miércoles, 15 de julio de 2020

Boris Luis Santa Coloma, el honor frente a la muerte




 .Orlando Guevara Núñez


Entre los asaltantes al Moncada asesinados el 26 de julio de 1953  estuvo el joven Boris Luis Santa Coloma. Fue valiente en la vida y con valor enfrentó la muerte.
Al producirse  el golpe de estado del 10 de marzo de 1952, estuvo entre los jóvenes que solicitaron armas para enfrentar al usurpador del poder. Y a menos de un mes de ese zarpazo, envió una carta a Fulgencio Batista, emplazándolo ante la negativa de visitar  “Kuquine”, residencia del tirano, para compararla con “La Chata”, mansión del ex presidente Prío, y saber cuál le había costado más al pueblo.
“Debo hacerle la historia- expresó en esa comunicación- se publicó y se sigue publicando mucho sobre “La Chata”, pues considero que si los turistas deben ver el Palacio de los Prío, también tiene justificación que vean los palacetes de  nuestros “grandes hombres”.  “Le repito que vi  La “Chata”  y es una maravilla, pero no puedo comparar, y menos decir ¡cuál nos costó más!, pues esta es la misión de los periodistas, los hechos reales, no ficticios”.  La denuncia iba acompañada de su nombre y su dirección particular.

Nacido en San Nicolás de Bari, La Habana, no había cumplido los 25 años de edad cuando ofrendó su vida por la libertad cubana.
Se conoce que luego del asalto fue hecho prisionero y torturado hasta la muerte. Pero los esbirros no pudieron doblegar su  valentía. Se sabe que abofeteó a sus torturadores, hasta que lo ataron de pies y manos y aún así no acallaron su  voz,  hasta masacrar  su cuerpo y  dejarlo sin vida. Luego, su cadáver apareció en las cercanías de la Granjita Siboney – desde donde habían partido los asaltantes- haciéndolo aparecer como muerto en combate.
Uno de los momentos más dramáticos del juicio sobre los hechos del 26 de julio de 1953, fue cuando la novia de Boris Luis, la también moncadista Haydée Santamaría, relató cómo los esbirros le habían comunicado la muerte del combatiente.
“Un guardia preguntó quién de nosotras era Haydée, le respondí que Haydée era yo, entonces me pidió que le dijera quién era Boris y le dije que Boris era mi novio. Le pregunté que dónde lo tenían, me dijo que al  lado, en una habitación; le pregunté qué le habían hecho y lo que me contestaron es lo que yo no quería decir al tribunal por pudor… me dijeron que le habían extirpado los testículos… y todas las demás torturas que le habían hecho para hacerlo hablar. Uno de ellos me dijo: “No lo hemos matado todavía, puedes salvarle la vida, dí quienes son todos los que están metidos en esto…”  Yo le contesté: “ ¡Si él supo guardar silencio, no voy a traicionarlo ahora, criminales!  Rechazaron eso de criminales” . Me contestaron los guardias que ellos no eran criminales, sino que cumplían con su deber, que cumplían órdenes… “¿de hombres o de bestias?, les pregunté y me respondieron:” De nuestro jefe, el coronel Chaviano y de Batista”
Sobre ese hecho de barbarie, en su alegato La historia me absolverá, expresaría Fidel Castro:
(…) Con  un ojo humano ensangrentado en las manos se presentaron un sargento y varios hombres en el calabozo donde se encontraban las compañeras Melba Hernández y Haydée Santamaría, y dirigiéndose a la última, mostrándole el ojo, le dijeron: “Este es de tu hermano, si tú no dices lo que él no quiso decir, le arrancaremos el otro.”  Ella, que quería a su valiente hermano por encima de todas las cosas, les contestó llena de dignidad: “Si  ustedes le arrancaron un ojo y él no lo dijo, mucho menos lo diré yo.”  Más tarde volvieron y las quemaron en los brazos con colillas encendidas, hasta que por último, llenos de despecho, le dijeron nuevamente a la joven Haydée Santamaría: “Ya no tienes novio porque te lo hemos matado también”  Y ella les contestó imperturbable otra vez: “El no está muerto, porque morir por la patria es vivir.” Nunca fue puesto en un lugar tan alto de heroísmo y dignidad el nombre de la mujer cubana”.
Boris Luis Santa Coloma, fue uno de los integrantes de la Juventud del Centenario que vino a Santiago de Cuba a ofrendar su sangre y su vida –al decir de Fidel- para que Martí siguiera viviendo en el alma de la Patria.

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