viernes, 29 de noviembre de 2019

Ciro Redondo García, héroe del Moncada del Granma y de la Sierra





. Orlando Guevara Núñez


El 29 de noviembre de 1957 marca la caída del capitán –ascendido póstumamente a comandante- Ciro Redondo García, durante el combate de Mar Verde del Turquino, en la Sierra Maestra.
Había nacido en Artemisa, el 9 de diciembre de 1931, en el seno de una familia humilde. Sobre la juventud y temprana integración de Ciro Redondo a la lucha revolucionaria, diría el Comandante de la Revolución Ramiro Valdés Menéndez durante el acto por el aniversario 50 de la caída del héroe, en su ciudad natal.
“Fue uno de los primeros artemiseños que, apenas ocurrido el infame golpe batistiano del 10 de marzo, se unió a las incipientes células que, de modo resuelto e independiente, organizamos algunos militantes de la Juventud Ortodoxa de este pueblo para enfrentarnos a la tiranía, quienes casi de inmediato hallaríamos en Fidel la guía y el plan revolucionario que estábamos buscando.
“Los que conocimos su seriedad, su disciplina, su valor, no tenemos duda de que Ciro, como lo fue en la guerra, habría sido igualmente un cuadro fundamental en cualquiera de los frentes de la Revolución y de la lucha contra el imperio, después del 1ro. de enero de 1959”.

Ciro había combatido en el asalto al Cuartel Moncada, el 26 de Julio de 1953 y luego sufrió prisión en la entonces Isla de Pinos –hoy Isla de la Juventud- junto a Fidel Castro y el resto de los moncadistas.
Durante el juicio, seguido en Santiago de Cuba a partir del 21 de septiembre de 1953 contra los asaltantes, las declaraciones de Ciro Redondo fueron categóricas: “Vine con la firme convicción de que nuestro ejemplo, en caso de que no triunfáramos, iba a ser beneficioso para Cuba (…) “Vine por voluntad propia, vine a acabar con Batista y si veinte veces tuviera la oportunidad, veinte veces lo haría”.
Había sido condenado a diez años de prisión. Amnistiado en  mayo de 1955, marchó al exilio en México, donde se unió de nuevo a Fidel y vino como expedicionario del Yate Granma, que desembarcó en las costas orientales el 2 de diciembre de 1956 para reiniciar la lucha armada por la libertad de la Patria.
Después del bautizo de fuego de los expedicionarios, en Alegría de Pío, el 5 de diciembre, éstos se dispersaron en diversos grupos. Ciro, con otros tres compañeros,  estuvo en el grupo de Raúl Castro y figuró entre los combatientes que se unieron a Fidel, el 18 de diciembre, en el lugar conocido por Cinco Palmas, momento en que el máximo jefe de la Revolución exclamó la histórica frase de  ¡Ahora sí ganamos la guerra!  Sumaban, en total, ocho hombres con siete fusiles…
Ciro Redondo combatió en La Plata, primera acción victoriosa del naciente Ejército Rebelde, el 17 de enero de 1957, y también en el combate de El Uvero, el 28 de mayo de ese mismo año, participando en otras importantes acciones en la Sierra Maestra.
El 29 de noviembre de 1957, mientras combatía tratando de cercar a la tropa del sanguinario Sánchez Mosquera y rechazar a los refuerzos que venían en auxilio de los enemigos, Ciro Redondo cayó mortalmente de un tiro en la frente, tal como lo testimonió el Che.
En homenaje a este valiente revolucionario, la Columna Invasora Nro. 8, que con el Che como jefe  extendió las acciones guerrilleras hacia el centro del país, llevó su nombre. El humilde trabajador, viajante, hijo del poblado de Artemisa, hoy se recuerda entre los héroes de la Revolución que inspiran los combates presentes, y su legado tiene vigencia para todos los tiempos.

