miércoles, 31 de julio de 2024

 

Juan Fajardo Vega:  nuestro último mambí

 

Orlando Guevara Núñez

 

 

El   2 de agosto de 1990 falleció el último mambí, es decir, el postrer sobreviviente de la Guerra de Independencia organizada por el Héroe Nacional cubano, José Martí, contra el poder colonial español e iniciada el 24 de febrero de 1895. Ese patriota, nombrado Juan Fajardo Vega, falleció cuando le faltaban 13 días para cumplir los 109 años de edad.

Así,  con su muerte, este combatiente legó a Santiago de Cuba otro jirón de historia, al ser esta región indómita el escenario del último suspiro de los hombres que en Cuba acudieron al llamado de nuestro Héroe Nacional para hacer la guerra que diera paso a la república con todos y para el bien de todos.

Había nacido el 15 de agosto de 1881, en un lugar cercano al poblado de Contramaestre, actual provincia de Santiago de Cuba, formando parte de una familia pobre, sustentada en las labores agrícolas.

A los 16 años de edad, Fajardo Vega se incorpora a las filas del Ejército Libertador Cubano, bajo las órdenes –y  como  ayudante de escolta- del general Saturnino Lora, uno de los protagonistas del Grito de Baire, nombre con el cual se identifica esa gesta, por el levantamiento escenificado en el poblado de igual nombre, a escasos kilómetros de Contramaestre.

Sus otros seis hermanos se fueron también a la manigua, a ganar con las armas la independencia cubana, y uno de ellos, Francisco, se sumó a las tropas del Lugarteniente General Antonio Maceo Grajales y junto a él protagonizó la Invasión de Oriente hacia Occidente, una de las hazañas militares más trascendentes de su época. “Eramos siete hermanos- afirmó Fajardo Vega- y ninguno se vendió a España, todos combatimos contra el colonialismo”.

Terminada esa guerra, no con la libertad de Cuba, sino con la intervención norteamericana en 1898, mediante la cual nuestro país pasó de colonia de España a neocolonia de los Estados Unidos, Fajardo Vega regresó a sus predios agrarios, donde aprendió el oficio de carpintero y adquirió conocimientos sobre mecánica de pailería.

Pese a las penurias económicas de la época, el luchador independentista rehusó cobrar pensión alguna por su participación en la guerra, al considerar que no había ido a ella por interés material, sino por la libertad de Cuba. Esta posición él mismo la definiría así: “Cada vez que la Patria ha estado en peligro, he dejado mis oficios y me he puesto al servicio de su defensa y cuando volvía la paz, de nuevo a mis oficios. ¡Nada de estar viviendo de la Patria!

Al iniciarse en 1956 la guerra revolucionaria dirigida por el Comandante en Jefe Fidel Castro, el bravo mambí- nombre despectivo que dieron los españoles a los soldados independentistas cubanos- convertido luego en símbolo del patriotismo y la insurrección- colaboró con el Movimiento Revolucionario 26 de Julio y ofreció su aporte en el arreglo de armas a los combatientes del Tercer Frente Oriental Dr. Mario Muñoz Monroy, dirigido por el Comandante Juan Almeida Bosque, que operaba en el territorio donde él vivía.

Por coincidencia histórica, Juan Fajardo Vega, el último mambí, vivió y murió en un lugar cercano al del inicio de esa guerra y a Pinos de Baire, donde en noviembre de 1868 tuvo lugar la primera carga al machete contra las fuerzas coloniales españolas, dirigida por el patriota dominicano-cubano Máximo Gómez Báez, quien ganaría combate tras combate el más alto grado militar en el Ejército de Liberación Cubano. El Generalísimo, como se conoce en nuestra historia, estrenó de esa forma una nueva forma de combate, con el machete, que pasó de instrumento de trabajo a una de las armas más temidas por los soldados y oficiales españoles.

