miércoles, 1 de junio de 2016
Tiempos de Revolución: Los parientes
.Orlando Guevara Núñez.-
Con muy sobradas razones, alguien dijo una vez que el único pariente de los ricos es el dinero. Y los Castillo -apellido ligado a lo portentoso- no fueron nunca una excepción de esa regla. Y menos cuando se trataba de aquellos parientes no favorecidos por la fortuna y carentes de los recursos elementales para vivir. Porque esos eran vistos siempre no como parte de la familia, sino como extraños que en cualquier momento podrían valerse de los lazos sanguíneos para pedir una ayuda.
Y Julio conocía bien a sus parientes ricos. Para decir mejor, se conocían muy bien unos a otros. Por eso el pequeño rancho del pariente pobre no fue visitado nunca por los dueños de la mejor casa de todos aquellos campos y del poblado cercano, juntando a ello ser los mayores latifundistas de la zona. Y por conocerlos bien, Julio no les pidió nunca dinero ni ayuda
O sí, una vez les pidió un poco de leche para sus necesitados y en ese momento enfermos hijos ; pero los parientes se negaron, admitiendo que criaban puercos con ese producto, pero no podían dárselo para los muchachos, porque eso sentaría un precedente malo que estimularía a otros a pedir.
Así eran los Castillo. Y por eso Julio no insistió. Había comprendido claramente que la ambición no reconocía las necesidades de los demás, mejor dicho, de los pobres. Y lo único que le envenenaba el alma era saber que el alimento negado para sus hijos era consumido a cántaras por los puercos. Y todo, sencillamente, porque el padre de los muchachos era pobre y los dueños de los puercos eran ricos.
No fue extraño, por eso, que desde el mismo comienzo de la guerra revolucionaria, los Castillo estuvieran de un lado y Julio estuviera del otro. En definitiva, estaba probado que muchas cosas separaban a los parientes y absolutamente nada los unía. Ahora Julio era perseguido por los mismos guardias que cuidaban a sus parientes. Por eso tenía que cuidarse de ambos.
Y llegó el día en que el pariente pobre, con una destartalada escopeta, se alzó entre los mismos montes propiedad de los parientes ricos. Y cada palmo de aquellas tierras vibró bajo las botas de Julio. Y los caminos supieron de emboscadas y las cañas fueron abrasadas por el fuego, y los perdigones inspiraron tanto miedo, que los Castillo abandonaron el campo y se fueron a vivir a la ciudad.
En aquellos días, se juntaron de un lado los parientes ricos; los pobres se juntaron también, pero en otro bando.
Hasta que en 1959 desapareció el ejército que cuidaba a los ricos y sus intereses. Y Julio pertenecía al nuevo ejército de pueblo. Y todo el que conoció a Julio podrá decir que tenía mucho genio, pero no que alguna vez hubiese sido rencoroso, ni se dejara llevar por el odio. Aunque él mismo me confesara una vez que sintió un desprecio profundo la ocasión que escuchó cuando lo llamaban amigablemente pariente y era la misma voz que le había negado la leche para los muchachos.
Para esa fecha ya se hablaba de Reforma Agraria. Y los parientes ricos de Julio pensaron que la diferencia entre el traje verde olivo y el amarillo radicaba tan solo en el color. Por eso ahora sí estaban en condiciones de admitir a Julio como pariente. Y entre familia se podía hablar con toda confianza.
- Oiga, pariente, tenemos mucho que conversar, vaya por mi casa y pasaremos un buen rato. ¡Esto se está poniendo malo!
En algo tenía razón el pariente rico. La cosa para él se estaba poniendo mala, pero parecía no darse cuenta de que para Julio se estaba poniendo buena.
Por eso Julio lo único que hizo fue sonreír, asintió con la cabeza y no pronunció palabra alguna, aunque ellas quedaron jugueteando en su pensamiento.
