viernes, 29 de julio de 2016

Aniversario 63 del 26 de Julio: Frank País ante el asalto al Moncada


.Orlando Guevara Núñez

Cuando se produjo el asalto a los cuarteles Moncada, en Santiago de Cuba, y Carlos Manuel de Céspedes, en Bayamo, el 26 de julio de 1953, el entonces joven estudiante, Frank País García, estuvo entre los santiagueros que de inmediato trataron de conocer lo que sucedía. Y  su primera reacción fue solidarizarse con los asaltantes.
Dos días después de esos hechos, escribiría a su novia Elia Frómeta:
(…) No estoy mezclado en absolutamente nada, pero quisiera. Ese día salí a la calle buscando quien tuviera un rifle o un revólver y suerte para ellos que no lo encontré, porque si no, por cada bala que me hubieran dado me hubiera llevado a uno (…)
(…) Los jóvenes se marcharon a Siboney, luego a la Gran Piedra y demás lomas, donde los guapos ahora los están persiguiendo como a perros. A todos los matan. A los que se rinden también. Imagínate, ellos que no conocen esos lugares, los matan como a mosquitos. Son unos asesinos. Quieren desquitarse como cobardes lo que no supieron defender como hombres cuando tenían que hacerlo. Me dio una rabia y un dolor ver como morían y mueren decenas de muchachos jóvenes. Yo los llegué a ver el domingo por la noche, porque me llegué a colar con un grupo que traía un soldado herido. Estaban todavía tirados en el suelo, todos llenos de sangre, de balas y de honor. Jovencitos algunos, que no tenían ni barba siquiera. Uno colgado de un árbol, las piernas al aire y los pies en el suelo, mientras el cuerpo se bamboleaba en el aire. Era algo horrible y más horrible aún el asesinato que están cometiendo por esas lomas sin que nadie los vea. Asesinos y cobardes.
El 29 de julio, escribe Frank a su amiga Ruth Gaínza:
“A mí me da una rabia y un sentimiento y te digo que esa mañana salí con un grupo buscando armas y te digo que si las hubiera encontrado a estas horas estaría yo también peleando con ellos. Me da muchísimo dolor que los estén asesinando así y yo con los brazos cruzados, viviendo cómodo en mi casa, es como para desesperar a cualquiera”.
Es conocido que Frank País tuvo la idea de rescatar a los moncadistas presos en la cárcel de Boniato, proyecto  que no llegó a fraguarse.
Su indignación la volcó en un artículo que tituló ¡Asesinato!  y salió a la calle de forma clandestina en los primeros días del mes de agosto. Era una demoledora denuncia a los crímenes del Moncada. Por ese manifiesto, Frank fue detenido y permaneció varios días preso, hasta ser absuelto debido a que no se pudo probar su autoría.
En  aquellos convulsos días que sucedieron al Moncada,  la actividad  revolucionaria continuó en ascenso. Crecieron las luchas estudiantiles y,  en el fragor de éstas, se fueron forjando los cuadros. En esa etapa irrumpieron en el escenario varias organizaciones cuyo postulado era la lucha contra la tiranía, incluyendo la vía armada.
Frank,  al tiempo que mantenía la lucha estudiantil, tuvo contacto con líderes de estas organizaciones. Pero pronto llegó a la conclusión de que ninguna estaba dispuesta  a una lucha resuelta, por la vía armada, contra el dictador.  Aún así, no rompió los vínculos con ninguna, aspirando a la posibilidad de obtener armas para sus planes futuros.
Hasta que se corona la aspiración del líder revolucionario santiaguero: la creación de una organización propia con el fin de conducir la lucha armada, tomando como paradigma la acción dirigida por Fidel Castro el 26 de julio de 1953.Surge así Acción Revolucionaria Oriental (ARO) a fines de 1954, cuando ya Frank País y Pepito Tey han matriculado la carrera de Pedagogía en la Universidad de Oriente.
En ARO, Frank País aglutina a un reducido número de combatientes ya probados en la lucha, a los que comienza a preparar para las misiones futuras. La tarea esencial consistía en obtener  armas, recaudar fondos, captar nuevos ingresos, sobre la base de una rigurosa selección y apartarse de toda actividad pública contra el régimen, requisito que desde  meses antes estaba cumpliendo.
ARO se transforma pronto en Acción Nacional Revolucionaria (ANR) hasta que en julio de 1955 se produce un hecho que retrata a Frank País en toda su dimensión  como hombre de acción y de ideas políticas: su ingreso al Movimiento Revolucionario 26 de Julio, poniendo a disposición de Fidel su organización, sus hombres, sus armas y su propia persona.
Para esa fecha, el héroe de la lucha clandestina había tenido la oportunidad de estudiar La historia me absolverá. La acciones del 26 de julio, el programa expuesto por Fidel,  las vías para derrocar a la dictadura y realizar  luego las transformaciones revolucionarias, habían calado en lo más hondo de la conciencia de Frank País.
Vendrían luego sus visitas a México para concretar con Fidel  el reinicio de la lucha armada, las acciones para apoyar el desembarco del Granma, su designación como jefe nacional de Acción del Movimiento Revolucionario 26 de Julio. El 30 de noviembre de 1956, bajo su jefatura, se produce el Alzamiento de Santiago de Cuba, primer combate armado contra la tiranía después de los del 26 de julio de 1953.
Desde la clandestinidad, Frank País fue un decisivo puntal en el apoyo a la lucha guerrillera en la Sierra Maestra. El envío de un refuerzo de más de medio centenar de combatientes,  armas, parque, ropa y otros medios, es solo un ejemplo.
Llegó a ser el máximo jefe nacional del Movimiento Revolucionario 26 de Julio en el llano. Fidel en las montañas y Frank en el llano, fueron las dos máximas figuras de la Revolución, hasta su caída, asesinado, en Santiago de Cuba, el 30 de julio de 1957, cuando no había cumplido aún los 23 años de edad.