En  territorios cercanos cayeron Carlos Manuel de Céspedes, máximo jefe de la guerra independentista cubana de 1868 y José Martí, con igual rango en la de 1895. Céspedes, en San Lorenzo, Sierra Maestra, el 27 de febrero de 1874; Martí, en Dos Ríos, el 19 de mayo de 1895.

En su pródiga vida, el último mambí tuvo 21 hijos, 83 nietos y 127 biznietos.

Al fallecer, el cadáver de Fajardo Vega recibió honores del pueblo en el poblado de Baire, luego en la ciudad de Santiago de Cuba y  fue trasladado a la capital de país, La Habana, donde mereció igual tributo. La última guardia de honor, en la sede del Ministerio de las Fuerzas Armadas Revolucionarias, estuvo a cargo del General de Ejército Raúl Castro Ruz. En sus palabras de despedida en Santiago, el compañero Esteban Lazo Hernández, entonces primer secretario del Partido Comunista de Cuba en la provincia, expresó que este mambí “Resume en estos momentos toda la gloria de la epopeya mambisa y nos entrega la bandera y el ejemplo de la generación de Antonio Maceo y de José Martí y de tantos héroes públicos y anónimos que se multiplican hoy en millones de cubanos”.

Finalmente, el soldado independentista fue sepultado en El Cacahual, lugar donde reposan los restos de Antonio Maceo Grajales y de su ayudante, el capitán Francisco Gómez Toro (Panchito) hijo de Máximo Gómez, caídos en combate el 7 de diciembre de 1896, contra las tropas españolas. En esa ceremonia estuvo presente el Comandante en Jefe Fidel Castro y la despedida de duelo fue hecha por Raúl Castro.

Su lecho eterno fue ubicado entre las tumbas del coronel Juan Delgado, oficial mambí que rescató los cadáveres de Antonio Maceo y de Panchito el día de la caída de ambos, y la del líder comunista Blas Roca Calderío, bajo la sombra de los laureles, símbolos de la victoria.

A Juan Fajardo Vega, los cubanos lo recordamos no sólo como combatiente mambí, sino también como un patriota de todos los tiempos, cuyo legado forma parte de las tradiciones independentistas y libertarias que anteponemos a los sueños del imperio norteamericano de destruir la obra revolucionaria e instaurar de nuevo en el país un sistema de explotación que a nuestra tierra no podrá jamás volver.

 

viernes, 26 de julio de 2024

 

Raúl Castro, víspera, durante y después del combate del  Moncada

 Orlando Guevara Núñez

Siempre que se aproxima la fecha gloriosa del 26 de Julio, su evocación, inevitablemente, nos conduce al recuento. A veces, nos ocupa la parte épica del hecho; otras, los frutos de la simiente ese día sembrada.

A veces, los héroes caídos; otras, los  que sobrevivieron. Muchos hechos son bastante conocidos; otros, aunque publicados, se conocen menos, sobre todo por la modestia de sus protagonistas.

En ocasión del aniversario 62 de la Mañana de la Santa Ana, comparto con los lectores de Sierra Maestra los recuerdos la vïspera, en el momento y después del combate, del hoy Primer Secretario del Comité Central del Partido y Presidente de los Consejos de Estado y de Ministros, General de Ejército Raúl Castro Ruz.

Al cumplirse el primer año del asalto, desde el presidio de la entonces Isla de Pinos, Raùl escribió sus recuerdos sobre los días 24, 25 y 26 de julio de 1953. La sola lectura de esas notas es una lección de patriotismo, firmeza y entrega total a una causa. Juzgue el lector.

El dramatismo de la víspera, los días 24 y 25, es impresionante. Los contactos con Pedro Miret Prieto y José Luis Tasende de las Muñecas, su jefe inmediato. “Ya no me quedaba lugar a dudas: la “hora cero”, como solíamos decir, se acerca rápidamente”.

