martes, 25 de agosto de 2026

 

Razones para un Moncada:

El problema de la salud del pueblo

 

.Orlando Guevara Núñez

El abandono sanitario del pueblo cubano, con particular ensañamiento en los campos, fue una de las razones expuestas por el joven revolucionario Fidel Castro ante el tribunal que los juzgaba por los hechos del 26 de julio de 1953, para justificar la rebelión contra la dictadura impuesta al país el 10 de marzo de 1952, mediante un golpe de estado.

Su denuncia fue contundente. “La sociedad se conmueve ante la noticia del secuestro o el asesinato de una criatura, pero permanece criminalmente indiferente ante el asesinato en masa que se comete con tantos miles y miles de niños que mueren todos los años por falta de recursos, agonizando entre los estertores del dolor y cuyos ojos inocentes, ya en ellos el brillo de la muerte, parecen mirar hacia lo infinito como pidiendo perdón para el egoísmo humano y que no caiga sobre los hombres la maldición de Dios (…) El acceso a los hospitales del Estado, siempre repletos, sólo es posible mediante la recomendación de un magnate político que le exigirá al desdichado su voto y el de toda su familia para que Cuba siga siendo igual, o peor”.

El presupuesto asignado a la salud  era realmente una vergüenza. Unos 25 millones de pesos, de los cuales políticos y funcionarios corrompidos se robaban gran parte, era lo que el gobierno destinaba a la salud del pueblo. La mayoría de esos recursos se concentraban en la capital, cuya población representando el 22 por ciento del total del país, contaba con el 61 por ciento de las camas.

En la zona oriental la situación era más trágica. La Región Oriente Sur de Salud Pública, que abarcaba las actuales provincias de Granma, Santiago de Cuba y Guantánamo, contaba con un presupuesto de sólo 1 300 000 pesos. Hoy sólo Santiago de Cuba sobrepasa  con creces esa cifra.

La mortalidad infantil cubana superaba la tasa de 60 por cada mil nacidos vivos, aún cuando muchos niños no eran siquiera registrados en su nacimiento por residir en lugares rurales donde la asistencia médica no llegó nunca durante la etapa pre revolucionaria.

Miles de niños y adultos morían cada año víctimas de enfermedades curables. Por la poliomielitis fallecían anualmente o quedaban inválidas unas 300 personas; el paludismo atacaba a unas 3 000; de la difteria eran presa unos 600 niños, mientras que la gastroenteritis causaba estragos en la propia ciudad de Santiago de Cuba. Incluso en 1957, se conoce el doloroso episodio del Valle de Mayarí Arriba, zona rural donde ese año murió el 80 por ciento de los niños menores de un año, como consecuencia de esa enfermedad.

En el propio año 1953, una epidemia de gastroenteritis mataba dos niños cada día en Santiago de Cuba. Las autoridades achacaron la enfermedad a la mala calidad del agua y los alimentos, pidieron apoyo al país, y como respuesta recibieron unas pocas camas y cuatro cajas de medicamentos, lo que ni siquiera contribuyó a aliviar el mal.

La tuberculosis, el tétanos y otras enfermedades infecciosas, sembraban también la muerte en muchos hogares cubanos, principalmente los pobres.

Ese derecho humano, el de la vida, estaba garantizado sólo para unos pocos que podían pagarlo. El hambre, la desnutrición y falta de trabajo preventivo, agravaban la situación.

La salud era un negocio privado. Y la medicina, una mercancía. El 70 por ciento del mercado de medicamentos estaba en manos de empresas norteamericanas y la población tenía que adquirirlos mediante precios que multiplicaban su costo. El servicio médico rural no existía. El país contaba con unos 6 000 médicos, la mayoría en la capital cubana y otras grandes ciudades, mientras que gran parte de ellos ejercía la medicina privada. Las 131 casas de socorro existentes en el país, eran realmente una grotesca caricatura de atención sanitaria, y una gran mayoría de quienes recibían asistencia médica, se quedaban con las recetas en los bolsillos, al no poder comprarlas por falta de recursos. La atención estomatológica era ínfima. Una intervención quirúrgica era un lujo que pocos podían satisfacer. Eso explica que, en esa época, la expectativa de vida de la población anduviera por los 55 años.

La Salud del pueblo, en correspondencia con el Programa del Moncada, fue una de las principales transformaciones encaradas por la Revolución desde sus primeros pasos, enfrentando no sólo las pésimas condiciones existentes, sino las impuestas por la contrarrevolución y los gobiernos norteamericanos.