jueves, 28 de noviembre de 2019

30 de noviembre de 1956 Combate y solidaridad




                                              
 .Orlando Guevara Núñez
El amanecer del 30 de noviembre de 1956, la ciudad de Santiago de Cuba era escenario de otra clarinada rebelde, como lo había sido el 26 de julio de 1953. De nuevo el combate armado contra la tiranía batistiana. Y una vez más, el pueblo respaldando a los revolucionarios, protegiéndolos, compartiendo los riesgos frente a esbirros y asesinos.
El Movimiento Revolucionario 26 de Julio no había dispuesto de  mucho tiempo para organizar el levantamiento. Casto Amador Hernández, uno de los combatientes destacados en la preparación y ejecución de las acciones de ese día, escribiría más tarde que fue a mediados de octubre de 1956 cuando Frank País García había comunicado a los responsables del M-26-7 la necesidad de acelerar los preparativos y capacitación del personal para el acontecimiento que tendría lugar a finales de ese año.
La idea era que los grupos revolucionarios actuaran unos en el ataque directo a las instalaciones militares y otros en la realización de sabotajes en los centros de servicios públicos, alumbrado, teléfonos, así como el bloqueo de las bocacalles de acceso al cuartel Moncada y demás guaridas de la tiranía.
Pero - según testimonio del propio Casto Amador, en un artículo escrito en diciembre de 1959 - cuando se determina que la esperada acción debía producirse ese  30 de noviembre, quedaba muy poco tiempo para planear el asalto, lo cual implicó cambios de misiones en los grupos. Como ya se conoce, uno de los objetivos, la fortaleza del Moncada, que debía ser blanco de un mortero y bloqueada para impedir la salida de los militares, falló por haber caído presos la noche anterior los encargados de la acción. La Policía Marítima fue atacada y tomada. Y en la Estación de la Policía Nacional, atacada e incendiada, tuvo lugar el mayor enfrentamiento.
Tres grupos acudirían al ataque de esta última guarnición, situada en La Loma del Intendente, en plena ciudad. Uno capitaneado por Pepito Tey, otro por Otto Parellada y un tercero por Paquito Cruz, imposibilitado de participar por haber sido apresado durante la noche por los esbirros batistianos.
Cierto es que la organización del alzamiento armado del 30 de noviembre de 1956 en Santiago de Cuba no fue descubierto. Pero sí se sabe que el enemigo estaba receloso, lo que prueba el hecho de que se había acuartelado en sus madrigueras. La superioridad en hombres y en armas estaba completamente a su favor.
En su artículo sobre los hechos de ese día, Casto Amador se refiere al armamento de los grupos que atacaron  la Estación de la Policía Nacional. El grupo de Pepito Tey: Una carabina M-1, una escopeta calibre 12, más 8 ó 10 rifles Mendoza y un par de Springfield. Los combatientes al mando de Otto Parellada contaban con una carabina M-1, un rifle de caza mayor Winchester 30 especial, un rifle calibre 22 automático, una pistola calibre 22 y otra 32, así como un rifle Mendoza. El otro grupo, que atacaría por el frente junto al de Pepito, contaba - explica Casto Amador-  con las mejores armas, entre ellas una 30 brasilera, una 45 Thompson y una pistola.