- Es posible que vaya pronto, pariente, es posible. Creo que la Reforma Agraria está necesitando esa visita…
La categoría filosófica de lucha de clases no era entonces conocida por ninguna de las dos partes. Pero sus manifestaciones estaban presentes y poco a poco iban poniendo a cada cual del lado que le pertenecía.
martes, 31 de mayo de 2016
¡Tiempos de Revolución! El cambio
.Orlando Guevara Núñez.-
La Revolución triunfante del Primero de Enero de 1959 lo cambió todo. Nada, desde, sus propios inicios, quedó indiferente ante esta. Las transformaciones fueron como un torrente que arrastró tras de sí muchas cosas. A unas las sepultó o las hirió de muerte; a otras las revivió, o las creó y les puso pies y alas para que caminaran o volaran hacia un horizonte todavía desconocido, pero con la certeza de llegar y el propósito de no retroceder.
Ni ejército opresor, ni policía represiva. Los partidos políticos se desmoronaron. Ni terratenientes, ni latifundistas, ni casatenientes. Ni asesinatos, ni torturas, ni desaparecidos. Ni casas de juego, ni prostíbulos. Ni campesinos sin tierra, ni obreros agrícolas explotados. En poco tiempo, ni analfabetos, ni niños ni adultos sin escuelas y maestros. Medicina gratuita para todos.
La palabra libertad tuvo un primer significado: derrota de la tiranía. No pocos interpretaron como libertad la posibilidad de vivir al margen de normas, de leyes y de obligaciones, incluyendo la de trabajar. El concepto de libertad como esclavitud del deber -sentencia martiana- tendría que esperar algunos años para formar parte de nuestros patrones de conducta.
Una de las primeras cosas que fue necesario transformar fue el YO por el NOSOTROS, no como una simple operación verbal, sino como principio para la supervivencia. La vida económica, social y política lo exigía al influjo de dos poderosas razones: construir un nuevo orden con todos y para el bien de todos. Y defender ese orden contra los enemigos internos y externos empeñados en destruirlo y retornar el anterior.
Las individualidades se fundían en un común denominador que se identificó enseguida como masas, colectivos o sociedad, sin perder su propia identidad, sino con la oportunidad plena de reafirmarla.
Recuerdo que en una carta dirigida al director del semanario uruguayo Marcha, documento conocido aquí como El socialismo y el hombre en Cuba, el Che afirmó que en fecha tan temprana como febrero de 1959, cuando Fidel asumió el cargo de Primer Ministro del Gobierno Revolucionario, al renunciar el entonces presidente Urrutia por la presión popular, aparecía en la historia de la revolución cubana, ahora con caracteres nítidos, un personaje que se repetiría constantemente: la mas.
. Gobierno Revolucionario. Cooperativas agrícolas. Comités de Defensa de la Revolución. Federación de Mujeres Cubanas. Asociación Nacional de Agricultores Pequeños. Asociación de Jóvenes Rebeldes primero y Unión de Jóvenes Comunistas poco tiempo después. Unión de Pioneros de Cuba. Unión de Estudiantes Secundarios. Federación Estudiantil Universitaria, enraizada en Mella y José Antonio. Milicias Nacionales Revolucionarias. Sindicatos verdaderamente libres. Ejército Rebelde al inicio y luego Fuerzas Armadas Revolucionarias. Policía Nacional Revolucionaria, Ministerio del Interior. Socialismo. Y como resumen progresivo de todo eso: Organizaciones Revolucionarias Integradas, Partido Unido de la Revolución Socialista de Cuba, Partido Comunista de Cuba.
Lo del antiimperialismo y el internacionalismo, como fenómeno de masas, se profundizaría después.
Cambiaron las cosas. Y cambió la gente. Se produjo algo así como una influencia mutua. La gente hacia cambiar las cosas y las cosas hacían cambiar a la gente. Un día alguien era una persona común y al otro día amanecía como interventor o administrador de una entidad o dirigente de algo. O a la inversa: alguien se acostaba con un cargo, a veces alto, y amanecía sin él. Un día era civil, al otro día miliciano, luego combatiente, después héroe o mártir. Una ama de casa, trabajadora. Un pobre, redimido. Un rico, dejaba de serlo. Los de abajo toda la vida, arriba ahora; los de arriba, abajo. Y algo importante y grandioso: juntos muchos de arriba y de abajo en una sola categoría: pueblo. Era muy difícil mantenerse neutral.