La última llamada telefónica de Tasende, a las 8 de la noche -24 de julio-“Señalándome que me reuniera con él en el punto “L” (casa de Léster Rodríguez, cerca de la Universidad), dirigiéndome inmediatamente al punto indicado donde, con Tasende, recogí el último cargamento de armas, dirigiéndonos a la estación de ferrocarril, tomando el tren central rumbo a Oriente. Miret, Crespo y Léster se habían ido por otra vía. En la estación de ferrocarril nos reunimos con dieciséis compañeros más, todos subordinados al compañero Tasende”.

La tensión del viaje. “ Nada dormimos en el viaje, el alba de aquel sábado caluroso se presentaba con esa tranquilidad que precede a los grandes acontecimientos (En realidad era un amanecer como otro cualquiera, pero a mí se me ocurrió pensar que ese era diferente) “En el coche comedor, donde los componentes del grupo íbamos a almorzar individualmente como si no nos conociéramos, con la excepción de Tasende y yo que llegamos juntos a tomar el tren y por lo tanto fuimos a comer algo también juntos, allí él me informó del objetivo…

La noticia, conocida sobre rieles, tuvo una lógica reacción en el joven Raúl, narrada por él con toda naturalidad.

“Se me paraliza el estómago y desaparece el apetito, yo conocía la magnitud y fortaleza de ese objetivo por haber estudiado en Santiago de Cuba durante varios años. Tasende riéndose me decía ´come, Raulito, que mañana no vas a tener tiempo´ yo seguía tomando solamente pequeños sorbos de cerveza. Durante el viaje todo lo miraba con esa avidez que despierta el sentimiento de la última vez. Me alegraba infinitamente volver a ver esos lugares conocidos por mí, y sobre todo, que el teatro de los acontecimientos sería Oriente, mi tierra natal”.

La llegada a Santiago de Cuba a media tarde, el recibimiento hecho por Abel Santamaría y Renato Guitart, el hospedaje en el hotel Perla de Cuba, la fugaz estancia en esta instalación… “Allí nos repartimos en unos cuartuchos del primer piso, y mientras unos esperaban con paciencia su turno para asearse un poco, aprovechando el único lavabo que había en el piso, otros nos echábamos en las camas para descansar un rato.

“Alrededor de las siete de la noche fuimos para el restaurante del hotel donde el diligente Abel Santamaría había ordenado preparar un suculento arroz con pollo, allí, entre tragos, risas y música, celebraban los carnavales algunos santiagueros”.

Su recuerdo sobre los demás compañeros:”Rostros alegres, serenos, decididos, que nada tenía que ver con el Carnaval”. Al terminar la comida, para las habitaciones a esperar que los recogieran.

En espera del combate. “Cada pequeño cuarto tenía solo una cama y en la que a mí me tocó me recosté con ropa y zapatos y con ambas manos detrás de la cabeza, los ojos fijos en el alto techo del viejo hotel y la cabeza llena de pensamientos esperaba que transcurrieran los minutos más lentos de mi vida”.

En medio del dramatismo de la espera, el episodio del español y la prostituta, escuchado desde su habitación… a las palabras de amor le siguieron las de inconformidad del hombre por el alto precio del servicio.

En su evocación, una nota triste: “De los 18 que formábamos ese grupo, al frente de los cuales venía el compañero Tasende, creo que solo tres regresamos con vida”.

En el umbral de la hora cero. “A medida que pasaban las primeras horas de la noche seguía desarrollándose con creciente intensidad el carnaval santiaguero. Con ritmo frenético sonaban los cueros de los tambores cuando, próxima ya la medianoche, se apareció un compañero enlace de nuestro improvisado cuartel general, situado en la carretera entre Santiago y Siboney; Fidel nos mandaba a buscar. Minutos después nos encontramos con él y el resto de los compañeros, estaba tocando a su fin el sábado 25 de julio y dentro de pocos minutos comenzaría un nuevo día, el domingo 26 de julio de 1953”. Hasta que comenzó el combate.

