medicina una mercancía. Que no haya otro país que supere a Cuba en médicos por habitantes. Que de más de 60 niños muertos por cada mil nacidos vivos, hasta 1958, ahora no lleguen a cinco.
La seguridad en el empleo para todos es una gran obra social y humana. Aún bajo las condiciones más difíciles, la población cubana no ha sufrido el desempleo, ni la bochornosa situación encontrada en 1959, de más de 600 000 desempleados y 500 000 obreros que solo laboraban tres o cuatro meses al año. Más de 500 000 cubanos trabajan ahora por cuenta propia, con derecho a la seguridad social y gozando de todas las gratuidades educacionales y de salud.
Esa seguridad y la asistencia social es otra de las grandes conquistas. Nadie en Cuba queda abandonado a su suerte.
Garantizar un país sin hambrientos es una realización que  muchos países no han logrado, incluyendo naciones ricas en recursos. La UNICEF declaró a Cuba como único país de América Latina con Cero desnutrición infantil.
Un país donde los flagelos de la droga, de la prostitución, de la corrupción y la violencia no sean significativos, como puede proclamarlo Cuba, es un logro para muchos sólo  una aspiración quimérica.
Tener un país donde el pueblo es el ejército y el ejército es el pueblo, es un logro de trascendencia indiscutible.
Un país donde se respetan los derechos humanos, donde no han existido en casi 60  años ni torturados, ni asesinados ni desaparecidos, ni nadie juzgado al margen de los derechos otorgados por la Ley, es conquista de la cual carecen muchas naciones autoproclamadas con derechos humanos respetados.
Haber erradicado institucionalmente la discriminación racial, por sexo, por tipo de religión o en cualesquiera de sus manifestaciones, es una de las obras más bellas.
Serían innumerables los ejemplos; no cabrían en ningún artículo periodístico.
Pero hay una creación de la Revolución desconocida por unos y omitida intencionalmente por otros. Una creación que, a mi juicio, es la obra más hermosa y grande de la Revolución: el pueblo cubano.
Ese pueblo capaz de resistir casi seis décadas sin doblegarse ante la potencia más agresora y criminal que ha conocido la historia de la humanidad. Que no solo ha resistido, sino que también ha vencido.
Ese pueblo capaz del sacrificio y dispuesto a perderlo todo, menos su dignidad y su decoro.
Ese pueblo capaz no solo de defenderse a sí mismo, sino de ofrendar su sangre y su vida por la libertad, la independencia y la felicidad de otros, en cualquier parte del mundo.
Ese pueblo capaz de ir a los lugares más pobres de cualquier país a salvar vidas, curar males y borrar la ignorancia.
Ese pueblo capaz de compartir con otros no lo que le sobra, sino lo poco que tenga.
Ese pueblo capaz de sacrificios presentes para garantizar el bienestar del futuro.
Ese pueblo capaz en los momentos de peligro de dar su vida por la de cualquier otro cubano.
Ese pueblo altruista, culto, patriótico, internacionalista, depositario del ideal martiano de que Patria es humanidad.
Ese  pueblo que no teme a las amenazas ni a los sacrificios para continuar siendo lo que somos y no volver a ser lo que fuimos.
Ese pueblo que convierte los reveses en victoria y las victorias en punto de partida para otras nuevas.
Ese pueblo  próximo a cumplir 60 años de Revolución y está dispuesto a  completar el siglo y continuar hacia delante.
Ese pueblo capaz de empinarse sobre las dificultades y los escollos.
Ese pueblo, capaz de hacer realidad sus sueños y continuar soñando y construyendo.
Ese pueblo heredero de Carlos Manuel de Céspedes, de Ignacio Agramonte, de Mariana Grajales, de Antonio Maceo, de Máximo Gómez, de Calixto García, de Julio Antonio Mella, de Pablo de la Torriente Brau, Rubén Martínez Villena, de Antonio Guiteras,  de Frank País y otros muchos patriotas que desde Hatuey hasta Fidel han forjado nuestra historia.
Ese pueblo del Che, de Camilo, de Almeida, de Raúl y de Fidel.
Ese pueblo, el cubano, es, sin dudas, la obra más grandiosa, humana, hermosa, útil y perdurable de la Revolución cubana.

sábado, 2 de junio de 2018

Los partidos no se conservan en el gobierno si no tienen las manos limpias de interés, y la raíz en la verdad