Los cambios fueron polarizando posiciones. Unos, a favor de las transformaciones; otros en contra. Muchos que lucharon al inicio contra la tiranía, no fueron capaces de asimilar la continuidad de la Revolución. Otros, sin haber participado antes en la lucha insurreccional, abrazaban de corazón los cambios. Ellos fueron los más.
Todo ese proceso podía definirse con sólo dos palabras: Revolución y contrarrevolución. Llevado al plano individual, revolucionarios y contrarrevolucionarios. O patriotas y apátridas. O fidelistas y gusanos. Han pasado más de cinco décadas y todavía esa lucha se mantiene. En el plano interno, la Revolución es abrumadoramente superior. La confrontación principal está sostenida desde el exterior, por la misma gente que formó parte de la dictadura derrocada, apoyada por un gobierno que fue siempre enemigo de los cubanos.
Agresiones internas y externas. Bandas contrarrevolucionarias. Sabotajes. Asesinatos. Playa Girón. Crisis de Octubre. Infiltraciones enemigas. Amenazas. Bloqueo. Maridaje gusanos-OEA-gobierno de los Estados Unidos.
Frente a todo eso: Pueblo armado, trincheras, principios, coraje, estoicismo, heroísmo y victorias.
En aquellos primeros años, luchábamos por el derecho a construir un futuro del cual no podíamos vislumbrar toda su dimensión. Ahora, cuando aquel futuro es presente y tenemos una obra que defender y engrandecer, vienen a mi mente hechos y personas protagonistas iniciales de aquellos cambios, a veces imperceptibles y anónimos, pero que en relación cuantitativa y cualitativa canalizaron las grandes transformaciones revolucionarias.
Primero fueron posiciones. Después, convicciones. Al inicio, discusiones al parecer sin nexos más allá del hecho; luego, definición como un principio del cual aún no conocíamos el nombre: lucha de clases. En otros casos, lo relatado retrata la metamorfosis individual y colectiva.
No busque aquí el lector la historia del proceso revolucionario en sus distintas etapas. Ni siquiera un estudio de los grandes momentos que definieron el rumbo de la Revolución. A mi mente acuden más bien personas, hechos, cosas, fechas y recuerdos que forman parte de la obra grande. En próximos espacios, lo notarán quienes la motivación los invite a la lectura.
lunes, 30 de mayo de 2016
Un pasado que en Cuba no será jamás presente: El comprador de miedo
.Orlando Guevara Núñez.-
Siempre han existido personas que tratando de aparentar lo que no son, a cada paso ponen al descubierto su verdadera naturaleza. Y ese es el caso del personaje que evoco. Andaba siempre con la pedante matraquilla de pregonar que nunca había conocido el miedo. Y a todo el mundo le preguntaba dónde podría comprar un poco de “esa cosa que tanto asusta a la gente”.
“Aunque sea sólo un poquito-decía- diez o quince centavos, lo necesario nada más que para conocerlo”.
Este hombre vivía jactándose de ser un tipo muy valiente. Y esa “valentía” se la tiraba siempre en cara a los demás. No a todos, desde luego, sino a los campesinos de la zona que él “atendía” como soldado de la Guardia Rural, donde la gente se había acostumbrado a las irónicas peticiones del militar.
Pero nunca nadie le indicaba el lugar donde él podría comprar el miedo, aunque cuando lo veían marcharse, algunos murmuraban que por allí no iba a encontrar lo que buscaba, porque eso donde seguro lo toparía por montones era un poco más allá del batey, entre las verdes y abruptas lomas. Pero claro que nadie iba a ser tan bobo como para decirle tal cosa al soldado.
