lunes, 2 de enero de 2017

El pasado que no será jamás presente en Cuba



.Orlando Guevara Núñez

Hace algún tiempo publiqué estas cifras heredadas por la Revolución el 1ro. de enero de 1959. No son todas, pero dan la idea del "paraíso" encontrado por la dirección revolucionaria encabezada por Fidel. Los enemigos de la Revolución cubana, en su empeño de destruirla, repiten la mentira de que en esa época, vivíamos en un país rico y próspero. Hasta llegan a elogiar al tirano Fulgencio Batista.
He aquí algunas realidades que los cubanos no debemos olvidar, para saber de dónde venimos, donde estamos,  hacia dónde vamos  y reafirmar nuestra decisión de que permanezcan en el pasado y no tengan ni presente ni futuro en nuestra Patria.
El 85 por ciento de los pequeños agricultores cubanos pagaba renta y vivía   amenazada del desalojo. Más de la mitad de las mejores tierras de producción cultivadas estaba en manos extranjeras.
.Doscientas mil familias campesinas  no tenían tierra donde sembrar y, en cambio, estaban sin cultivar, en manos de poderosos intereses, cerca 300 000 caballerías de tierras productivas.
. El 20% de los propietarios tenía menos del 1 % de las tierras. El 1 %, tenía el 46% de ese medio vital para la vida en el campo. En solo 13 latifundios norteamericanos asentados en la economía azucarera, se concentraba la impresionante cifra de 1 173 000 hectáreas, extensión  superior a la poseída por 101 278  fincas pequeñas, mientras que más de 100 000 campesinos trabajaban la tierra sin ser dueños de éstas, y sólo el 30 por ciento de quienes trabajaban el agro eran propietarios. En 894 personas  se monopolizaba  la tercera parte del área dedicada a la agricultura.
. Unos 33 000 agricultores eran aparceros, es decir, trabajaban una parcela sin ser dueños y tenían que pagar a sus propietarios, mientras que 13 000 eran precaristas, quienes se asentaban en tierras del Estado, sin proceder legal alguno. Otros 46 000 trabajaban como arrendatarios y 6 987 como subarrendatarios.
. En nuestros campos, antes de 1959, más de 200 mil familias vivían en bohíos miserables, sólo el 9 % disfrutaba del servicio eléctrico, 96 de cada 100 familias no consumía carne habitualmente, menos del 1 % comía pescado, apenas el 2 % tenía el huevo en su alimentación y  un  89 % no contaba con un decisivo recurso dietético como lo es la leche.
. Datos ofrecidos por una encuesta de una organización juvenil católica, en 1957, afirman que una familia campesina cubana, como promedio, tenía un ingreso de 46 pesos al mes para los gastos de alimentación, ropa, medicinas y transporte,  contabilizado el valor de los alimentos que ella misma producía.
Había en Cuba 200 000 bohíos y chozas; 400 000 familias del campo y de la ciudad vivían hacinadas en barracones, cuarterías y solares sin las más elementales condiciones de higiene y salud.
. Unas 2 200 000 personas de la  población urbana pagaban  alquileres que absorbían entre un quinto y un tercio de sus ingresos; y  2 800 000 de nuestra población rural y suburbana carecían de luz eléctrica.
. En  1953, cifras ofrecidas por el Censo Nacional, sólo  el 13% de las viviendas estaban conceptuadas como buenas; el 20% fueron catalogadas como aceptables, mientras que la categoría de regular abarcó al 21%; las clasificadas como malas llegaron al 32%,  y el resto, casi un 15% fueron declaradas en estado ruinoso.
. Había  600 000 cubanos sin empleo a quienes se unían los 500 000 mil obreros del campo que solo trabajaban tres o cuatro meses al año, pasando el resto sin tener donde ganar su sustento.
. A la falta de empleo se unían los bajos salarios, los sistemas arbitrarios de pago en muchos casos basados en papeles que sustituían al dinero, al tiempo que la discriminación racial y de sexo marginaban y perjudicaban a cientos de miles de cubanos.
. Cada  año llegaban a la edad del empleo unos 100 000 jóvenes, para los cuales no existían fuentes de trabajo. Así, en 1958, último año de la tiranía en el poder, más de 700 000 cubanos, una tercera parte de la población laboral, más del 45 por ciento en las zonas rurales,  no tenía empleo permanente.
. La mujer era particularmente discriminada. En 1958, por ejemplo, solo estaban empleadas 194 000 de ellas, el 70 por ciento en labores domésticas.  Cien mil mujeres tenían que ejercer  la prostitución como medio de subsistencia.
.Antes del triunfo de la Revolución, sólo 37 900 trabajadores incrementaban la cifra de empleados cada año; en los primeros 17 años posteriores a 1958, el promedio fue de 82 300. En la primera década de la Revolución, casi un millón de cubanos encontró nuevos empleos.
. En 1953  el 23,6 % de la población mayor de 10 años era analfabeta, mientras que sólo el 55,6% de los niños entre  seis y 14 años estaban matriculados en las escuelas, aunque muchos se veían obligados a abandonarla para incorporarse al trabajo como medio de subsistencia.
. Un millón y medio de habitantes mayores de seis años no tenían ningún grado escolar aprobado, al tiempo que la matrícula sólo registraba el 52 % de los niños de siete años, el 43,7 de ocho y el 36,6 de los de nueve.
