martes, 22 de septiembre de 2026

 

La ley de la esclavitud

.Orlando Guevara Núñez

Razón total tuvo nuestro General de Ejército, Raúl Castro, cuando en el 2004 calificó a la Ley Helms-Burton, engendro norteamericano aprobado ese año para derrotar a la Revolución, destruir nuestra independencia y convertirnos en un apéndice yanqui.

En un mamotreto de 458 páginas, más un anexo secreto que según ellos no publicaron por cuestiones de seguridad nacional, se detallan todas las medidas para lograr sus objetivos, en clara y desvergonzada violación de los derechos internacionales.

Así, en nombre de la democracia, la libertad y los derechos humanos, actúa el gobierno más violador de esos principios en el mundo. Por eso es útil conocer las aspiraciones, con plena vigencia, plasmados en esa Ley de la Esclavitud.

Lo primero es derrotar a la Revolución, dar paso a un proceso de transición y “actuar de manera ágil y decisiva” para impedir la sucesión del poder en Cuba, es decir, de Raúl a Fidel y de otros cuadros a Raúl. Se plantean un cambio de régimen. Ese proceso sería dirigido por un Coordinador norteamericano, designado por el Departamento de Estado yanqui.

Una primera medida sería recuperar las propiedades norteamericanas nacionalizadas por la Revolución y que fue ese país el único que no aceptó cobrarlas, como establece el derecho internacional.

Tal medida, así lo reconocen, restablecería los latifundios, disolvería las cooperativas agrícolas y traería consigo el desalojo campesino; se recuperarían las viviendas, desalojando a quienes las habitaran y no pudieran pagar los alquileres; eso bajo el estricto control yanqui.

Otra prioridad sería la privatización total de la economía, incluyendo la salud y la educación. La medicina volvería a ser una mercancía y los pacientes simples clientes; especifican que quienes no tengan recursos para pagar ese servicio, tendrán que buscarlo en la caridad  pública . Eso lo plantea un país donde más de 40 millones de personas no cuentan con seguro médico y es, entre las naciones ricas, donde más caras son las medicinas.

A a las escuelas privadas tendrían acceso quienes pudieran pagarlas. Quieren que seamos como ellos, que cuentan con más de 40 millones de personas que apenas saben leer y escribir y donde las leyes no reconocen la educación como derecho de todos.

Esa Ley macabra, así lo asegura, aboliría la seguridad social, incluyendo, por inmerecidas, las pensiones de los jubilados, a quienes organizarían en una Comisión Nacional para darles trabajo en la construcción a los que pudieran realizarlo.

Una cosa reconocen: esas medidas encontrarían resistencia en la población, por lo cual habrían  muchos  muertos. Como respuesta, crearían un servicio de adopción de niños que quedarían huérfanos. Y, desde luego, las adopciones serían de personas norteamericanas.

Otra medida rápida ansiada sería la eliminación total de los centros de investigación científica, argumentando que un país pobre no debe hacer ese tipo de gasto. Eso lo afirma un país que durante la epidemia de  Covid-19 tuvo más de 1,239 000 fallecidos, mientras que Cuba, por las vacunas que creó, tuvo unos 8,500. Por cada 145 fallecidos en ese país, Cuba tuvo 1.

Hay otras muchas cosas que para abordarlas se necesitarían varios artículos como este. Pero no faltará el intento. Vale hacerlo como contribución a que los cubanos conozcamos mejor la esencia estranguladora de esa Ley que ellos, con hipocresía denominan de libertad y solidaridad democrática cubana, siendo todo lo contrario.

En la actualidad, los crímenes imperiales contra Cuba se multiplican, La descabellada política de bloqueo crece.  Pero esta Ley, de la Esclavitud, adoptada hace 24 años,   tiene ya su lugar en la historia de los fracasos yanquis contra la libertad, la independencia y la soberanía de nuestro pueblo.