Era sabido que rondando las casas del pequeño caserío, la cosa sería siempre diferente. Por allí campeaba sobre su enorme caballo ensillado con montura de pico, chapas y hebillas de acero níquel, vestido él con su traje amarillo y redondo sombrero de paño. Y armado con dos instrumentos inseparables: el paraguayo, para las espaldas de los campesinos y el Springfield para cuando los planazos no bastaran.
¡Me voy a morir de viejo sin conocer el miedo! Así se le escuchaba el “lamento”, con una fanfarronería impertinente, mientras sus largos y peludos brazos y manos finas como las de una señorita tejían un montón de gestos alabarderos.
A decir verdad, yo nunca había escuchado a un hombre decir que desconocía lo que era el miedo. Ni aún a los más valientes. Porque miedos existen muchos. Puede temérsele a la muerte, al peligro, a la guerra, al sufrimiento, a un animal, a otro hombre, a la oscuridad o a otras muchas cosas. Hasta a la propia vida hay quien le teme.
“Todos conocen el miedo, menos yo”, aseguraba el protagonista de este relato.
En realidad, nadie podía saber, por ejemplo, si él le tenía miedo a la noche, porque nunca la esperaba en el batey. Y cuando aún faltaba un buen trecho para que oscureciera, miraba su reloj de bolsillo y “espantaba la mula”, al decir de los campesinos. Y sólo quería comprar el miedo a pleno día.
Y llegó el año 1958. A la entrada del pueblo había siempre una pareja de guardias rurales registrándole a uno las mercancías que compraba, alegando que eran para el suministro a los “mau-mau”. Y muchas veces, formando parte de esas parejas, estaba él, sin dejar la maldita manía de preguntar por la cosa que buscaba para conocerla.
Para hablar con justicia, debo decir que nunca escuché una afirmación de que fuera un asesino. Ni siquiera le dio una bofetada a alguien. Era, simplemente, un charlatán. Y lo que sí hizo fue obligar a un hombre a comerse una pastilla de jabón camay que llevaba sin permiso del cuartel y a otro lo hizo engullirse un poco de sal, por una libra que llevaba al margen de lo autorizado.
El 58 llegó a su fin y vino el primer día de 1959. Como es lógico, el hombre no volvió por el pequeño batey. Las noticias sobre el apresamiento de esbirros iban y venían, pero él no aparecía ni entre los presos ni entre los fusilados. Había quedado en libertad. Pero nadie lo veía. Hasta que decidió salir a la calle y algunos conocidos lo interceptaron, diciéndole que hacía rato lo andaban buscando porque al fin le habían podido conseguir el ansiado y buscado encargo.
Aunque el hombre puso en evidencia que ya conocía el miedo, algunos le regalaron un poquito más, para que no fuera a carecer nuevamente y volviera a la agonía de buscarlo. El desenlace no tuvo mayores consecuencias, porque ya vivíamos tiempos distintos. Por eso el personaje de esta historia no tuvo que torturar su estómago con sal, ni comerse un jabón camay, aunque sí lo necesitó para eliminar los residuos malolientes que le había dejado en la ropa el contacto con el miedo.
Los últimos meses de l958 habían sido particularmente intensos, colmados de angustia e inseguridad, como corresponde a toda guerra. No nos imaginábamos muchos que se estaban gestando las bases para un cambio radical en la vida de todos los cubanos.
Uno de los recuerdos más nítidos guardados en nuestra memoria, fue aquel crucial momento del primer día de 1959.
Ninguno de nosotros en aquel humilde barrio podía imaginar que los disparos rebeldes en la Sierra Maestra, en los llanos y ciudades, más que a las fuerzas de la tiranía, apuntaban hacia el corazón de un sistema social injusto, corrompido, que pisoteaba a los pobres y les cerraba las puertas.
La caída de la dictadura, asimismo, no sería un simple cambio de gobierno. El poder había pasado, de las manos de un tirano, a las de todo un pueblo. Eso no lo comprendimos desde el inicio, pero no tardó mucho tiempo.