Aniversario 63 del 26 de Julio: Los soldados no escapaban de las garras explotadoras



     
.Orlando Guevara Núñez
El año en que se produce al asalto a los cuarteles Moncada, en Santiago de Cuba, y Carlos Manuel de Céspedes, en Bayamo (1953) estuvo marcado
- al contrario de lo afirmado por defensores de aquel régimen de oprobio- por graves problemas económicos.
En ese período, según análisis del economista Raúl Cepero Bonilla, publicado antes del 26 de Julio de 1953, hubo  “Reducción de los ingresos de los obreros por la limitación de la zafra y las rebajas de salarios; contracción de toda actividad económica y comercial; industrias paralizadas (construcción) y semiparalizadas (textil); cesantías y rebaja de salarios; crisis del transporte e incosteabilidad”.
Otros datos reafirman lo anteriormente expuesto. En ese año, el costo de la vida se incrementó en un 15  por ciento; los obreros devengaron 96 millones de pesos menos que en el año anterior; las cesantías arrebataron el empleo a 600 000 cubanos equivalentes a la tercera parte de la fuerza laboral del país, al tiempo que entraron en vigor más de 40 nuevos impuestos y 140 modificaciones a los ya existentes. Todo en detrimento del bienestar de la población.
De esas crisis no escapaban los soldados que sostenían a la tiranía de Fulgencio Batista, obligados a enfrentar, atropellar y asesinar al pueblo para mantener en el poder a un grupo de ladrones que de la noche a la mañana, luego del golpe de estado del 10 de marzo de 1952, se convirtieron en grandes jefes militares y acumularon fraudulentas riquezas.
En el propio mes de julio de 1953, el salario básico mensual de un soldado de primera quedó reducido a sólo 30 pesos, mientras que el de un Guardia Rural, que tantos abusos cometieron contra los campesinos, bajaba a 27,25 y los soldados rasos ganaban 25 pesos con 25 centavos. Una Ley- Decreto, dictada exactamente cuatro días antes del asalto moncadista, llevaba los salarios en las fuerzas armadas, incluidas la Marina y la Policía, a los irrisorios niveles de 1942. En esa fecha, Cuba contaba con un ejército de 21 328  miembros.
El propio Fidel Castro, antes del 26 de julio de 1953, había denunciado públicamente las penurias de los soldados cubanos, explotados y humillados por jefes que los utilizaban hasta como trabajadores esclavizados. Lo hizo cuando ninguna otra voz se atrevió a hacerlo.
Y esa denuncia se realizó de nuevo por Fidel, el 16 de octubre de 1953, durante su alegato de autodefensa ante el tribunal que lo juzgaba por las acciones del 26 de julio de ese año. En esa intervención, conocida como La historia me absolverá, planteó el máximo jefe revolucionario:
“Era en aquel tiempo el periódico Alerta uno de los más leídos por la posición que mantenía entonces en la política nacional, y desde sus páginas realicé una memorable campaña contra el sistema de trabajos forzados a que estaban sometidos los soldados en las fincas privadas de los altos personajes civiles y militares, aportando datos, fotografías, películas y pruebas de todas clases con las que me presenté también ante los tribunales denunciando el hecho el día 3 de marzo de 1952”.
Con una clara visión política, Fidel definió entonces que la lucha no era contra los soldados, sino contra los usurpadores del poder. “El soldado, dijo, es un hombre de carne y hueso, que piensa, que observa y que siente. Es susceptible a la influencia de las opiniones, creencias, simpatías y antipatías del pueblo. (…) Le afectan exactamente los mismos problemas que a los demás ciudadanos conciernen: subsistencia, alquiler, la educación de los hijos, el porvenir de estos, etcétera. (…)
En otra parte de esa histórica intervención, rodeado precisamente de soldados armados con bayonetas, expresó Fidel:  “Y digo también que si es para servir a la República, defender a la nación, respetar al pueblo y proteger al ciudadano, es justo que un soldado gane por lo menos cien pesos; pero si es para matar y asesinar, para oprimir al pueblo, traicionar a la nación y defender los intereses de un grupito, no merece que la República se gaste ni un solo centavo en ejército, y el campamento de Columbia debe convertirse en una escuela e instalar allí, en vez de soldados, diez mil niños huérfanos”.
Aquella deprimente situación de los soldados de la tiranía batistiana, era resumida por el jefe moncadista con pocas y sentidas palabras: “Guardias triples, acuartelamiento constante, zozobra perenne, enemistad de la ciudadanía, incertidumbre del porvenir”.  Y una afirmación sobre lo ofrecido por el gobierno a los soldados, corroborada después del triunfo revolucionario: “Muere por el régimen, soldado, dale tu sudor y tu sangre, te dedicaremos un discurso y un ascenso póstumo (cuando ya no te importe), y después… seguiremos viviendo bien y haciéndonos ricos; mata, atropella, oprime al pueblo, que cuando el pueblo se canse y esto se acabe, tú pagarás nuestros crímenes y nosotros nos iremos a vivir como príncipes en el extranjero; y si volvemos algún día, no toques tú ni tus hijos en la puerta de nuestros palacetes, porque seremos millonarios y los millonarios no conocen a los pobres” (…).
Desde el mismo día del triunfo del 1ro. de enero de 1959, esos criminales cuyas riquezas y abusos fueron defendidas por los soldados, marcharon hacia los Estados Unidos, donde fueron recibidos como héroes. Los que no tuvieron la oportunidad de salir y habían cometido crímenes pagaron por ellos ante la justicia revolucionaria.
Sólo los soldados involucrados en esos crímenes, fueron sometidos a  los Tribunales Revolucionarios. La inmensa mayoría de los integrantes de ese ejército quedaron en libertad, con la oportunidad de integrarse a la sociedad con los mismos derechos que los demás ciudadanos. La Revolución fue valiente en la lucha y generosa en la victoria.
Así, sin temor a equívocos, puede afirmarse que los revolucionarios cubanos lucharon también por la libertad y el bienestar de quienes sostenían la estructura social que oprimía al pueblo y contra quienes fue necesario combatir durante siete largos años, a un costo de  20 000 cubanos muertos.