 

 

 

 

lunes, 21 de septiembre de 2026

 

José Martí: En la cruz murió el hombre en un día: pero se ha de aprender a morir en la cruz todos los días

 

.Orlando Guevara Núñez

Es bastante conocido el documento en el cual  nuestro Héroe Nacional escribe este aforismo. Se trata de la carta por él dirigida a su amigo Gonzalo de Quesada, firmada en Montecristi, el  1ro. de  abril de 1895 y que, con justeza, ha sido conceptuada como su testamento literario. Conocerla, nos ayudaría a comprender mejor  su  aporte  para la conservación, organización y publicación  de sus  múltiples creaciones  literarias.

Estaba viviendo Martí un momento crucial. Diez días después, desembarcaría por Playita de Cajobabo, junto a Gómez y otros patriotas. Se cumplía su sueño de muchos años. Por eso apuntó en su carta; “De Cuba, ¿qué no habré escrito?: y ni una página me parece digna de ella: solo lo que vamos a hacer me parece digno”.

En otro párrafo, le explica a  su amigo: “Mi cariño a Gonzalo es grande, pero me sorprende que llegue, como siento ahora que llega, hasta a moverme a que le escriba, contra mi natural y mi costumbre, mis emociones personales. De ser mías, sólo, las escribiría: por el gusto de pagarle la ternura que le debo; pero en ellas habrían de ir las ajenas, y de eso no soy dueño. Son de grandeza en algunos momentos, y en los más, de indecible y prevista amargura”.  A continuación,  plasma el pensamiento de que En la cruz murió el hombre en un día: pero se ha de aprender a morir en la cruz todos los días

Es una callada lección de que el sacrificio y la entrega de un día, hay que convertirlos en práctica perenne

 

 

¿Quién vende el "mito Bukele"? —

 

Desenmascarando a un traidor

 

Por: Eduardo Miguel Alvarez Estevez

 

La Habana, 20 de septiembre de 2026

En las calles de Cuba se escucha últimamente una frase inquietante: "Nos hace falta un Bukele". Quienes la pronuncian quizás lo hacen desde la angustia por la inseguridad, el cansancio por la corrupción o la frustración económica. Pero no saben que están invocando no a un salvador, sino a un producto político cuidadosamente empaquetado: un hombre que traicionó los ideales de la izquierda y se arrodilló ante Washington.

Hoy voy a arrancarle la máscara. Y lo hago desde la humildad de quien no pretende ser protagonista de nada: soy un simple analista. No conozco personalmente a Bukele, nunca he pisado San Salvador. Pero he seguido con atención la geopolítica latinoamericana durante años, y he tenido la fortuna de conversar largamente con una periodista que fue corresponsal en El Salvador durante cinco años, que participó en los acuerdos de paz y que mantuvo una cercanía estrecha con el expresidente Salvador Sánchez Cerén. De esas conversaciones, y del estudio riguroso de los hechos, nace este artículo.

El testimonio que me abrió los ojos

Fue esa periodista quien me describió, con lujo de detalles, cómo era el joven Bukele cuando llegó a la alcaldía de Nuevo Cuscatlán, un pueblito en las afueras de San Salvador que apenas comenzaba a despertar de su letargo. Su administración municipal no fue mala. Al contrario, fue aceptable, incluso prometedora. Y hay un dato que no puede omitirse: Nuevo Cuscatlán fue declarado libre de analfabetismo durante su gestión.

Aquel logro no habría sido posible sin el asesoramiento esencial de Cuba. Colaboradores cubanos, con la modestia y la entrega que nos caracteriza, facilitaron la aplicación del programa "Yo sí puedo", ese método que ha alfabetizado a millones en el mundo y que en El Salvador encontró terreno fértil gracias a la cooperación desinteresada de nuestra brigada educativa.