El Primero de Enero de 1959 fue mucho más que el tránsito de un año a otro; fue un cambio de época. Y de los tiempos de opresión, de incultura, de desesperanza, de hambre, miseria, abandono y engaños, pasamos a otros que resumían la lucha contra esos males centenarios y que continuamos viviendo hoy: ¡Tiempos de Revolución!.
domingo, 29 de mayo de 2016
Un pasado que en Cuba no será jamás presente: Premio mayor
Orlando Guevara Núñez.
Entre aquellos muchachos, habitantes de una pequeña y pobre barriada, pudo haber muchos como Miguel Cuevas, Alarcón, Muñoz, Chávez, Huelga, Hechavarría, Laffita, Arias, Aquino, Casanova, Kindelán, pero…
Los jóvenes que soñaban con ser como Jiquí Moreno, Marrero, Duany, Roberto Ortiz, El Gibarito de Regla o Adolfo Luque y otras estrellas de los equipos profesionales cubanos: Habana, Almendares, Cienfuegos y Marianao, no tenían ni siquiera donde jugar a la pelota. Por eso se veían obligados a entablar los desafíos en improvisados “stadiums”, cuyos escenarios eran los caminos, plazoletas, las mal trazadas calles del barrio-más bien callejones- y hasta en las guardarrayas y potreros.
Pero eran tesoneros en su empeño. Hasta que consiguieron uno de sus más caros anhelos: tener un pequeñito campo deportivo, dedicado a la única disciplina deportiva que conocían y practicaban, la pelota.
El terreno estaba enclavado en medio de la barriada. Y pese a que el espacio era reducido, servía bien para los juegos, en los cuales no se producían grandes batazos por varias razones. En primer lugar, la poca fortaleza, preparación física y técnica de los atletas; en segundo, porque las pelotas eran de fabricación casera y no resultaba fácil enviarlas lejos. Y tercero, porque si la bola se metía en los patios y se perdía -al no haber otra- ¡ahí mismo terminaba el juego!
De todas maneras, haber conseguido aquel “cuadrito” de pelota era un gran acontecimiento, merecedor de una celebración. Y con ese objetivo se preparó una actividad, a la cual asistirían los habitantes del barrio, como señal de consentimiento a que los muchachos jugaran allí.
La alegría reinaba entre los peloteros. Mas, como ley del desarrollo, la solución de una necesidad siempre ha engendrado otras. Y por eso, resuelto el terreno, tuvieron los muchachos ante sí un nuevo dilema: ¿Cómo resolver los guantes, mascotas y los trajes para el equipo?
Recursos no tenían para comprarlos. Por eso pensaron y pusieron en práctica una idea que para todos pareció infalible: invitar al alcalde de barrio para que hablara en el acto de inauguración. Si eso se lograba, lo demás “se caería de la mata”, pues de seguro que el orador se comprometería a resolver los implementos deportivos tan necesarios. Y la invitación fue aceptada.
El día de la fiesta inaugural al fin llegó. Todo el barrio estaba presente. Cuatro saquitos de yute, rellenados con aserrín, servían de almohadillas en las bases; los bates de roble y de güira eran ese día un estreno. Algunos jugadores vestían trajes hechos con sacos de harina, portando en la espalda el número utilizado por sus peloteros favoritos. El primer desafío se avecinaba y cercano estaba también el momento de saber si el invitado “soltaba algo”. La mayor atención, pues, no estaba en lo que él pudiera decir, sino en lo que pudiera dar.
Anunciado el alcalde de barrio, fue largamente aplaudido. Pero su discurso resultó tan corto que sólo atinó a balbucear que no podía decir nada, por la emoción que lo embargaba. Y no ya como orador, alcanzó a decir algo más. Se mostró muy agradecido por el gesto de invitarlo y expresó su obligación de demostrar con algo su gratitud. Era el momento esperado.