Orlando Guevara Núñez


Corría el último mes de 1886 cuando José Martí escribió un artículo, publicado por el diario argentino La Nación el 26 de enero del año  siguiente, en el cual analizaba la política de los dos partidos que en Estados Unidos se turnaban el poder: el Demócrata y el Republicano. En ese momento, los primeros tenían el gobierno. 
Y desentraña la esencia de ambos partidos, cuando afirma: “Hoy, sobre todo, no podría ninguno de los dos partidos rivales definir su política en un programa fijo: porque la verdad es que cada uno de ellos está fraccionado en bandos enemigos, juntos solo por la necesidad de apoyarse mutuamente para mantener o asaltar el poder”
Y sobre cada uno, señala Martí sus ambiciones, su deshonestidad, su indiferencia ante los problemas de la nación. Sobre el Demócrata, en ese momento en el poder, explica cómo ha incumplido todo cuanto prometió para escalar el mando. Y define a ambos en un solo concepto: “Destruir sí pueden; pero no construir”.
Y comenta el desencanto de la opinión pública la semejanza de espíritu y hábito entre los políticos de oficio, sean republicanos o demócratas. Afirma Martí que la política en Estados Unidos está distribuida entre dos partidos gastados, descompuestos en bandos sostenidos por celos personales y diferencia de ideas. Menciona a un partido naciente: Partido del Trabajo Unido, con el respaldo de los gremios de trabajadores, practicante de la democracia y de la paz.
Demócratas y republicanos se disputan el poder, lo alcanzan, incumplen lo prometido, se turnan el gobierno. Es por eso la afirmación inicial de Martí: Los partidos no se conservan en el gobierno si no tienen las manos limpias de interés, y la raíz en la verdad.

viernes, 1 de junio de 2018

La estrella que ilumina y mata




 .Orlando Guevara Núñez
Muchas veces hemos utilizado los cubanos esta enseñanza martiana, consistente en elegir el sacrificio, dictado por el honor, ante un bienestar acompañado por el deshonor.
Esta vez, el mensaje está contenido en un poema: Yugo y Estrella, insertado en los Versos Libres. Estos versos, al decir del propio José Martí, fueron escritos cuando tenía él 25 años de edad. Siendo así datarían de 1878. Se asegura, sin embargo, que algunos están firmados por él en 1882.  
En su nota introductoria dice nuestro Apóstol: “Estos son mis versos. Son como son: A nadie los pedí prestados. Mientras no pude encerrar íntegras mis visiones en una forma adecuada a ellas, dejé volar mis visiones”
Más adelante afirma: “Tajos son éstos de mis propias entrañas, mis guerreros. Ninguno me ha salido recalentado, artificioso, recompuesto, de la mente; sino como las lágrimas salen de los ojos y la sangre sale a borbotones de la herida”
Y en esa colección está incluido el poema  Yugo y Estrella. Se describe  una opción que, al nacer, su madre puso ante él, como “dos insignias de la vida”.
Este, es un yugo: quien lo acepta, goza. / Hace de manso buey, y como presta/ servicio a los señores, duerme en paja/ caliente, y tiene rica y ancha avena (…)
“Esta, que alumbra y mata, es una estrella./ como que riega luz, los pecadores / huyen de quien la lleva, y en la vida/ cual un monstruo de
crímenes cargado / todo el que lleva luz se queda solo. / Pero el hombre que al buey sin pena imita/ buey torna a ser, y en apagado bruto/ la escala universal de nuevo empieza/ El que la estrella sin temor se ciñe/ como que crea, ¡crece!” (…)
Así, puesto a escoger entre las dos insignias, decide:
Dame el yugo, oh mi madre, de manera / que puesto en él de pie, luzca en mi frente/ mejor la estrella que ilumina y mata.

Lo que destruyó Fidel





.Orlando Guevara Núñez

Recuerdo que en sus  rebuznos en  una  Asamblea General de las Naciones Unidas, el entonces presidente norteamericano W. Bush, calificó a Fidel Castro de cruel tirano. Después,  ante la noticia del fallecimiento de nuestro Comandante en Jefe, el  presidente norteamericano, el cavernícola  Donald Trump, lo  calificó  como brutal dictador.
En su demencia e impotencia, el  coprófago  mandatario imperial  hace añicos cuantas normas de   ética, moral, diplomacia  y respeto existen en el mundo, empleando su arma preferida: la mentira

Ha sido una constante, desde el mismo triunfo de la Revolución cubana, que los representantes del imperio norteamericano califiquen a Fidel como un destructor. Y sacando cuentas, pienso que las cosas destruidas por el máximo dirigente cubano- en beneficio siempre del pueblo cubano y de la humanidad- son las que más duelen a los prepotentes del Norte revuelto y brutal que nos desprecia, como lo sentenció José Martí.