En aquellos días, Bukele se mostraba agradecido, cercano, pragmático. Parecía entender que la revolución no se hace con discursos vacíos, sino con hechos concretos que transforman la vida de la gente humilde. Muchos creyeron entonces que estaban ante un líder diferente, uno que aprendería de Cuba, como él mismo dijo después de su toma de posesión: "El Salvador tiene mucho que aprender de Cuba, especialmente en salud, educación, cultura y deportes".

Pero los años pasan, y las máscaras caen.

Aquel joven alcalde que se benefició del asesoramiento cubano para erradicar el analfabetismo en su municipio, hoy es el mismo hombre que se fotografió con los enemigos de nuestra revolución, que coqueteó con la extrema derecha estadounidense y que convirtió a El Salvador en un experimento de laboratorio para las políticas del imperio. El mismo que prometió restablecer la Misión Milagro —ese programa que devolvió la vista a miles de salvadoreños pobres gracias a nuestros oftalmólogos— y que hoy guarda silencio mientras la cooperación cubana es demonizada por quienes nunca han tendido una mano a nadie.

¿Qué pasó con aquel hombre? La respuesta es simple: nunca fue de los nuestros.

¿De dónde viene? — Un ambicioso expulsado por la izquierda

Bukele no proviene de ninguna familia revolucionaria. Viene de una familia de empresarios publicitarios, ajena por completo al sufrimiento del pueblo. Se unió al FMLN no por convicción, sino por cálculo. Su "excesiva ambición política" terminó por enfrentarlo a la dirigencia, que lo expulsó en 2017.

Esto no es la historia trágica de un revolucionario marginado por "viejas estructuras". Un verdadero revolucionario, cuando es sancionado por su organización, reflexiona y corrige. Bukele eligió otro camino: si no podía usar a la izquierda, la destruiría. Fundó su propio partido, se presentó bajo la bandera de GANA —un partido de centro-derecha— y convirtió a sus antiguos compañeros en escalones que pisoteó sin piedad. Utilizó a la izquierda para llegar al poder, se benefició de la solidaridad cubana para construir su imagen de gestor eficiente, y una vez que tuvo el control, traicionó todo lo que decía defender.

¿A quién le sirve? — Invitado de honor en Washington

Lo primero que hizo Bukele al llegar al poder fue cortejar a la administración Trump. Su discurso de toma de posesión no lo dio en San Salvador, sino en la sede de la Heritage Foundation, un think tank de la extrema derecha estadounidense. Un presidente que da su discurso de investidura en el extranjero ya lo dice todo.

Durante la pandemia promovió la hidroxicloroquina, el remedio que Trump impulsaba sin sustento científico. Cuando llegó Biden, corrió a Washington a "buscar respaldo" y volvió con las manos vacías. Esa danza entre amos demuestra que no hay soberanía en su proyecto, solo un oportunista buscando padrino.

¿Por qué Washington lo tolera? Porque su narrativa "anti-establishment" sirve a la estrategia estadounidense de dividir a la izquierda latinoamericana. Un desertor del FMLN es más letal que un derechista declarado. Es el caballo de Troya del imperio.

¿Cuáles son sus "logros"? — Un "demócrata" que apunta con fusiles al parlamento

En febrero de 2020, Bukele irrumpió en la Asamblea Legislativa acompañado de militares y policías armados para presionar la aprobación de un préstamo. La presidenta del órgano lo calificó como un "intento de golpe de Estado". La Sala de lo Constitucional tuvo que ordenarle detener el uso de las Fuerzas Armadas en funciones ajenas a sus deberes constitucionales.

Ese es el verdadero "modelo Bukele": cuando el parlamento no obedece, se le apunta con fusiles. Cuando la corte lo limita, se la ataca llamándola "vieja política". Su "lucha contra el crimen" no es más que sustituir una violencia por otra, aplastando con botas militares el poco decoro democrático que quedaba.

Los cubanos sabemos lo que es eso. Vivimos el batistato, vivimos dictadores sostenidos por Washington apuntando al pueblo. Sabemos mejor que nadie que cuando un político usa al ejército contra el parlamento, está a un paso de la dictadura.

