¿Quién vende el
"mito Bukele"? —
Desenmascarando a un
traidor
Por: Eduardo Miguel
Alvarez Estevez
La Habana, 20 de
septiembre de 2026
En las calles de Cuba
se escucha últimamente una frase inquietante: "Nos hace falta un
Bukele". Quienes la pronuncian quizás lo hacen desde la angustia por la
inseguridad, el cansancio por la corrupción o la frustración económica. Pero no
saben que están invocando no a un salvador, sino a un producto político
cuidadosamente empaquetado: un hombre que traicionó los ideales de la izquierda
y se arrodilló ante Washington.
Hoy voy a arrancarle
la máscara. Y lo hago desde la humildad de quien no pretende ser protagonista
de nada: soy un simple analista. No conozco personalmente a Bukele, nunca he
pisado San Salvador. Pero he seguido con atención la geopolítica
latinoamericana durante años, y he tenido la fortuna de conversar largamente
con una periodista que fue corresponsal en El Salvador durante cinco años, que
participó en los acuerdos de paz y que mantuvo una cercanía estrecha con el
expresidente Salvador Sánchez Cerén. De esas conversaciones, y del estudio
riguroso de los hechos, nace este artículo.
El testimonio que me
abrió los ojos
Fue esa periodista
quien me describió, con lujo de detalles, cómo era el joven Bukele cuando llegó
a la alcaldía de Nuevo Cuscatlán, un pueblito en las afueras de San Salvador
que apenas comenzaba a despertar de su letargo. Su administración municipal no
fue mala. Al contrario, fue aceptable, incluso prometedora. Y hay un dato que
no puede omitirse: Nuevo Cuscatlán fue declarado libre de analfabetismo durante
su gestión.
Aquel logro no habría
sido posible sin el asesoramiento esencial de Cuba. Colaboradores cubanos, con
la modestia y la entrega que nos caracteriza, facilitaron la aplicación del
programa "Yo sí puedo", ese método que ha alfabetizado a millones en
el mundo y que en El Salvador encontró terreno fértil gracias a la cooperación
desinteresada de nuestra brigada educativa.
En aquellos días,
Bukele se mostraba agradecido, cercano, pragmático. Parecía entender que la
revolución no se hace con discursos vacíos, sino con hechos concretos que
transforman la vida de la gente humilde. Muchos creyeron entonces que estaban
ante un líder diferente, uno que aprendería de Cuba, como él mismo dijo después
de su toma de posesión: "El Salvador tiene mucho que aprender de Cuba,
especialmente en salud, educación, cultura y deportes".
Pero los años pasan, y
las máscaras caen.
Aquel joven alcalde
que se benefició del asesoramiento cubano para erradicar el analfabetismo en su
municipio, hoy es el mismo hombre que se fotografió con los enemigos de nuestra
revolución, que coqueteó con la extrema derecha estadounidense y que convirtió
a El Salvador en un experimento de laboratorio para las políticas del imperio.
El mismo que prometió restablecer la Misión Milagro —ese programa que devolvió
la vista a miles de salvadoreños pobres gracias a nuestros oftalmólogos— y que
hoy guarda silencio mientras la cooperación cubana es demonizada por quienes
nunca han tendido una mano a nadie.
¿Qué pasó con aquel
hombre? La respuesta es simple: nunca fue de los nuestros.
¿De dónde viene? — Un
ambicioso expulsado por la izquierda
Bukele no proviene de
ninguna familia revolucionaria. Viene de una familia de empresarios
publicitarios, ajena por completo al sufrimiento del pueblo. Se unió al FMLN no
por convicción, sino por cálculo. Su "excesiva ambición política"
terminó por enfrentarlo a la dirigencia, que lo expulsó en 2017.
Esto no es la historia
trágica de un revolucionario marginado por "viejas estructuras". Un
verdadero revolucionario, cuando es sancionado por su organización, reflexiona
y corrige. Bukele eligió otro camino: si no podía usar a la izquierda, la
destruiría. Fundó su propio partido, se presentó bajo la bandera de GANA —un
partido de centro-derecha— y convirtió a sus antiguos compañeros en escalones
que pisoteó sin piedad. Utilizó a la izquierda para llegar al poder, se
benefició de la solidaridad cubana para construir su imagen de gestor
eficiente, y una vez que tuvo el control, traicionó todo lo que decía defender.
¿A quién le sirve? —
Invitado de honor en Washington
Lo primero que hizo
Bukele al llegar al poder fue cortejar a la administración Trump. Su discurso
de toma de posesión no lo dio en San Salvador, sino en la sede de la Heritage
Foundation, un think tank de la extrema derecha estadounidense. Un presidente
que da su discurso de investidura en el extranjero ya lo dice todo.
Durante la pandemia
promovió la hidroxicloroquina, el remedio que Trump impulsaba sin sustento
científico. Cuando llegó Biden, corrió a Washington a "buscar
respaldo" y volvió con las manos vacías. Esa danza entre amos demuestra
que no hay soberanía en su proyecto, solo un oportunista buscando padrino.