La alegría cobró vida junto a las esperanzas de los muchachos. Y ante las ansiosas miradas, tanto de los peloteros como de los fanáticos, el hombre introdujo su mano derecha en el bolsillo del pantalón, extrayendo un billete que entregó al “manager” del equipo local. Y cuando todos buscaron identificar el valor de aquel billete, descubrieron la amarga y decepcionante verdad: se trataba, con toda la mejor intención del mundo, de un billete de lotería para que “si salía premiado”, los muchachos pudieran comprar los ansiados guantes, pelotas, mascotas, trajes…
La última esperanza se esfumó el sábado siguiente, día del sorteo. Y los muchachos, desilusionados, siguieron jugando en su pequeña barriada, con pelotas caseras, bates rústicos, guantes y mascotas de sacos, caretas de alambre y trajes de sacos de harina, hasta que un día, inesperadamente, les llegó el Premio Mayor. No precisamente el de la Lotería, sino el del Primero de Enero de 1959.
Estados Unidos hacia Cuba, ¿cambio o combinación de políticas?
.Orlando Guevara Núñez
A casi año y medio de anunciarse el inicio del proceso para la normalización de las relaciones entre Cuba y los Estados Unidos, ocasión en que el presidente norteamericano, Barack Obama, calificó de fracaso el bloqueo a nuestro país, cabe preguntarse si la intención real del imperio consiste en sustituir un método por otro en su lucha confesada por lograr un mismo fin: la destrucción de la Revolución cubana, o complementar el mecanismo fracasado con otro que piensa le dará los resultados deseados.
Cierto es que se han dado algunos pasos para mejorar las relaciones, incluyendo el establecimiento de embajadas en ambos países. Pero el principal obstáculo, el bloqueo, sigue en pie. En su visita a La Habana, el mandatario estadounidense, en un discurso que no pudo despojarse de la mentalidad colonial, estuvo dirigido, más que a la anunciada preocupación por el bienestar del pueblo cubano, a tratar de vender las “bondades” y las “oportunidades” del sistema capitalista.
Trató de vendernos, sencillamente, lo invendible en Cuba. Y trató de comprarnos lo imcomprable en este país: su independencia, su soberanía y su dignidad como nación. El gobierno de la mayor potencia imperialista del Universo, se sigue lamentando de que el bloqueo “no funcionó”, pero lo sigue manteniendo, flexibilizando en los puntos que le conviene, arreciando en otros que sabe afectan a la economía cubana.
Como expresara el Ministro de Relaciones Exteriores de Cuba, Bruno Rodríguez Parrilla, durante la sesión de la Asamblea General de las Naciones Unidas, el 27 de octubre de 1015, “El bloqueo constituye una violación flagrante, masiva y sistemática de los derechos humanos de todos los cubanos, es contrario al Derecho Internacional, califica como acto de genocidio a tenor de la Convención para la Prevención y Sanción del Delito de Genocidio de 1948 y es el principal obstáculo para el desarrollo económico y social de nuestro pueblo.
“Los daños humanos que ha producido son incalculables. El 77% de los cubanos lo han sufrido desde su nacimiento. Las carencias y privaciones que provoca a todas las familias cubanas no pueden contabilizarse.
“Calculados conservadora y rigurosamente, los daños económicos que ha ocasionado, en más de medio siglo, ascienden a 833 755 millones de dólares, según el valor del oro. A precios corrientes, suman 121 192 millones de dólares, cifra de enorme magnitud para una economía pequeña como la nuestra”.
Como denunció en esa ocasión la parte cubana, se sigue sancionando a empresas que han hecho alguna operación con Cuba, al tiempo que el bloqueo está en plena y completa aplicación.
El gobierno de Obama, como parte de los “nuevos métodos” relacionados con Cuba, destinó, poco días después de la visita a La Habana, unos 800 millones de dólares para “formar cuadros” que en un futuro aspiren al poder en nuestro país. Lástima que sigan teniendo, para ese fin, la mala puntería para seleccionar la “materia prima”, desconociendo que los dirigentes en Cuba no se fabrican, sino que surgen de quienes, en la práctica, son ejemplo de entrega y de fidelidad al pueblo, lo cual unen a su capacidad para asumir las grandes tareas de la Revolución. Y a esas personas, las elige el pueblo.