Fidel destruyó en Cuba el mito de que el pueblo podía luchar junto al ejército o sin el ejército, pero nunca contra el ejército, en nuestro caso asesorado y apoyado por el gobierno norteamericano. Fidel luchó contra el ejército tiránico y lo destruyó, sustituyéndolo por otro donde el ejército es el pueblo y el pueblo es el ejército.

Fidel destruyó el mito de que una nación pequeña no podía luchar frente a una gran potencia como los Estados Unidos. En Cuba, Fidel destruyó el analfabetismo, el desempleo, la discriminación racial. Destruyó el latifundismo, la explotación de los obreros y de los campesinos. Pulverizó el dominio norteamericano sobre Cuba y nuestra condición de neocolonia yanqui.

Fidel destruyó la miseria en nuestros campos y ciudades, los desalojos y desahucios que lanzaban a las calles y caminos reales a centenares de familias desposeídas. El propio concepto de desposeído y de paria en su propia tierra, fue erradicado.

Fidel destruyó la mentira de la democracia burguesa que durante tantos años engañó al pueblo cubano. E instauró un sistema donde el gobierno es el pueblo y el pueblo es el gobierno. Destruyó el poder de los ricos sobre los pobres y cercenó los humillantes grilletes de la esclavitud.
Fidel erradicó un sistema de salud en el cual el paciente era un cliente y la medicina una mercancía vetada para la mayoría de la población.

Fidel borró las bochornosas marcas de la incultura, del subdesarrollo en el deporte y en las ciencias, cuyos adelantos asombran hoy al mundo.

Fidel, en Playa Girón, destrozó la creencia de la invencibilidad militar del imperialismo en América.

Fidel ha sido un permanente destructor de las mentiras yanquis. Y allá, en las preteridas tierras africanas, destruyó los intentos imperiales de apoderarse de la República Popular de Angola y contribuyó a romper las oprobiosas cadenas del colonialismo y del apartheid en otros pueblos.

Fidel ha roto y está rompiendo la oscuridad que negaba y niega la luz a las pupilas de centenares de miles de hermanos latinoamericanos pobres. Y ha cerrado las puertas al luto en miles de hogares acosados en el mundo por la miseria y los desastres naturales. Ha roto también para millones de personas en distintos continentes, las barreras del analfabetismo.

Fidel rompió todos los pronósticos de quienes en los primeros años aseguraban que la Revolución no podría sostenerse en el poder y de quienes, al desmoronarse la Unión Soviética y el Campo Socialista, fijaron un breve plazo a la existencia de Cuba como nación socialista.

En la persona de Fidel se ha roto un record, pienso que imposible de igualar, de  638 intentos de asesinato promovidos, organizados o apoyados por la Agencia Central de Inteligencia de Estados Unidos, en asqueroso maridaje con la mafia contrarrevolucionaria de Miami.

Son tantas las cosas que en aras del bien y la felicidad de los cubanos y de la humanidad ha destruido Fidel, que, de conocerlas todas, se haría más inmenso el cariño y la admiración que hacia él profesan millones de personas en disímiles latitudes del Universo.

Es comprensible que los gobernantes norteamericanos  revolviéndose en su propio lodo, utilicen  engañosos calificativos sobre la figura de Fidel. Esas mentiras, como lo está demostrando la realidad, chocan cada vez más contra la verdad y contra la conciencia de los pueblos, acerca de quiénes defienden sus derechos y quiénes hacen lo indecible para arrebatárselos y pisoteárselos.

Pienso – y creo que otros muchos compartirán el deseo- que ojalà contara el mundo
 con muchos gobernantes dispuestos a destruir injusticias como las tantas destruidas por Fidel. Para ello, sería indispensable una condición lograda en Cuba: Fidel, pueblo, Revolución, Partido Comunista, socialismo y gobierno, son un haz indestructible que, como lo preconizó José Martì, existe con todos y para el bien de todos.
Hoy,  Fidel, aún después de su fallecimiento,  en su condición de eterno Comandante en Jefe de la Revolución cubana, sigue destruyendo las posiciones enemigas y edificando las que benefician a su pueblo y a la humanidad.