. Entre los 15 y 19 años, en la flor de su juventud, sólo el 17% de los cubanos recibía algún tipo de educación, mientras que el grado cultural promedio de los mayores de 15 años no llegaba al tercero.
. En el país existían sólo 53 464 graduados universitarios, entre ellos 37 292 en la capital del país, con una población analfabeta de seis a nueve años que llegaba a 44,5 % en La Habana, al tiempo que en Oriente alcanzaba un 81,2 %, llegando a un 89% en las zonas rurales.
. En 1958, los datos eran desgarradores. Un millón de analfabetos absolutos, más de un millón de semi analfabetos, 600 000 niños sin escuelas mientras que 10 000 maestros estaban sin trabajo.
. El presupuesto asignado a la salud  era realmente una vergüenza. Unos 25 millones de pesos, de los cuales políticos y funcionarios corrompidos se robaban gran parte. La mayoría de los recursos se concentraban en la capital, cuya población representando el 22% del total del país, contaba con el 61 por ciento de las camas.
. En la zona oriental la situación era más trágica. La Región Oriente Sur de Salud Pública, que abarcaba las actuales provincias de Granma, Santiago de Cuba y Guantánamo, tenía un presupuesto de sólo 1 300 000 pesos. Hoy Santiago de Cuba sobrepasa los 400 000 000.
. La mortalidad infantil cubana superaba la tasa de 60 por cada mil nacidos vivos, aún cuando muchos niños no eran  registrados en su nacimiento por residir en lugares rurales donde la asistencia médica no llegó nunca durante la etapa pre revolucionaria.
. Miles de niños y adultos morían cada año  de enfermedades curables. Por la poliomielitis fallecían anualmente o quedaban inválidas unas 300 personas; el paludismo atacaba a unas 3 000; de la difteria eran presa unos 600 niños, mientras que la gastroenteritis causaba estragos en la propia ciudad de Santiago de Cuba. Incluso en 1957, se conoce el doloroso episodio del Valle de Mayarí Arriba, zona rural donde ese año murió el 80 por ciento de los niños menores de un año, como consecuencia de esa enfermedad.
. En el propio año 1953, una epidemia de gastroenteritis mataba dos niños cada día en Santiago de Cuba. Las autoridades achacaron la enfermedad a la mala calidad del agua y los alimentos, pidieron apoyo al país, y como respuesta recibieron unas pocas camas y cuatro cajas de medicamentos, lo que ni siquiera contribuyó a aliviar el mal.
La tuberculosis, el tétanos y otras enfermedades infecciosas, sembraban  la muerte en muchos hogares cubanos, principalmente los pobres.
. La salud era un negocio privado. Y la medicina, una mercancía. El 70 % del mercado de medicamentos estaba en manos de empresas norteamericanas y la población tenía que adquirirlos a  precios que multiplicaban su costo. El servicio médico rural no existía.
. El país contaba con solo unos 6 000 médicos, la mayoría en la capital cubana y otras grandes ciudades, mientras que gran parte de ellos ejercía la medicina privada. Las 131 casas de socorro existentes en el país, eran realmente una grotesca caricatura de atención sanitaria, y una gran mayoría de quienes recibían asistencia médica, se quedaban con las recetas en los bolsillos, al no poder comprarlas por falta de recursos. La atención estomatológica era ínfima. Una intervención quirúrgica era un lujo que pocos podían satisfacer. La expectativa de vida de la población andaba por debajo de los 60 años.
. Más del 94% de los establecimientos industriales tenían menos de cien empleados, mientras que más del 50% de los trabajadores de esa rama pertenecían al sector azucarero.
.Las industrias productoras de materias primas y recursos básicos, representaban sólo el 0,1% de las inversiones al margen de la industria azucarera, en su mayoría, en manos  extranjeras.
 Para enfrentar esa situación, Batistas y su pandilla de asesinos y ladrones dejaron en las arcas del Estado solo 70 millones de pesos, llevándose más de 400. Y algo adicional, una deuda externa de más de 700 millones. La economía cubana estaba en manos de monopolios extranjeros, principalmente de los Estados Unidos.
Ese era el “país próspero” que “disfrutábamos” los cubanos. Y esos son los “derechos humanos” y la “democracia” que sueñan nuestros enemigos devolvernos.
Fue esa la situación que inspiró a los moncadistas al combate. Todos esos males, fueron denunciados en el Programa del Moncada, que  inspiró las nuevas luchas, se fortaleció en el exilio, viajó en el Granma, escaló las montañas, fecundó los llanos, se tradujo en guerra revolucionaria y en victoria de pueblo.
Toda esa dramática situación la cambió la Revolución. Por eso nuestros enemigos están empeñados en destruirla. Los cambios que quieren para nosotros son, precisamente, el regreso al capitalismo brutal. Pero aquí seguimos, manteniendo en alto las banderas legadas por Fidel y enaltecidas y defendidas por un pueblo heroico, un pueblo que es, sin dudas, la obra más grandiosa de nuestro eterno Comandante en Jefe.