¿A quién representa? — Al capital y a Washington, no al pueblo

La economía de Bukele nunca fue diseñada para los pobres. Promueve el sector privado, la "innovación" y los "grandes datos", pero detrás de esas palabras bonitas sigue habiendo un pueblo salvadoreño empobrecido.

Sus "resultados en seguridad" son vitoreados por la prensa occidental, pero la verdad es que las cárceles se llenan de pobres mientras los verdaderos corruptos —la oligarquía con lazos en Washington— siguen libres. Su "anticorrupción" es una herramienta para eliminar adversarios, no un principio.

Un gobierno verdaderamente de izquierda combate el crimen para proteger al pueblo, no para exhibir "capacidad de gestión" ante Washington. Un revolucionario de verdad no hipoteca la dignidad nacional ante un patrón extranjero.

¿Por qué algunos cubanos lo idealizan?

Porque hay cubanos cansados de la escasez, con miedo a la inseguridad, hartos de la corrupción. Esos sentimientos son reales, pero Bukele no es el remedio: es el veneno.

Se envuelve en redes sociales, se vende con imagen "juvenil" y "moderna". Pero la política no es un concurso de belleza y gobernar no es tuitear. Cuando el destino de un país se entrega a un showman, el pueblo no recibe libertad: recibe otra forma de esclavitud.

A los cubanos que hoy dicen "necesitamos un Bukele", les pregunto:

¿Necesitamos un hombre que se aprovechó de nuestros maestros para alfabetizar su municipio y luego les dio la espalda? ¿Necesitamos un presidente que prometió continuar la Misión Milagro y que hoy se sienta a la mesa con quienes quieren destruir todo lo que Cuba representa? ¿Necesitamos un líder que usó el "Yo sí puedo" para ganar prestigio y luego se convirtió en el vocero de los intereses de Washington en la región?

No. Cuba no necesita un Bukele.

Los cubanos debemos recordar: Fidel y Raúl enfrentaron al imperio más poderoso del mundo y sostuvieron la independencia más radical. No pedimos permiso a Washington ni convertimos la patria en patio trasero. Bukele eligió el camino fácil: doblarse ante el Norte. Nosotros elegimos el difícil: estar de pie, aunque estemos solos.

Conclusión

Bukele no es "el Trump latinoamericano": es más peligroso. Trump es un enemigo declarado; Bukele es un traidor disfrazado de amigo. Salió de las filas de la izquierda y apuntó su arma contra los ideales de la izquierda. Le ofrece lealtad a Washington y le cobra al pueblo salvadoreño con su dignidad.

No lo digo desde el rencor personal ni desde la experiencia directa. Lo digo desde el análisis serio, desde el seguimiento riguroso de la geopolítica latinoamericana y desde el testimonio de quienes sí estuvieron allí, de quienes participaron en los acuerdos de paz y conocieron de cerca a los protagonistas de esta historia. Con esa base, puedo afirmar con conocimiento de causa que este hombre no es un modelo a seguir. Es un ejemplo de lo que ocurre cuando un oportunista se disfraza de revolucionario, cuando un ambicioso se aprovecha de la generosidad de un pueblo solidario, y cuando un traidor termina vendiendo su alma al imperio.

Cuba necesita lucidez, alerta y vacunarse contra todo relato de "salvador". Quienes gritan "necesitamos un Bukele" quizás solo estén agotados. Pero el cansancio no es razón para rendirse, y la ansiedad no es excusa para traicionar.

Un revolucionario de verdad no se dobla ante los caramelos envenenados del enemigo, ni se rinde ante la traición de los suyos.

Que el pueblo cubano vea la verdad. Que América Latina no se deje engañar por otro Bukele.

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Eduardo Miguel Alvarez Estevez, desde La Habana, 20 de septiembre de 2026.

¡Patria o Muerte, Venceremos!