En conclusión, la estrategia clara de los Estados Unidos no consiste en eliminar el bloqueo y sustituirlo por métodos menos criminales y engañosos. Se trata de combinar las dos cosas. Ya reconocieron el fracaso del método primero, acompañado de las agresiones, los sabotajes, el intento de aislamiento y las calumnias. ¿Cuándo reconocerán que el segundo tampoco funcionará? Tal vez, cuando rectifiquen su error mayor: no conocer, en toda su grandeza, al pueblo cubano. En esa lucha, ellos seguirán aportando la ignominia, la torpeza y la derrota. Nosotros, la razón, la inteligencia y la victoria.
sábado, 28 de mayo de 2016
Lázaro Peña González Presente en la memoria de la clase obrera cubana
.Orlando Guevara Núñez
Lázaro Peña González, líder de la clase obrera cubana, está presente en la memoria de la clase obrera cubana.
Su progenitora, despalilladora de tabaco; su padre, albañil. Sumido en la pobreza y la discriminación racial por su negra piel, sus sueños juveniles se apagaban sin convertirse en realidad. Aspiró a ser violinista, fue amante del boxeo, de la pelota, de la música. Pero en su ambiente de cubano explotado, su destino fue otro: el de dirigir a la clase obrera en su lucha por la emancipación contra la opresión capitalista.
Así llegó a ser el máximo dirigente de los obreros tabacaleros. Y en 1939, al constituirse la Confederación de Trabajadores de Cuba (CTC) fue electo para dirigir esta combativa organización.
Encarcelamientos, persecución, represión y calumnias, fueron enfrentados con valentía y patriotismo por el dirigente obrero que por su capacidad llegó a tener responsabilidades como vicepresidente de la Federación Sindical Mundial, en defensa de los obreros del mundo. Su ideología lo llevó también a militar en las filas del Partido Comunista de Cuba.
Tuvo la dicha de ver el triunfo revolucionario del 1ro. de enero de 1959 en su patria. Y, desde el inicio, se sumó a la construcción y defensa de la obra soñada, por la cual tanto luchó. Sus méritos avalaron su elección como Secretario General de la Central de Trabajadores de Cuba e integrante del Comité Central del Partido Comunista de Cuba.
Contribuyó con su experiencia a la educación de la clase obrera cubana y con su ejemplo personal estuvo siempre al frente de las tareas bajo su responsabilidad.
Sobre su muerte, acaecida el 11 de marzo de 1974, diría el Poeta Nacional cubano, Nicolás Guillén: “A una inteligencia brillante, sostenida siempre por la acción, Lázaro añadía el don de lo criollo. Tenía un sentido fino, delicado, realmente cortés, para presidir una asamblea, para dirigir un debate, para aclarar un concepto yendo a su raíz, sin herir susceptibilidades, lo que le permitía encausar la discusión como con mano de hierro bajo guante de seda”.
Se mantuvo trabajando hasta su último aliento. Sobre esa cualidad diría el Comandante en Jefe Fidel Castro en el sepelio del dirigente obrero: “Inútil era rogarle que moderara sus esfuerzos y atendiera su salud. Era lo único en que este militante modesto, dócil y disciplinado, desatendió los ruegos de sus compañeros y las exhortaciones de su Partido”. Y las propias palabras de Fidel en esa ocasión definieron la estatura del dirigente fallecido: “No venimos propiamente a enterrar a un muerto, venimos a depositar una semilla”.
Como homenaje a Lázaro Peña González, en Cuba se escogió el 29 de mayo, fecha de su natalicio, como Día del Trabajador Tabacalero. Pero este querido dirigente es recordado siempre por la clase obrera cubana, como símbolo de la entrega, la fidelidad y el sacrificio. Porque la semilla de la cual habló Fidel sigue fructificando en la obra de la Revolución.
