miércoles, 2 de septiembre de 2026

 

2 de septiembre de 1960 Primera Declaración de La Habana, realidad cubana y vigencia de sus principios

 

   

 

.Orlando Guevara Núñez

 

Había transcurrido sólo un año y ocho meses desde el triunfo revolucionario del Primero de Enero de 1959 en Cuba. Nuestro país estaba dedicado por entero al trabajo para reconstruir la nación, luego de una lucha cruenta que costó la vida a 20 000 cubanos. El país había quedado devastado no solo como consecuencia de la guerra, sino también por el saqueo de la pandilla batistiana que dejó vacías las arcas del Estado, además de heredar una débil economía, dominada por los monopolios extranjeros, principalmente de los Estados Unidos.

Pero el imperio del Norte no estaba dispuesto a permitir que en nuestro continente existiera un país decidido  a dirigir su propio destino. Ya las agresiones económicas se hacían sentir, al tiempo que los sabotajes y apoyo a la contrarrevolución, mediante grupos que impunemente actuaban desde territorio norteamericano, costaban vidas y recursos al pueblo cubano.

En ese contexto, del 22 al 29 de agosto de 1960, sesionó en San José de Costa Rica la VII Reunión de Consulta de los Cancilleres de la Organización de Estados Americanos (OEA)  instrumentada por el gobierno de los Estados Unidos para condenar y aislar a Cuba, como parte de la preparación del escenario para la agresión – ya programada- que se produjo el 17 de abril de 1961, mediante la invasión mercenaria de Playa Girón, con el objetivo de destruir a la Revolución.

No se equivocó el Comandante en Jefe Fidel Castro cuando ese 2 de septiembre afirmó, refiriéndose a la reunión anticubana, que “se estaba afilando allí el puñal que en el corazón de la Patria cubana quiere clavar la mano criminal del imperialismo yanqui”.

La respuesta del pueblo fue contundente. En la Plaza Cívica de la capital, un millón de cubanos se reunieron y, en representación de toda la nación se constituyeron en Asamblea General del Pueblo de Cuba. Nuestro país levantó su voz no solo en nombre propio, sino también de todos los pueblos de América.

Y sus pronunciamientos fueron claros, precisos y contundentes.

Esa Asamblea proclamó el derecho de los campesinos a la tierra; del obrero al fruto de su trabajo; de los niños a la educación; de los enfermos a la asistencia médica y hospitalaria; de los jóvenes al trabajo; de los estudiantes a la enseñanza libre, experimental y científica.

Para Cuba y más allá de sus fronteras, la Asamblea General proclamó también el derecho de los negros y del indio a la dignidad plena del hombre; de la mujer a la igualdad civil, social y política; del anciano a una vejez segura; de los intelectuales, artistas y científicos a luchar con sus obras por un mundo mejor.

Y sumó a sus postulados el derecho de los Estados a nacionalizar los monopolios imperialistas, rescatando así sus riquezas y recursos nacionales; de los países al comercio libre con todos los pueblos del mundo y de las naciones a su plena soberanía.

Otro derecho defendido por el pueblo cubano en aquella histórica jornada, fue el de los pueblos a convertir sus fortalezas militares en escuelas y armar a sus obreros, a sus campesinos, a sus estudiantes, a sus intelectuales, al negro, al indio, a la mujer, al joven, al anciano, a todos los oprimidos y explotados para que defendieran por sí mismos sus derechos y su destino.

Aquella gigantesca Asamblea del pueblo, postuló el deber de los obreros, de los campesinos, de los estudiantes, de los negros, de los indios, de los jóvenes, de la mujer y de los ancianos, de luchar por sus reivindicaciones económicas, políticas y sociales, así como también de las naciones oprimidas y explotadas a luchar por su liberación.

Proclamó, además, el deber de cada pueblo a la solidaridad con todos los pueblos oprimidos, colonizados, explotados o agredidos, sea cual fuere el lugar del mundo en que éstos se encuentren y las distancias geográficas que los separen.

Los cubanos, como respuesta a la declaración de San José de Costa Rica, que declaraba a Cuba no compatible con el sistema democrático de este continente y la conminaba a plegarse a los dictámenes del gobierno norteamericano, no sólo condenamos ese documento dictado por los Estados Unidos, sino también que denunciamos las intervenciones yanquis contra los pueblos de México, Nicaragua, Haití, Santo Domingo, Cuba y otros, escudándose en su superioridad militar, los Tratados desiguales y la sumisión de gobiernos traidores a sus pueblos. Así, frente al panamericanismo hipócrita en aras del dominio imperial, Cuba proclamó el latinoamericanismo liberador y solidario.