La otra cara del tirano Fulgencio Batista



                               


 . Orlando Guevara Núñez

A Fulgencio Batista Zaldívar lo conocemos los cubanos como el hombre que, a raíz del golpe militar del 4 de septiembre de 1933, comenzó una larga carrera de crímenes, de traiciones, de servidumbre a los Estados Unidos y de opresión contra el pueblo cubano.
Conocemos al presidente corrupto que durante su primer mandato robó al tesoro público unos 40  millones de pesos.
Lo recordamos como autor del artero golpe de estado del 10 de marzo de 1952, instaurando, desde esa fecha, la sangrienta tiranía que costó al pueblo cubano 20  000 muertos.
Sabemos también que al huir del país junto a sus principales secuaces, en el amanecer del 1ro. de enero de 1959, saqueó las reservas monetarias estatales, llevándose más de 400 millones de dólares.
Pero hay otra faceta poco divulgada y conocida sobre este funesto personaje que ahora algunos contrarrevolucionarios, en Estados Unidos, tratan de reivindicar y convertir en héroe de la libertad y la democracia en Cuba. Se trata del  Fulgencio Batista empresario capitalista, empeño en el que utilizaría las mismas artimañas que en la política.
En un texto que merece ser más divulgado, Los propietarios de Cuba 1958, el autor Guillermo Jiménez Soler describe con sólidos argumentos y datos que los respaldan, a las 551 figuras más influyentes y poderosas de la oligarquía en Cuba en la fecha citada.
Entre esas figuras se encuentra Fulgencio Batista Zaldívar. Una síntesis es elocuente. Propietario de nueve centrales azucareros (dueño total de tres), de un banco, tres aerolíneas, una papelera, una entidad contratista y otra transportista por carretera; una productora de gas, dos moteles, varias emisoras de radio, una televisora, periódicos, revistas, una fábrica de materiales de la construcción, una naviera, un centro turístico, varios inmuebles urbanos y rurales, varias colonias y firmas norteamericanas.
En los tres centrales azucareros (Washington, en Manacas; Constancia, en Abreu, y Andorra, en Artemisa) incluyendo refinerías, destilerías y una fábrica de levadura y siropes, se agrupaban 740 caballerías cultivadas de caña y 8 835 trabajadores. Bajo su propiedad estaba también la Compañía Agrícola Punta Felipe S.A. productora de más de 18 mil toneladas de caña.
En el Banco Hispano Cubano, la esposa del tirano controlaba alrededor del 80 por ciento de las acciones, con depósito de ocho millones de pesos.
Los bienes inmuebles eran un lucrativo negocio, codiciado por el tirano. La Compañía Inmobiliaria Marimuca, la de Inversiones Dofinca S.A., la Inmobiliaria Adorsinda, la de Inversiones y Desarrollo de Baracoa, la de Fomento del Túnel de La Habana S.A. y la Sociedad Marimalena Realty Company. Otras compañías en sus manos eran las de Fomento Almendares S.A., la Urbanizadora Valvelano S.A., la Urbanizadora Crysa S.A. y varios terrenos en el norte del Vedado. Súmense las entidades inversiones Dalmen, Inmobiliaria Miramar, la Territorial San Vicente S.A., más otras propiedades de terrenos y edificios. De otras muchas era accionista.