jueves, 28 de julio de 2016

Aniversario 63 del 26 de de Julio: Detrás de cada disparo



.Orlando Guevara Núñez

La historia ha confirmado una verdad inobjetable sobre las acciones del 26 de julio de 1953, cuando, bajo la jefatura de Fidel Castro,  fueron asaltados los cuarteles Moncada, en Santiago de Cuba, y Carlos Manuel de Céspedes, en Bayamo. Allí, más que contra dos posiciones enemigas  y  los militares que las defendían, se combatió contra un sistema social injusto.
¿De dónde procedían los asaltantes?  Eran jóvenes obreros, campesinos, estudiantes, humildes trabajadores que representaban a las grandes masas oprimidas y sin derechos. No había entre ellos ningún rico, ningún político corrupto, ningún aspirante a triunfar para ganar posiciones. Todos estuvieron inspirados en el deseo de derrocar a la tiranía para alcanzar la libertad y soberanía plenas de Cuba, para solucionar los grandes problemas políticos, económicos y sociales que aquejaban a la nación cubana.
Si se quiere una confirmación sobre esa verdad, he aquí la composición social de los 61 jóvenes que ofrendaron su vida en estas acciones, de los que solo seis cayeron en combate y 55 asesinados luego de ser hechos prisioneros.
Siete  constructores. Dos obreros de tejares. Un obrero de pedrería. Dos carpinteros. Dos constructores de muebles. Siete obreros agrícolas y campesinos. Un mecánico de refrigeración. Dos choferes y un ayudante de chofer. Dos braceros de muelles. Dos cocineros. Un obrero sin especialidad. Un cantinero. Un gastronómico. Un panadero. Un chapista. Un empleado de cervecería. Dos zapateros. Dos empleados de oficina. Un médico. Un empleado de banco. Dos viajantes de comercio. Dos fotógrafos, empleados. Un estudiante.  Un maestro, poeta. Un comisionista de buques, que  ayudaba a su padre en esta tarea.  Un estudiante, viajante de medicina.  Un dependiente de comercio. Un estudiante, profesor, oficinista. Un empleado de comercio. Un trabajador eléctrico. Un empleado de funeraria. Un trabajador del comercio. Dos parqueadores. Un deportista. Un vendedor de ostiones (eventual) Un vendedor de flores. Un obrero cíclico.
Otros muchos que sobrevivieron, eran de la misma extracción humilde. Y el propio jefe del asalto, cuyos padres tenían una posición acomodada, había renunciado a sus bienes para dedicarlo todo a la causa del pueblo.
Esa realidad desconcertó incluso al tirano Fulgencio Batista, quien, acostumbrado a los rejuegos y luchas de poder entre los políticos  corruptos, no tuvo otra alternativa que mentir, sin escrúpulos de ningún tipo, ante la opinión pública.
Así, al día siguiente de los hechos del 26 de julio, el tirano afirmaría que los asaltantes “habían sido reclutados entre mercenarios nacionales y extranjeros”. Y acusó al presidente derrocado por él mediante el golpe de estado del 10 de marzo de 1952 –Carlos Prío Socarrás- de haber financiado con un millón de pesos las acciones.
En su cinismo sin par, el dictador afirmó: “Los hombres amillonados, como si se acolchonaran sobre sus montones de billetes, anuncian revoluciones, arman brazos, compran armas en el extranjero, se gastan a raudales el capital en tierra extraña, y no basta con haber saqueado el tesoro, con haber dañado la salud del pueblo, con haber herido profundamente la economía nacional; no, es necesario desprestigiar a la República, hacer correr la sangre, pero no con riesgos de su vida. Ellos, desde allá entre colchones de billetes y de seda, maniobran malévolamente y los que han caído son anónimos civiles y no hay ningún cabecilla visible”.