A los pocos minutos de iniciado el combate, cae herido de muerte Pepito Tey. Otro jefe de grupo, Otto Parellada, es alcanzado por un disparo en la cabeza y muere en el instante. El otro que ofrendaría su vida ese día, sería Tony Alomá.
El combate se prolonga sin que los revolucionarios puedan tomar la Estación de Policía. Hasta que deciden la retirada, no sin antes incendiar la instalación militar.
Esta vez, contrariamente a lo que sucedió en los primeros momentos cuando el asalto al Moncada, el pueblo sabía que había combatientes revolucionarios. Muchos los habían visto ya vistiendo el uniforme verde olivo, con el rojinegro brazalete del 26 de Julio, gritando ¡Abajo Batista! , ¡Viva Fidel! y ¡Viva la Revolución!
Y entonces la solidaridad del pueblo se sumó a la causa de los jóvenes combatientes del Movimiento Revolucionario 26 de Julio.
Un combatiente, acorralado, rompe una puerta, penetra en una vivienda y un hombre lo acoge, le consigue ropas para él y otros, a la vez que les muestra el lugar, por los techos, para su escape. Otros tres irrumpen en otra casa, donde son puestas a salvo y ocultadas sus armas. Allí acuden otros combatientes. Más de 200 personas aglomeradas en el lugar los habían visto. Un jeep y un carro microonda de los esbirros daban vueltas incesantes a la manzana ¡No es cubano quien diga que aquí están escondidos los muchachos!, exclamó alguien, arengando a los presentes. Nadie habló. Hasta que burlando a los perseguidores, los jóvenes salieron del escondite y se incorporaron a la muchedumbre, salvando así su vida.
Hechos como éstos, se repetían en toda la ciudad. Los disparos parecían romper cerrojos. Y muchas puertas se abrían a la solidaridad con los revolucionarios. La heroína Vilma Espìn Guillois, una de las participantes en la acción del 30 de noviembre, al recordar el respaldo del pueblo a los revolucionarios, le daría a esta ciudad un calificativo que la enaltece: la ciudad sin cerrojos.
Una imagen más exacta de lo sucedido ese día, lo narraría poco después el máximo jefe del alzamiento, Frank País García.
“La población entera de Santiago, enardecida y aliada a los revolucionarios, cooperó unánimemente con nosotros. Cuidaba a los heridos, escondía a los hombres armados, guardaba las armas y los uniformes de los perseguidos; nos alentaba, nos prestaba las casas y vigilaba de lugar en lugar, avisándonos del movimiento del Ejército. Era hermoso el espectáculo de un pueblo cooperando con toda valentía en los momentos más difíciles de la lucha”.
El yate Granma llegaría dos días después a las costas cubanas -el 2 de diciembre- iniciándose así la lucha guerrillera que concluiría con la victoria revolucionaria del 1ro. de enero de 1959.
Muchos de los heroicos combatientes del 30 de noviembre de 1956 en Santiago de Cuba, integrarían el primer refuerzo de  más de 50 hombres que en marzo de 1957 subiría a la Sierra Maestra para incorporarse al Ejército Rebelde. Otros continuarían en el rigor de la lucha clandestina, como seguros bastiones de la guerra  revolucionaria contra la dictadura batistiana.