Fulgencio Batista Zaldívar era propietario de la Compañía Ingeniera del Golfo S.A. y poseía grandes inversiones en otras contratistas, como las compañías Constructora del Litoral S.A. y la Mercantil del Puerto de La Habana.
La propiedad batistiana en la industria estaba también presente. Principal propietario de Servicios Metropolitanos de Gas y tercero en Industrias Siropex, y una fábrica de bloques ligeros de concreto, entre otras.
En el caso de los órganos de prensa, las artimañas batistianas eran más refinadas, pues su propiedad sobre éstos se enmascaraba bajo el mando de otros “dueños”.
La lista era larga. Periódico Alerta, Canal 12,S.A., Semanario Gente, periódico Pueblo, RHC Cadena Azul de Cuba, S.A., Radio Repórter S.A., Cadena Oriental de Radio, Circuito Nacional Cubano, Unión Radio y la Compañía de Inversiones Radiales S.A.
En el transporte, el sargento convertido en general y auto ascendido a Mayor General, era propietario único de Cuba Aeropostal, una línea aérea de carga, expreso y correo. Dueño secreto de la Compañía Interamericana de Transporte por Carretera S.A. y propietario de la Compañía de Transporte Millar. Entre sus propiedades figuraba la Compañía Naviera Isla del Tesoro, a la vez que propietario principal de la Compañía Cubana de Aviación S.A. Otras empresas eran objeto también de sus inversiones en el sector.
A la voracidad del “honorable señor presidente” no escapaba el turismo, con sus tentáculos extendidos sobre la Compañía Motel El Oasis S.A., Hoteles Isla del Tesoro S.A., Hotel y Motel El Colony, en la entonces Isla de Pinos, propietario principal de Playa del Golfo S.A., Compañía Hotelera Antillana y dueño de la Compañía Territorial Playa Francés, de la de Fomento y Turismo de Trinidad S.A., de la Gerona Beach Territorial S.A. y de la Compañía Urbanizadora Varadero S.A.
El texto citado cifra en unas 70 las empresas que integraban las propiedades las propiedades de Fulgencio Batista, para lo cual “disponía de una tupida telaraña de testaferros, intermediarios, cómplices, socios y abogados, dirigida por Andrés Domingo Morales del Castillo, su Ministro de la Presidencia y por Manuel Pérez Bonitoa, tío de su ex yerno político” (…).
A principios de 1957, su fortuna estaba calculada en unos 300 millones de pesos. En ese y el año siguiente, su último en el poder, el sangriento tirano hizo crecer su riqueza. Con mucha razón, el autor de Los propietarios de Cuba 1958 lo incluye en la lista de los 551 poderosos magnates en cuyas manos estaban los destinos del país.
Este libro, publicado por la Editorial Ciencias Sociales, de La Habana, en el año 2006, es aleccionador sobre la realidad cubana hasta finales de 1958, fecha en que la Revolución logró la victoria. Otra cara, no menos sucia que la otra, nos  ayuda a conocer mejor al sangriento dictador. Y a entender –también mejor-  el verdadero objetivo de los disparos del Moncada, hace  ya seis décadas.
 Contra ese tirano hubo que luchar durante siete cruentos años.  Ese fue del dictador derrotado en Cuba el 1ro. de enero de 1959, por el Ejército Rebelde encabezado por el Comandante en Jefe Fidel Castro.