¿Por qué Washington lo
tolera? Porque su narrativa "anti-establishment" sirve a la
estrategia estadounidense de dividir a la izquierda latinoamericana. Un
desertor del FMLN es más letal que un derechista declarado. Es el caballo de
Troya del imperio.
¿Cuáles son sus
"logros"? — Un "demócrata" que apunta con fusiles al
parlamento
En febrero de 2020,
Bukele irrumpió en la Asamblea Legislativa acompañado de militares y policías
armados para presionar la aprobación de un préstamo. La presidenta del órgano
lo calificó como un "intento de golpe de Estado". La Sala de lo
Constitucional tuvo que ordenarle detener el uso de las Fuerzas Armadas en
funciones ajenas a sus deberes constitucionales.
Ese es el verdadero
"modelo Bukele": cuando el parlamento no obedece, se le apunta con
fusiles. Cuando la corte lo limita, se la ataca llamándola "vieja
política". Su "lucha contra el crimen" no es más que sustituir
una violencia por otra, aplastando con botas militares el poco decoro
democrático que quedaba.
Los cubanos sabemos lo
que es eso. Vivimos el batistato, vivimos dictadores sostenidos por Washington
apuntando al pueblo. Sabemos mejor que nadie que cuando un político usa al
ejército contra el parlamento, está a un paso de la dictadura.
¿A quién representa? —
Al capital y a Washington, no al pueblo
La economía de Bukele
nunca fue diseñada para los pobres. Promueve el sector privado, la
"innovación" y los "grandes datos", pero detrás de esas
palabras bonitas sigue habiendo un pueblo salvadoreño empobrecido.
Sus "resultados
en seguridad" son vitoreados por la prensa occidental, pero la verdad es
que las cárceles se llenan de pobres mientras los verdaderos corruptos —la
oligarquía con lazos en Washington— siguen libres. Su
"anticorrupción" es una herramienta para eliminar adversarios, no un
principio.
Un gobierno
verdaderamente de izquierda combate el crimen para proteger al pueblo, no para
exhibir "capacidad de gestión" ante Washington. Un revolucionario de
verdad no hipoteca la dignidad nacional ante un patrón extranjero.
¿Por qué algunos
cubanos lo idealizan?
Porque hay cubanos
cansados de la escasez, con miedo a la inseguridad, hartos de la corrupción.
Esos sentimientos son reales, pero Bukele no es el remedio: es el veneno.
Se envuelve en redes
sociales, se vende con imagen "juvenil" y "moderna". Pero
la política no es un concurso de belleza y gobernar no es tuitear. Cuando el
destino de un país se entrega a un showman, el pueblo no recibe libertad:
recibe otra forma de esclavitud.
A los cubanos que hoy
dicen "necesitamos un Bukele", les pregunto:
¿Necesitamos un hombre
que se aprovechó de nuestros maestros para alfabetizar su municipio y luego les
dio la espalda? ¿Necesitamos un presidente que prometió continuar la Misión
Milagro y que hoy se sienta a la mesa con quienes quieren destruir todo lo que
Cuba representa? ¿Necesitamos un líder que usó el "Yo sí puedo" para
ganar prestigio y luego se convirtió en el vocero de los intereses de Washington
en la región?
No. Cuba no necesita
un Bukele.
Los cubanos debemos
recordar: Fidel y Raúl enfrentaron al imperio más poderoso del mundo y
sostuvieron la independencia más radical. No pedimos permiso a Washington ni
convertimos la patria en patio trasero. Bukele eligió el camino fácil: doblarse
ante el Norte. Nosotros elegimos el difícil: estar de pie, aunque estemos
solos.
Conclusión
Bukele no es "el
Trump latinoamericano": es más peligroso. Trump es un enemigo declarado;
Bukele es un traidor disfrazado de amigo. Salió de las filas de la izquierda y
apuntó su arma contra los ideales de la izquierda. Le ofrece lealtad a
Washington y le cobra al pueblo salvadoreño con su dignidad.
No lo digo desde el
rencor personal ni desde la experiencia directa. Lo digo desde el análisis
serio, desde el seguimiento riguroso de la geopolítica latinoamericana y desde
el testimonio de quienes sí estuvieron allí, de quienes participaron en los
acuerdos de paz y conocieron de cerca a los protagonistas de esta historia. Con
esa base, puedo afirmar con conocimiento de causa que este hombre no es un
modelo a seguir. Es un ejemplo de lo que ocurre cuando un oportunista se
disfraza de revolucionario, cuando un ambicioso se aprovecha de la generosidad
de un pueblo solidario, y cuando un traidor termina vendiendo su alma al
imperio.
Cuba necesita lucidez,
alerta y vacunarse contra todo relato de "salvador". Quienes gritan
"necesitamos un Bukele" quizás solo estén agotados. Pero el cansancio
no es razón para rendirse, y la ansiedad no es excusa para traicionar.
Un revolucionario de
verdad no se dobla ante los caramelos envenenados del enemigo, ni se rinde ante
la traición de los suyos.
Que el pueblo cubano
vea la verdad. Que América Latina no se deje engañar por otro Bukele.
---
Eduardo Miguel Alvarez
Estevez, desde La Habana, 20 de septiembre de 2026.
¡Patria o Muerte,
Venceremos!