En junio de 1963, el propio Raúl, en documento publicado por la revista Bohemia, donde aparecen estos recuerdos, afirmaría: “El resto de la historia ya todos la conocemos, breves horas después dejaron de hablar los tambores al ser silenciados por el idioma de los primeros disparos con los que se iniciaba una nueva etapa en el proceso de luchas de nuestro pueblo”. “Dejó de correr la bebida para dar paso a la sangre inquieta de los primeros jóvenes que caían frente a los muros imponentes del Moncada. Con aquella primera sangre vertida, se dejaría iniciado el método correcto y fundamental de lucha de nuestro pueblo para destruir el andamiaje, en forma definitiva, del sistema económico, político y social existente en nuestro país”.

¡Qué lejos estábamos todos de imaginarnos, en aquellos instantes, que durante ese amanecer del 26 de julio, se había iniciado el comienzo del fin del capitalismo en Cuba!... Así lo afirmó Raúl en esa ocasión.

Raúl durante el ataque. Nos valemos de las notas de la escritora y periodista Katiuska Blanco, aparecidas en el libro Fidel Castro Ruz, guerrillero del tiempo, reproducidas por el Boletín Revolución, de la Oficina de Asuntos Históricos del Consejo de Estado, con motivo del aniversario 60 del 26 de julio de 1953.

Una verdad histórica es que Raúl fue al Moncada como soldado, no como jefe. Su acción la desarrolló en el Palacio de Justicia, con Léster Rodríguez Pérez como el jefe de un grupo integrado por seis combatientes.

Al llegar al lugar asignado, Raúl es el primero en bajarse del auto y encañonar a un cabo armado de una pistola. Desarmó al cabo. Se encuentra con un sereno desarmado y le pregunta si había allí más guardias. Este le contesta afirmativamente y le indica donde están. Derriba la puerta de una patada, les quitó a los guardias los revólveres y los fusiles y los dejó encerrados.

Luego subió a la azotea, desde combatió, dirigiendo los disparos hacia el Moncada. Desde su posición, rehusó disparar contra un militar que estaba de espaldas, aunque éste, poco después, disparaba contra él. En esa posición, junto a los demás compañeros, permaneció hasta que se inició la retirada. “Vayan bajando ustedes, yo me quedo” les dijo a los demás. Su descenso lo hizo por un elevador.

La escritora precisa que al llegar al lobby, seis guardias armados con metralletas Thompson y otros fusiles encañonaban a Léster y a los demás jóvenes asaltantes. Raúl desarmó al jefe de los guardias y les ordenó tirarse al suelo, lo cual obedecieron, mientras los asaltantes los desarmaban. Los militares fueron conducidos y encerrados junto a los anteriores.

En esos momentos Raúl, no por designación, sino por su actitud y acción, entre enemigos y balas, se había convertido en jefe del pequeño grupo, que disciplinadamente acataba sus órdenes. Indicó la retirada. Luego, el grupo se dispersó para facilitar evadir a los esbirros de la tiranía.

Además de Raúl y Léster, integraron el grupo de asaltantes al Palacio de Justicia Mario Darmau de la Cruz, Abelardo García Ylls, José Ramón Martínez Álvarez y Ángel Sánchez Pérez.

Después del asalto. Es conocido que Raúl fue hecho prisionero en las cercanías de San Luis, tratando de llegar a su casa en Birán, y conducido al Vivac de Santiago de Cuba, donde reveló su identidad y su participación en el Moncada. En ese momento, creyendo muerto a Fidel, asumió la responsabilidad directiva del ataque.

Vendrían luego los días del juicio. También aleccionadores momentos, recogido en el libro El juicio del Moncada, de la periodista y escritora Marta Rojas.