Julio Díaz González, Con su sangre firmó la mayoría de edad de la guerrilla
.Orlando Guevara Núñez
Julio Díaz González (Julito) fue uno de los 28 jóvenes pinareños que acudió a la cita del Moncada, durante la mañana de la Santa Ana, en Santiago de Cuba. Por su participación en esa gesta patriótica, fue condenado a 10 años de prisión en el entonces mal llamado Presidio Modelo, de Isla de Pinos, hoy Isla de la Juventud.
Luego de la amnistía que por presión popular puso en libertad al grupo de combatientes bajo la jefatura de Fidel Castro, Julito marchó hacia México, donde recibió entrenamiento para formar parte de los expedicionarios del yate Granma que, también liderado por Fidel, desembarcó en Los Cayuelos, cercano a Playa Las Coloradas, Niquero, otrora provincia de Oriente y en la actualidad del territorio que tomó el nombre de la histórica embarcación. Era el 2 de diciemb re de 1956. Antes de la partida, había también padecido prisión en la tierra azteca.
Luego del combate de Alegría de Pío, a solo tres días de la llegada a costas cubana, los expedicionarios, como consecuencia de la traición de un guía, fueron descubiertos, cercados y atacados por las fuerzas de la tiranía batistiana. En esa ocasión, tres expedicionarios perdieron la vida y otros fueron heridos, entre ellos el Che.
Fraccionados en varios grupos, los jóvenes revolucionarios emprendieron disímiles caminos, con el objetivo de reunirse de nuevo con su jefatura y escalar la Sierra Maestra, con el objetivo de proseguir el combate armado. En ese empeño, durante los 15 días siguientes, 18 de ellos fueron hechos prisioneros y asesinados por los esbirros de la tiranía. Otros 22 fueron hechos prisioneros y salvaron la vida; 21 evadieron la cacería y escaparon, mientras que 18 se reencontraron con Fidel, integrando el grupo inicial de guerrilleros que desarrolló la guerra revolucionaria hasta alcanzara el triunfo revolucionario del 1ro. de enero de 1959. Entre estos últimos, estuvo el joven artemiseño Julito Díaz.
A un mes y medio del desembarco del Granma, se produjo, en La Plata, entre el mar Caribe y la Sierra Maestra, la primera victoria del naciente Ejército Rebelde, cuando este contaba con solo 29 combatientes. Entre ellos, Julito, como jefe de un grupo que integraban, además, Camilo Cienfuegos, Calixto Morales y Reynaldo Benítez, todos expedicionarios.
Luego vendrían los combates de Arroyo del Infierno y El Uvero. En este último, escenificado en ese también costero territorio de la Sierra Maestra, cayó heroicamente Julito Díaz, combatiendo al lado del máximo jefe guerrillero, Fidel Castro. Otros seis guerrilleros perdieron la vida en ese combate, del cual dijo que el Che que había marcado la mayoría de edad de la guerrilla.
Para esa fecha, Julito había sido ascendido al grado de Teniente y era jefe de una escuadra del pelotón del entonces capitán Raúl Castro. Sus restos descansan en el Mausoleo a los Mártires de Artemisa.
Había nacido el 23 de mayo de 1929. Desde muy joven comenzó a trabajar para ayudar a su familia, como obrero de una locería y luego en diferentes ferreterías. Sus preocupaciones políticas lo llevaron a las filas de la Juventud Ortodoxa. Luego del nefasto golpe de estado del 10 de marzo de 1952, mediante el cual llegó al poder el tirano Fulgencio Batista, Julito se incorporó a la lucha revolucionaria, nucleándose con los jóvenes que protagonizaron el asalto al Moncada, en Santiago de Cuba.
Después del triunfo revolucionario, los restos de Julito Díaz fueron trasladados para el cementerio de Santa Ifigenia, en Santiago de Cuba. Ahora, en su querida Artemisa, el pueblo le rinde perenne homenaje a este combatiente que, con su sangre, firmó la mayoría de edad de la guerrilla e inspiró a los revolucionarios a continuar el combate que, a partir de ahí, recorrió un largo camino hasta la derrota final de la tiranía y la victoria final de la Revolución.
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