                  

domingo, 1 de enero de 2017

El milagro



                                                          

 .Orlando Guevara Núñez
Todo fue asombro en la casa cuando el enorme San Lázaro apareció aquella mañana  plantado en medio de la sala. Y de verdad que era imponente la figura de casi un metro de alto, tallada en cedro pulimentado, representando a uno de los santos más populares de Cuba. Más popular y más temido, valga decirlo. No por gusto el  trago y la fuma  no le faltaban nunca al  viejo para mantenerlo contento y siempre presto a conceder las peticiones y los milagros que remediaran en algo la difícil situación.
  Pero no toda la familia estaba de acuerdo con la decisión de la vieja Margarita. Que el santo estuviera allá adentro, en un rincón -pensaban algunos- era pasadero. Pero eso de verlo allí, en medio de la sala, haciendo llamar la atención de todo el mundo, seguramente provocaría la risa de muchos en el barrio. Aunque a la devota le importaba muy poco que aquella figura, en el lugar donde estaba, le causara risa a alguien, porque estaba convencida de que esa iba a ser la solución de las desgracias que asolaban al hogar.
  Así, a quien le hiciera insinuaciones,  siempre contestaba que ella le pidió a San Lázaro le consiguiera trabajo para el viejo  y los muchachos y el santo se le apareció en un sueño y le dijo que estaba bien, que él resolvería ese asunto, pero antes ella tenía que sacarlo del rincón de piso de tierra en el cuarto, recostado a las yaguas que servían de pared, y llevarlo para la sala, donde todo el mundo pudiera verlo.
   Ahora la vieja estaba satisfecha porque había cumplido su compromiso y era de esperar que el santo cumpliera el suyo y le concediera el milagro. Por eso no le gustó que Mayito -el hijo menor- le dijera que si San Lázaro era tan poderoso,   por qué rayos él mismo no se curaba la lepra y por qué no caminaba derecho, sin ayuda del bastón y de los perros pulgosos y flacos que tenía.
Pero la discusión no duró mucho, porque Margarita dijo que Mayito era un hereje y que uno siempre debía creer en algo y que la incredulidad era la causa de todas las calamidades. Y volvió a decir que San Lázaro bajaría del cielo para ayudarla. Y cuando  Mayito iba a seguir diciendo cosas, un ¡sió, carajo! de la vieja acabó con las habladurías del muchacho. Y todos se quedaron muy serios y miraron con reproche al incrédulo cuando Margarita pronosticó que seguro ahora la desgracia iba a ser mayor, por estarse ofendiendo al santo. Y hasta Mayito dejó de reír y miró de reojo al  viejo, pero se calmó al notarlo igual y pensó que la única desgracia mayor podía ser morirse todos y si el santo existía y era bueno como decía la madre, no iba a hacerles esa “charraná”.
   El único que no había hablado era el viejo Ramón. Y era por estar entretenido moliendo el maíz para la harina del almuerzo. Su flaca y larga figura parecía danzar al compás de la manigueta y de vez en cuando tarareaba  muy bajito alguna canción, como si la manigueta fuera la de un órgano. En realidad, no tenía esperanzas de que el santo hiciera ningún milagro, ni le pudiera resolver el trabajo, pero no quería meterse en líos con las creencias religiosas, porque pensaba que la fe, por lo menos, ayudaba a encontrar consuelo y resignación. Y aunque todo fuera en vano, era mejor ver a la vieja así, esperanzada, que no amargada y llorando, como muchas veces ante la falta de comida o medicinas  para los muchachos.