Las declaraciones de Raúl fueron claras y precisas. Ante la pregunta del fiscal sobre cuándo lo había embullado su hermano Fidel para participar en la revolución que preparaba, respondió con convicción:   “Si hubiera sido porque mi hermano Fidel me embullara, no hubiera venido, porque nunca lo hizo. Yo vine a Santiago por resolución propia. Tuve que andar muy ligero para que se me permitiera tomar las armas para ver si cambiamos este sistema”.

En realidad, Raúl necesitó de la defensa de José Luis Tasende para sumarse a la acción del Moncada. Fidel quería estar seguro de que él lo hiciera por convicción y no por el solo hecho de seguir a su hermano. Pero ya Raúl había alcanzado dimensiones políticas y revolucionarias propias.

Así lo demuestra otra respuesta al fiscal durante el juicio, sobre a cuál sistema se había referido y el programa de darles la tierra a los campesinos.

“Había que destruir este gobierno, primero, para después adecentar al país y hacerlo progresar como es debido; cuando declaré en el vivac, me referí a la reforma agraria como uno de los postulados de esta Revolución, pero no es como usted dice dar tierra a los campesinos, es algo más que eso, es darle la tierra y hacerla producir; el sistema este es malo desde que empezó la República; Cuba está llena de analfabetos, se cometen injusticias, se le roba el dinero al pueblo. Había que derrocar al régimen para iniciar la Revolución, ya Fidel lo dijo en su primera comparecencia en el juicio, Revolución es la que querían Martí y Maceo, la de nuestros mambises… Pero no trajeron más a Fidel, parece que le temen, temen que lo que él predica prenda en el pueblo, porque prendería si así pudiese comunicarse con el pueblo; el pueblo siente esas cosas, pero no le han dado la oportunidad de que lo exprese”.

Ante la pregunta de si disparó durante la acción, su respuesta salió tan veloz como las propias balas:

“¡Sí, disparé! Derribé a tiros la puerta de la azotea de este mismo Palacio de Justicia… esta fue la posición que me asignaron… como decía derribé a tiros la puerta y, sin embargo, cuando me hicieron la prueba de la parafina, dio negativa”.

Su declaración fue más allá del interrogatorio “¿Cómo no me pregunta qué hice con los hombres que detuve aquí en la Audiencia, desarmándolos a muchos de ellos? Tuve hasta que encerrar a algunos en un escaparate y cuando nos fuimos les abrí la puerta para que no se asfixiaran, porque no vinimos a matar soldados o adversarios, por gusto; nuestra misión era otra”.

Sobre ese juicio, conversé en una ocasión con el doctor Baudilio Castellanos. Indagué sobre un encuentro suyo con Raúl, estando prisionero, para preparar la defensa.

Así lo definió Baudilio: “Durante el mes de agosto, estando ya los asaltantes recluidos en la cárcel de Boniato, me dirigí a la misma, entrevistándome con el capitán Yáñez Pellecier, quien había sido enviado por el general Tabernilla como interventor de Boniato a nombre del ejército. Solicité entrevistarme con Fidel y se me respondió que estaba incomunicado, por lo que pedí ver a Raúl. Nos habilitaron una pequeña mesa y dos sillas, permaneciendo parado el sargento Ramos, lo que hacía enojosa y prácticamente imposible la entrevista a los fines de preparar la estrategia de la defensa.

“En vistas de que Ramos permanecía inmóvil, Raúl comenzó a explicar, ante mis requerimientos de que nos diera las orientaciones para preparar la defensa, que ellos habían venido y que habían fallado, pero la próxima vez vendrían y estaban seguros de que entonces saldrían triunfantes. Ante lo tenso del diálogo, el sargento Ramos optó por alejarse de nosotros y nos permitió hablar confidencialmente”.