De los 6 000  médicos existentes, unos 3 000 abandonaron el país; pero Cuba ha formado, en estos años de Revolución,  para sí y otros países, más de 100 000 médicos y una diversidad grande de profesionales que garantizan la atención gratis y cada vez de mayor calidad a toda la población, sin excepción de ningún tipo.

La medicina privada fue erradicada, así como la comercialización privada de los medicamentos. El sistema de salud cubano eliminó el vergonzoso status que convertía al paciente en un cliente y a la medicina en una mercancía.

El Estado cubano invierte hoy en la salud una cifra que no resiste comparación con la de esos años de antes de 1959.

En los más apartados parajes de nuestra geografía, existen los Consultorios del Médico y la Enfermera de la Familia, que abarcan a toda la población.

Desde 1962 comenzó una campaña de vacunación para toda la población infantil. Y enfermedades como la poliomielitis, el paludismo, la difteria, gastroenteritis y otras infecciosas que causaban miles de muertes, fueron erradicadas desde los primeros años. Hoy, el programa de vacunación protege a la población infantil contra 13 enfermedades.

La mortalidad infantil tuvo en Cuba una tasa inferior a 5 por cada mil nacidos vivos, (antes de la pandemia) con resultados grandes también en las tasas de mortalidad preescolar, escolar y materna, mientras que la expectativa de vida ronda los  78 años.

Una red de hospitales, Consultorios del Médico y la Enfermera de la Familia, Policlínicos, Hogares Maternos y de Ancianos, Centros Especializados y de Investigación, sostienen un sistema que cuenta con  Universidades Médicas en 13  provincias,  de donde cada año egresan miles de profesionales en las carreras de medicina, enfermería, estomatología, y psicología y tecnología de la salud.

Cuba, además, comparte su obra de la salud con decenas de pueblos, principalmente los más pobres, tanto con el envío de personal calificado que ha atendido a millones de personas y salvado millones de vidas, como  la formación gratuita de profesionales en nuestro país.

El equipamiento tecnológico más moderno, a un alto costo en divisas, es adquirido para nuestras instituciones de asistencia, docencia e investigaciones, todo en aras de la salud del pueblo.

El sistema cubano de salud, prioriza el nivel primario de atención, la prevención, la educación de la población, la búsqueda para la detección precoz de las enfermedades y su tratamiento oportuno, al tiempo que alerta sobre los malos hábitos de alimentación y otros que conspiran contra la salud.

Cuba se encuentra entre los primeros países del mundo donde la población vive más años después de haber cumplido los 60 de edad.

En Santiago de Cuba, escenario del combate del 26 de Julio, lugar donde Fidel Castro, el 16 de octubre de 1953 proclamó su alegato La historia me absolverá.

No hay país del mundo con más médicos por habitantes que Cuba. Pero no es sólo la cantidad, sino que todos, sin excepción, están al servicio del pueblo. La crítica situación de la salud, inspiró el combate del Moncada; ahora la salud en Cuba es una muestra de  que los sueños de ayer, son la realidad conquistada durante más de  medio siglo de lucha.

lunes, 24 de agosto de 2026

 

Razones para un Moncada:

 

El problema de la educación

 

 

.Orlando Guevara Núñez

 

El drama de la educación era uno de los más agudos que sufría el pueblo de Cuba en la etapa pre revolucionaria cubana. En su alegato La historia me absolverá, Fidel Castro resumió esa situación de la forma siguiente:

“Nuestro sistema de enseñanza se complementa perfectamente con todo lo anterior. ¿En un campo donde el campesino no es dueño de la tierra, para qué se quieren escuelas agrícolas? ¿En una ciudad  donde no hay industrias, para qué se quieren escuelas técnicas e industriales? Todo está dentro  de la misma lógica absurda: no hay ni una cosa ni otra. En cualquier pequeño país de Europa existen más de doscientas Escuelas Técnicas y de Artes Industriales; en Cuba no pasan de seis y los muchachos salen con sus títulos sin tener donde emplearse. A las escuelitas públicas del campo asisten descalzos, semidesnudos y desnutridos, menos de la mitad de los niños de edad escolar y muchas veces es el maestro quien tiene que adquirir con su propio sueldo el material necesario. ¿Es así como puede crearse una patria grande?”.

Esa situación, llevada a cifras, era realmente impresionante.

En 1953, fecha del asalto a los cuarteles Moncada, en Santiago de Cuba, y Carlos Manuel de Céspedes, en Bayamo, el 23,6 por ciento  de la población mayor de 10 años era analfabeta, mientras que sólo el 55,6 por ciento de los niños entre  seis y 14 años estaban matriculados en las escuelas, aunque muchos se veían obligados a abandonarlas  para incorporarse al trabajo como medio de subsistencia.