martes, 26 de noviembre de 2019

Cuando se muere en brazos De la patria agradecida, La muerte acaba, la prisión se rompe; ¡Empieza al fin con el morir, la vida!



 .Orlando Guevara Núñez


Este legado martiano, forma parte de su poema A mis hermanos muertos el 27 de noviembre, escrito en 1872 en España,  a donde había sido deportado el año anterior, como castigo a su osadía de desafiar al colonialismo  y  defender las ideas independentistas.
Martí tenía entonces solo 19 años de edad. Y expresó en su canto el dolor inmenso por los ocho estudiantes que, siendo inocentes, pasaron a formar parte del martirologio cubano.
Lloré, lloré de espanto y amargura:
Cuando el amor o el entusiasmo llora,
Se siente a Dios, y se idolatra y se ora,
¡Cuando se llora como yo, se jura!
 El poema, luego de transformar el dolor en compromiso con los caídos, cierra
con un reto de Martí a los asesinos:
¡Déspota, mira  aquí como tu ciego
Anhelo ansioso contra ti conspira:
Mira tu afán y tu impotencia, y luego
Ese cadáver que venciste mira,
Que murió con un himno en la garganta,
Que entre tus brazos, mutilado expira
Y en brazos de la gloria se levanta!
No te pare el que gime y el que llora:
¡Mata, déspota, mata!
¡Para el que muere a tu furor impío,
El cielo se abre, el mundo se dilata!
Durante el juicio por los hechos del 26 de julio de 1953, el joven revolucionario Fidel Castro afirmó que José Martí era el verdadero autor intelectual del asalto. Y una confirmación de la presencia allí de nuestro Héroe Nacional, es que en su alegato de auto defensa La historia me absolverá, entre las varias citas martianas, al referirse a sus hermanos caídos – seis en combate y 55 asesinados- Fidel  toma dos partes de ese poema.
Uno, el ya citado Cuando se muere en brazos de la patria agradecida… Otro, el inicial:
Cadáveres amados los que un día,
Ensueños fuisteis de la patria mía,
Arrojad, arrojad sobre mi frente
Polvo de vuestros huesos carcomidos!
¡Tocad mi corazón con vuestras manos!
¡Gemid a mis oídos!
¡Cada uno ha de ser de mis gemidos
Lágrimas de uno más de los tiranos!
¡Andad a mi redor; vagad en tanto
Que mi ser vuestro espíritu recibe,
Y dadme de las tumbas el espanto,
Que es poco ya para llorar el llanto
Cuando en infame esclavitud se vive!
El mismo sentimiento de Martí y de Fidel ante los hermanos caídos. En ambos, los mártires son  fuerza alimentadora de la lucha.
Al evocar Fidel a los caídos en el Moncada citó otro pensamiento martiano conocido por los cubanos:
(…) Hay un límite al llanto sobre las sepulturas de los muertos, y es el amor infinito a la patria y la gloria que se jura sobre sus cuerpos, y que no teme ni se abate, ni se debilita jamás; porque los cuerpos de los mártires son el altar más hermoso de la honra.
Esas palabras martianas fueron escritas por Martí en Madrid, España, el 27 de noviembre de 1872 y  reproducidas  en hojas sueltas, pegadas en lugares cercanos a la Corte española y comentadas favorablemente por varios periódicos, según testimonio de Fermín Valdés Domínguez, amigo del Apóstol de la independencia cubana.

Escasos, como los montes, son los hombres que saben mirar desde ellos




.Orlando Guevara Núñez

Hasta ahí conocía ese pensamiento martiano. Pero no se detuvo en ese punto.
En carta a su amigo dominicano  Federico Hernández y Carvajal, firmada el 25 de marzo de 1895,  en Montecristi,  puede leerse la oración completa, que continúa: y sienten  con entrañas de nación, o de humanidad.
Martí está contestando una misiva del catedrático amigo. Le habla sobre la responsabilidad de la lucha en Cuba.  “Yo evoqué la guerra: mi responsabilidad comienza con ella, en vez de acabar. Para mí la patria no será nunca triunfo,  sino agonía y deber. Ya arde la sangre. Ahora hay que dar respeto y sentido humano al sacrificio (…)
“Quien piensa en sí no ama a la patria, afirma. Y  en otra parte de la misiva escribe: “Yo alzaré al mundo. Pero mi único deseo sería pegarme allí, al último tronco, al último peleador: morir callado”.
Pero Martí no está pensando solamente en Cuba. Por eso afirma a su amigo: Para mí, ya es hora. Pero aún puedo servir a este único corazón de nuestras repúblicas. Las Antillas libres salvarán la independencia de nuestra América, y el honor ya dudoso y lastimado de la América inglesa, y acaso acelerarán y fijarán el equilibrio del mundo”
La despedida es emotiva:  “Me arranco de  Vd., y le dejo, con mi abrazo entrañable, el ruego de que en mi nombre, que solo vale por ser hoy el de mi patria, agradezca, por hoy y para mañana, cuanta justicia y caridad reciba Cuba. A quien me la ama, le digo en un gran grito: hermano. Y no tengo más hermanos que los que me la aman”
“Adiós y a mis nobles e indulgentes amigos. Debo a Vd. Un goce de altura y de limpieza, en lo áspero y feo de este universo humano. Levante bien la voz: que si caigo será también por la independencia de su patria”.