“Raúl nos manifestó que la orientación para la defensa estaba clara: ellos confesarían su participación, denunciarían los crímenes cometidos contra sus compañeros y atacarían a la dictadura. Le expliqué a Raúl que había casos de encartados que habían participado como combatientes, que habían sido detenidos en La Habana y torturados y a la vez remitidos a Santiago y veía una posibilidad para ellos de lograr técnicamente su absolución. Raúl estuvo de acuerdo en determinados casos en que tratara de lograr su libertad para que de ese modo pudieran tener un grupo de compañeros en la calle que fueran útiles a las orientaciones de Fidel. Pero que en lo fundamental, la defensa debía de conducirse tal como él ya había dicho”.

El resto de esta historia de lucha y de combate de Raúl es más conocida. En el juicio fue condenado a 13 años de prisión y enviado, junto a un grupo de asaltantes, al mal llamado Presidio Modelo, de la otrora Isla de Pinos, hoy Isla de la Juventud.

Por presión popular, junto a Fidel y sus compañeros fue amnistiado el 15 de mayo de 1955. Al mes siguiente tuvo que marchar hacia el exilio en México, pues su vida peligraba en Cuba, donde había sido acusado de terrorista.

El 2 de diciembre de 1956, con el grado de Capitán y jefe del pelotón de retaguardia, desembarcó en el yate Granma, para reiniciar el combate armado y luchar por la sociedad que explicó durante el juicio del Moncada.

Después del revés de Alegría de Pío, tres días después del desembarco, evadió el cerco de la tiranía y se reunió con Fidel, el día 18, en Cinco Palmas para proseguir la guerra en la Sierra Maestra.

jueves, 25 de julio de 2024

 

 

José  Martí,  autor intelectual del MoncadA

.Orlando Guevara Núñez

 

A José Martí los cubanos, además de cómo Héroe Nacional, El Maestro o el Apóstol de nuestra independencia, lo conocemos como Autor Intelectual del asalto al Cuartel Moncada.

¿En cuáles circunstancia nació ese  último apelativo al hombre reconocido también como el más universal de los cubanos?

Fue durante una de las sesiones del juicio seguido a los asaltantes, en este caso al  entonces joven abogado y máximo jefe de la acción del 26 de julio de 1953, Fidel Castro. El escenario fue el Palacio de Justicia de Santiago de Cuba.

Es conocido que , como consecuencia del desconocimiento de la dictadura batistiana sobre el carácter del Movimiento revolucionario y las ideas que sustentaban  el proceder de los jóvenes asaltantes, en el juicio fueron involucrados decenas de políticos de la oposición que nada tenían que ver con las acciones de ese día en Santiago de Cuba y Bayamo.

Fidel, ante las disímiles preguntas, respondió categóricamente que ninguno de esos políticos presos, ni otros, tenían  participación alguna en el asalto, ni como miembros del Movimiento.

Fue en esas circunstancias que uno de esos  acusados, Ramiro Arango Alsina, quien en su condición de abogado ejercía su propia defensa, tratando de demostrar su inocencia, pregunto a Fidel:
- ¿Pertenezco yo a ese movimiento?

. No. Fue la respuesta categórica del máximo jefe de los asaltantes.

- Entonces no he sido autor intelectual de esta revolución?  La nueva pregunta provocó la definición histórica de Fidel sobre José Martí:

- Nadie debe preocuparse de que lo acusen de ser autor intelectual de la Revolución, porque el único autor intelectual del asalto al Moncada es José Martí, el Apóstol de nuestra independencia.

Un aplauso de los verdaderos asaltantes, suscribió las palabras de Fidel.

Y no era esta una afirmación alejada de la realidad, pues en el  manifiesto que sería dirigido por la radio al pueblo si se lograba la toma del  Moncada, se puntualizaba que  “La revolución declara que reconoce y se orienta en los ideales de Martí, contenidos en sus discursos, en las Bases del Partido Revolucionario Cubano y en el Manifiesto de Montecristi (…)

Luego, en su alegato La historia me absolverá,  ante el tribunal que lo juzgaba, Fidel  expondría con mayor amplitud sus concepciones martianas y la correspondencia del programa revolucionario con ese pensamiento.