Un millón y medio de habitantes mayores de seis años no tenían ningún grado escolar aprobado, al tiempo que la matrícula sólo registraba el 52  por ciento de los niños de siete años, el 43,7 por ciento  de los de  ocho y el 36,6  por ciento de los de nueve.

Entre los 15 y 19 años, en la flor de su juventud, sólo el 17 por ciento de los cubanos recibía algún tipo de educación, mientras que el grado cultural promedio de los mayores de 15 años no llegaba al tercero.

En el país existían sólo 53 464 graduados universitarios, entre ellos 37 292 en la capital del país, con una población analfabeta de seis a nueve años que llegaba a 44,5  por ciento en La Habana, al tiempo que en Oriente alcanzaba un 81,2 por ciento, llegando a un 89 por ciento en las zonas rurales.

La situación denunciada por Fidel durante el juicio, ante un Tribunal obligado a condenarlo y un grupo de soldados armados de bayonetas, continuó agravándose en los años siguientes.

Así, en 1958, los datos eran desgarradores. Un millón de analfabetos absolutos, más de un millón de semi analfabetos, 600 000 niños sin escuelas mientras que 10 000 maestros estaban sin trabajo.

El presupuesto de la nación para la educación era de apenas 79,4 millones de pesos, muchos de los cuales eran robados por políticos y funcionarios corruptos.

En su discurso de autodefensa, Fidel recordó el concepto martiano de que “El pueblo más feliz es el que tenga mejor educados a sus hijos en la instrucción del pensamiento y en la dirección de los sentimientos” y que “Un pueblo instruido será siempre fuerte y libre”.

Pero hubo que esperar el triunfo revolucionario del 1ro. de enero de 1959, para poder realizar ese sueño martiano y el ideal por el cual combatieron y murieron los jóvenes revolucionarios el 26 de Julio de 1953.

En septiembre de 1959, fueron creadas en Cuba 10 000 aulas. Y como hecho sin precedente en la historia cubana y más allá, 69 cuarteles fueron convertidos en escuelas para más de 40 000 alumnos.

El 26 de diciembre de 1959, fue proclamada la primera Reforma Integral de la Enseñanza. Luego, 3 000 maestros voluntarios marcharon hacia las montañas, a luchar contra la ignorancia heredada del brutal sistema capitalista. Y 150 000 muchachas campesinas pasaron por becas en la capital del país, en escuelas organizadas en las mansiones abandonadas por los esbirros y explotadores que habían salido de nuestro territorio.

En 1961, más de 100 000 cubanos, principalmente jóvenes, se integraron a la ardua tarea de la alfabetización, enseñando a leer y escribir,  en solo un año,  a 707 000 adultos. Ya, en junio de ese mismo año, había sido proclamada la Ley de Nacionalización de la Enseñanza y el carácter gratuito de la educación en todos sus niveles. El 22 de diciembre de 1961, Cuba fue declarada Territorio Libre de Analfabetos.

Hoy la Patria de José Martí posee el pueblo culto y libre que él soñara. No existen niños sin escuelas y maestros, ni maestros sin aulas. Es el país de mayor cantidad de docentes por alumnos. La educación continúa gratuita, en todos los niveles, para todos los ciudadanos del país, sin discriminación de ningún tipo. Los graduados universitarios sobrepasan ahora el millón.

Cuba es hoy un pilar de la enseñanza que ofrece su ayuda solidaria a otros pueblos donde más de 7 000 000 de personas han salido del analfabetismo mediante el método cubano Yo sí puedo,  al tiempo que perfecciona cada año su propio sistema. En nuestras escuelas, junto a los maestros, la Revolución ha llevado los más modernos medios de enseñanza: computadoras, vídeos, televisores y otros recursos que han borrado diferencias entre las escuelas rurales y urbanas.

En Cuba – si alguien conoce ejemplo igual valdría escucharlo –  mientras fue necesario, un centenar de escuelas tuvieron  la asombrosa cifra de ¡Un alumno! por encontrarse en zonas intrincadas. Y allí han llegado también los medios de enseñanza e incluso la electricidad derivada del aprovechamiento de la energía solar.

La obra de la Revolución en la educación, no cabe en el espacio de un artículo periodístico. Puede afirmarse, eso sí, que es una obra grandiosa que trasciende incluso los objetivos planteados en el Programa del Moncada.

La situación dolorosa y humillante que sirvió de razón a los combatientes moncadistas para su acción heroica, fue erradicada y sobre sus ruinas se levanta el baluarte que somos hoy y la seguridad de continuar siendo siempre un pueblo culto y libre.

domingo, 23 de agosto de 2026

 

Razones para un Moncada:

 

El problema de la vivienda

 

.Orlando Guevara Núñez

La vivienda era uno de los grandes dramas que vivía el pueblo cubano en 1953, fecha del asalto a los cuarteles Moncada, en Santiago de Cuba, y Carlos Manuel de Céspedes, en Bayamo.