   El hombre dejó de tararear para recordar los años que llevaban juntos él y Margarita. Y cómo, uno a uno, habían nacido y crecido los muchachos, pasando miles de trabajos y privaciones. Y pensó en las zafras de tres meses y los tiempos muertos de nueve. Hizo una pausa, se secó el sudor de la frente, se alisó los  blancos cabellos y recordó la imagen del santo, que parecía como sembrado en la sala. En su corazón de guajiro que sólo había conocido la miseria y el desamparo, no podían tener cabida las creencias sobre los milagros que nunca había visto. Porque si hubiera justicia divina -pensó- ese santo, en vez de aparecérsele a la vieja para cambiarle un milagro por la mudanza para la sala, se le habría aparecido al  dueño del central y de la colonia para exigirle que lo acostara en su cama, con su mujer, incluyendo a los perros y no bajarse de allí hasta que todos tuvieran trabajo y qué comer.
   Terminada la molienda del maíz, Ramón volvió a secarse el sudor y sin camisa salió para el patio, sentándose en un taburete tan recostado a la guásima, que ya parecía parte de ella. Y se puso a pensar en otras cosas, olvidando de momento al santo.
  Y le vino a la mente el Año Nuevo. La cosa no estaba para fiestas, pero ese día era de obligada reunión familiar y la casa resultaba siempre pequeña para el alboroto de los hijos, de los nietos y de algún que otro vecino, como era la costumbre, para felicitarse a las doce de la noche y desearse mutuamente un nuevo año feliz que nunca llegaba a serlo.
   ¿Pero y el Santo? ¿Insistiría Margarita en dejarlo allí también ese día? Ante la presencia de tanta gente y en medio de tanto ajetreo, ¿seguiría aferrada la vieja?
 Y llegó la noche en que se esperaba el Año Nuevo. Y en la boca del santo parecía existir una sonrisa y hasta aparentaba estar satisfecho, tal vez porque esa noche tenía más tabacos y ron que de costumbre.  A las doce, abrazos, felicitaciones, deseos de prosperidad.
 La fiesta sería hasta el amanecer. En el humilde hogar campesino había mucha bulla  que fue mayor cuando alguien llegó gritando algo inesperado: ¡Se fue Batista, coño! ¡Se jodió Batista!  Y todos salieron para el medio del batey. Todos menos San Lázaro, que seguía inconmovible, con sus llagas y sus perros, en medio de la sala.
 Luego pasaron los días. Comenzó la zafra  y no hubo más tiempo muerto. Y podían comerse otras cosas, además de la harina. Hasta que una mañana todos en la casa notaron con extrañeza que el santo no estaba en su lugar. Ramón miró a los muchachos y preguntó que quién carajo le había hecho eso a la vieja. Y Mayito se apresuró a  proclamar su inocencia. Pero más se sorprendieron cuando Margarita les dijo que no fueran pendencieros, que si no se apuraban iban a llegar tarde al trabajo y que el santo estaba en el cuarto, que ella misma lo había mudado y  ellos todos eran bobos o ciegos si no se habían dado cuenta de que el milagro estaba ya cumplido.
   Y ante el desconcierto de Ramón, la malicia de Mayito y el silencio de los otros muchachos, la vieja -  tabaco y trago de ron en las manos- se dirigió hacia el cuarto. “Gracias, viejo Lázaro, por haber inspirado a estos otros santos que andan por ahí repartiendo mochilas de milagros. ¡Qué ellos sean eternos como tú, mi viejo!