Uno de los más cínicos argumentos del gobierno de los Estados Unidos, compartidos por la OEA, para condenar a Cuba, era el peligro que representaban para este continente las relaciones de nuestro país con los gobiernos de la Unión Soviética y China. Cuba no sólo no cedió un ápice en sus principios, sino que fortaleció la amistad con ambos países y, en el caso de  la República Popular China, reconoció a ese gobierno como único representante legal del pueblo chino, quedando de esa forma establecidas las relaciones que cada día son más fuertes.

Durante los días posteriores a la proclamación de la Declaración de La Habana, el pueblo, en sus respetivos territorios, en masivas concentraciones,  apoyó su contenido y luego firmó el documento de forma individual. En la entonces provincia de Oriente – actuales provincias de Santiago de Cuba, Guantánamo, Holguín, Granma y Las Tunas- un millón de personas participaron en las concentraciones.

La Asamblea General del Pueblo de Cuba, del 2 de septiembre de 1960, fue una genuina demostración de democracia que rompió esquemas tradicionales. Sobre ese tema, plantearía el Comandante en Jefe Fidel Castro que la democracia no puede consistir solo en el ejercicio de un voto electoral, sino en el derecho de los ciudadanos a decidir su propio destino.

Este 2 de septiembre se cumplen 66 años de la Primera Declaración de La Habana. Las agresiones contra Cuba, provenientes del Norte revuelto y brutal que nos desprecia, al decir de José Martí, aunque con otro ropaje, siguen su absurda  carrera. Nuestro país, sin embargo, con su sacrificio, su sudor y su sangre, ha hecho valer los principios proclamados aquel día. El aislamiento fracasó, el intento de doblegarnos por el temor, falló; el intento de vencernos por la fuerza, por hambre y enfermedades, fracasó. Cuba, en esa ocasión, prometió a los pueblos que no les fallaría, y no les ha fallado.

En ese mismo septiembre, ante la Asamblea General de las Naciones Unidas, el Comandante en Jefe Fidel Castro proclamó, en nombre de todos los cubanos, que nuestro país tenía un recurso: resistir cuando la ONU y la OEA no garantizaran nuestros derechos. Hemos resistido, hemos vencido y seguiremos venciendo.

Los principios de hace más de  seis décadas, proclamados por nuestro pueblo, mantienen no solo su validez histórica, sino también su plena vigencia para los tiempos presentes. Y para los que están por venir.

martes, 1 de septiembre de 2026

 

José Martí: La muerte no es verdad cuando se ha cumplido bien la obra de  la vida

.Orlando Guevara Núñez

Es uno de los aforismos martianos más conocidos y citados en Cuba. En realidad, hasta ahí está incompleto, pues Martí continuó  así: Truécase en polvo el cráneo pensador; pero viven perpetuamente y fructifican las ideas que en él se elaboraron.

En otras muchas ocasiones, nuestro Héroe Nacional  vuelve  sobre el  mismo concepto: el cumplimiento del deber patrio, para merecer  el recuerdo en la posteridad.

Esas palabras inician una crónica, publicada en el periódico mexicano El Federalista, edición literaria, el 5 de marzo de 1876. 2  Bien  podría pensarse  que están referidas  a la muerte por motivos épicos; pero no.

Honran la memoria de una afamada teatrista española, fallecida, Pilar Belaval, durante un homenaje a ella dedicado por el Liceo Hidalgo, de México: “Mujer bella de cuerpo y elevada de talento, maestra en la interpretación  de la comedia, dueña y señora del drama (…) Dicen que no hubo nunca mayor gracia cómica, ni pasear más picaresco, ni más intencionado mirar que aquellos con que regocijaba a su auditorio Pilar Belaval”.

En esa crónica, Martí expresó que es una manera de honrarse, y no la menos generosa, honrar a los demás”  y  agregó estas bellas palabras: “Se cumple el arte, despierta la fiera, llora el llanto, muévese  con más vigor dentro del pecho el ave inquieta y sorprendida. Estos triunfos alcanzó la Belaval, triunfos siempre pasajeros por injusticias de  la memoria o apetito de novedades, nunca saciado  en los humanos”.

Y no faltó, en la crónica, el sentimiento patriótico de Martí: “Arbusto solitario es el alma del hijo enamorado de la patria que lejos de su amada sufre sin consuelo;  manera de morirse es ésta de vivir alejado de la patria”.