Así lo denunció Fidel Castro, en su alegato La historia me absolverá, pronunciado el 16 de octubre de 1953: “Tan grave o peor es la tragedia de la vivienda. Hay en Cuba doscientos mil bohíos y chozas; cuatrocientas mil familias del campo y de la ciudad viven hacinadas en barracones, cuarterías y solares sin las más elementales condiciones de higiene y salud; dos millones doscientas mil personas de nuestra población urbana pagan alquileres que absorben entre un quinto y un tercio de sus ingresos; y dos millones ochocientas mil de nuestra población rural y suburbana carecen de luz eléctrica”.

Otros datos grafican con igual elocuencia la situación. En ese mismo año 1953 - cifras ofrecidas por el Censo Nacional de esa fecha  - sólo  el 13 por ciento  de las viviendas estaban conceptuadas como buenas; el 20 por ciento  fueron catalogadas como aceptables, mientras que la categoría de regular abarcó al 21 por ciento; las clasificadas como malas llegaron al 32 por ciento,  y el resto, casi un 15 por ciento fueron declaradas en estado ruinoso.

Varios casatenientes – dueños de  cientos y miles de viviendas- vivían de los altos alquileres, y no vacilaban en desahuciar a las familias pobres que no podían pagar las mensualidades por no contar con los ingresos suficientes.

Los inversionistas en la construcción de viviendas, edificaban teniendo en cuenta no las necesidades de la población, sino sus ganancias.

En fecha tan temprana como el 6 de marzo de 1959, fue dictada una Ley que rebajaba en hasta un 50 por ciento  los alquileres a la población; y el 14 de octubre de 1960, se dictó la Ley de Reforma Urbana, que convirtió en dueños de la vivienda a quienes las habitaban.

Los abusivos alquileres y los desahucios, pasaron a formar parte de un pasado sin posible regreso a la nación cubana.

La Revolución comenzó a construir viviendas en los campos, para obreros agrícolas y campesinos organizados en Cooperativas. Otros programas fueron dirigidos a las ciudades. Mediante éstos, surgieron centenares de nuevos asentamientos rurales y urbanos, decenas de miles de edificios multifamiliares para las familias más necesitadas.

El problema de la vivienda, pese a todo el esfuerzo constructivo, continúa siendo una dificultad para el Estado cubano, y ha sido ésta una de las actividades más golpeadas por las limitaciones derivadas del bloqueo norteamericano contra nuestro país.

Es, sin embargo, una conquista sin precedentes que más del 90  por ciento de las familias cubanas son dueñas de la vivienda que habitan y no pagan impuesto alguno por poseerla, al tiempo que el restante  por ciento abona mensualmente una suma de alrededor de una décima parte  de sus ingresos y las familias se convierten en dueñas en el momento que saldan los bajos precios de este inmueble en Cuba.

El servicio eléctrico llega ya a  más  del 99 por ciento de los hogares cubanos, e incluso en lugares intrincados de las zonas rurales, donde no ha penetrado el Sistema Electroenergético  Nacional, se han introducido otros sistemas, como las celdas fotovoltaicas alimentadas por la energía solar, instalaciones mini hidroeléctricas y grupos electrógenos que benefician a miles de personas y objetivos económicos y sociales, entre éstos escuelas, unidades productivas y  comerciales, Consultorios del Médico y la Enfermera de la Familia, Salas de Televisión y otras. Cuba sufre ahora un importante déficit de combustible que provoca molestos apagones y otras afectaciones, agudizados por el cerco energético imperial al país.

Como parte del  programa constructivo se rehabilita ahora la Industria de Materiales de la Construcción y se facilita a personas necesitadas, en la medida de las posibilidades, los elementos constructivos y asesoría técnica para que ellos edifiquen sus propias viviendas.

En Santiago de Cuba, puede afirmarse que más del 50 por ciento de las viviendas existentes fueron construidas a partir de 1959, al tiempo que otras miles han sido rehabilitadas o reconstruidas tras el paso de diversos huracanes. Actualmente se desarrolla el programa mediante el cual se presta ayuda subsidiada  en su totalidad, a las familias que no poseen los recursos para la construcción o acondicionamiento de su vivienda.

Queda mucho por hacer en esta dirección de trabajo, pero la Revolución no ha dejado de hacer ingentes esfuerzos para mejorar las condiciones del fondo habitacional, distinto en mucho a las calamidades de la fecha en que se produjo el asalto glorioso del 26 de julio de 1953.