Hoy  los cubanos  afirmamos que ese pensamiento martiano, es un fiel retrato de  su propia vida, de su eterna vida, porque su muerte no será nunca verdad .Los  jóvenes de la Generación del Centenario, vinieron a  Santiago  de Cuba, el 26 de julio de 1953, a ofrendar su sangre y su vida para que  Martí siguiera viviendo en el alma de la Patria. Así lo afirmó  Fidel. Y el Apóstol  no murió.

 

lunes, 31 de agosto de 2026

 

José Martí: Nada hay tan imprudente como perturbar la paz en pueblo ajeno

.Orlando Guevara Núñez

He aquí la forma textual en la que Martí pronunció estas palabras: “Nada hay tan Imprudente como perturbar con propios rencores- ya que hay infortunados que los tengan- la paz en pueblo ajeno; nada hay más justo, en cambio, que dejar en punto de verdad las cosas de la historia, ya que en tanto que consigamos los hijos de Cuba nuestras libertades, la limpidez de nuestra historia y la bondad de los hombres son la única patria que tenemos”.

Está respondiendo Martí  a un trabajo publicado por el periódico  español La Colonia, en el cual se tergiversa un hecho considerado como histórico. Cuba había sido invitada a una procesión por  el Centenario de Nueva York, como agrupación política. Y al reseñarlo, Martí había afirmado que la bandera cubana había sido  saludada con entusiastas vítores en todo el curso del cortejo. Su respuesta fue publicada por la Revista Universal, de México, el 8 de septiembre de 1876.   Y  La Colonia lo niega.  

Afirma este órgano de prensa que los cubanos tienen establecida en Nueva York una sociedad benéfica y que  el  Comité americano invitó a todas las sociedades establecidas en el país, sin distinción alguna. Publica que es todo lo contrario de lo afirmado por Martí. Y asevera que si hubiesen sido los cubanos invitados como agrupación  política, el ministro español habría sabido pedir una explicación al gobierno americano.

En su réplica, el Apóstol cubano escribe que  “El ministro español es en este caso perfectamente inútil”. Y argumenta que  “La libertad obliga a la prudencia: los mutuos deberes al respeto: no es el país de las garantías una colonia en América, y el ministro español se habría limitado, esta como otras veces, a ejercer su derecho contemplando, como los demás lo ejercen, de la manera que en la procesión ondeaba la bandera de España cercana a la de Cuba, hecho innegable sobre el que el ministro español no ha reclamado”

Y argumenta: “Si como afirma La Colonia, los cubanos fueron invitados como sociedad Benéfica, ¿cómo llevaban, no un estandarte de beneficencia, sino la bandera de un pueblo que combate? Admitida la enseña, se admitía con ella al pueblo batallador que representa”.

Habla sobre los vítores recibidos por los cubanos en la procesión. Pero advierte ¿Que nos hacemos ilusiones? Ilusiones se hacen los que niegan a los hombres el hermoso derecho de conmoverse y admirar. Y aclara: “Np deduzco yo de los vítores que sean reconocidos por los Estados Unidos los derechos cubanos: tengo fe en que el martirio se impone, y en que lo heroico vence. Ni esperamos su reconocimiento, ni lo necesitamos para vencer”.

Pero reconoce: “Sé por mi parte que invitar como agrupación política, no es lo mismo que como a nación; pero es fuerza convenir que implica amor y respeto al pueblo cubano el deseo de que como pueblo figure en la fiesta de la independencia americana”.

Analizando el contenido de los vítores a los cubanos, Martí señala  que si los gobiernos se hacen egoístas, y los pueblos ricos se apegan a su riqueza y obran como avaros viejos, la humanidad es en cambio perpetuamente joven. El entusiasmo no ha tenido nunca canas, puntualiza. Agrega otras palabras de gran valía: “Podrán los gobiernos desconocernos: los pueblos tendrán siempre que amarnos y admirarnos”.

“Las cosas patrias están siempre rebozando en el alma, y hablan demasiado cuando comienzan a hablar”.  Y ante la despectiva palabra de banderita, con la que La Colonia se refiere a nuestra Enseña Nacional, Martí responde: “No banderita; ¡bandera!   No pueblo imbécil que soporta un yugo más imbécil que él; pueblo altísimo que impone a los valientes, amigos o enemigos, respeto, amor y asombro. Y el tema de la bandera lo enardece: “Dignísima bandera que cobija a un pueblo que cuenta siete años de grandeza; que tiene héroes activos y mártires errantes; a la que sobran brazos que la empuñen; que para ser más respetada es más infortunada; que para durar más tiempo tarda más tiempo en desplegarse. Honrar honra”.

Por  último, afirma Martí: “La justicia no menoscaba el valor; antes lo enaltece. Admirar lo admirable  no quita mérito a la defensa de una causa. Negar lo cierto, no la hace más justa”.