Esto lo afirmaba el hombre que en su anterior período presidencia había robado más de 40 millones de pesos al tesoro público. Y robaría mucho más entre 1952-1958, cuando, entre otras muchas propiedades y negocios turbios, llegó a contar con nueve centrales azucareros, un banco, tres aerolíneas, una papelera, una transportista por carretera, una productora de gas, dos moteles, varias emisoras de radio y de televisión, revistas, una fábrica de materiales de construcción, un centro turístico, varios inmuebles rurales y urbanos, varias colonias y firmas norteamericanas, junto a disímiles propiedades que, en muchos casos, aparecían disfrazadas con otros nombres.
Sin embargo, el jefe del asalto del 26 de julio, Fidel Castro, quien había estado en la primera línea del combate, arriesgando su vida y salvándola milagrosamente, al ser hecho prisionero el 1ro. de agosto de 1953, poseía como único capital financiero ocho billetes de un peso. Solo era millonario en moral y patriotismo, en lo que eran pordioseros todos los  jefes militares de la tiranía.
Fulgencio Batista calificaba a los héroes del 26 de julio como mercenarios nacionales y extranjeros. Lo hacía frente a la  realidad de que eran luchadores honestos contra los opresores nacionales y extranjeros, quienes  fueron clasificados en el libro Los propietarios de Cuba 1958, de Guillermo Jiménez, en su procedencia. De los 551 más influyentes y poderosos de esa oligarquía, residentes en el país, 65 eran españoles, 24 norteamericanos y otros de un mosaico de nacionalidades. Sobresalían, desde luego, los monopolios, latifundios y otras propiedades norteamericanas. 
Pero esta vez la lucha no sería entre lobos. Sería de personas honradas, patriotas y revolucionarias, contra los lobos. El Moncada fue un fracaso desde el punto de vista militar; pero fue una victoria política, porque marcó el inicio de una nueva etapa de lucha, la última, del pueblo cubano por su verdadera redención.
Está claro también que la lucha no fue contra los soldados. En aquel momento, los efectivos militares en el país sumaban algo más de 21 300. Los grandes jefes se enriquecían, mientras la inmensa mayoría obtenían sueldos irrisorios para defender los intereses de los explotadores y asesinos.
Un hecho que demuestra la incapacidad de la tiranía para entender las razones que impulsaron a aquel grupo de jóvenes al combate del 26 de julio de 1953, es la recogida que se hizo de políticos tradicionales y opositores al régimen batistiano, quienes fueron juzgados en el mismo juicio a los revolucionarios. El total de 59,  tuvieron que se absueltos, por no haber tenido relación alguna con la insurrección.
Fue el juicio a uno de estos políticos, el doctor Ramiro Arango Alsina,  el que dio lugar a una afirmación de Fidel Castro que se ha hecho universal. El acusado, que ejercía su propia defensa, preguntó a Fidel si no era cierto que él  -Ramiro- no era el autor intelectual del asalto, a lo que el jefe revolucionario respondió: “Nadie debe preocuparse de que lo acusen de ser autor intelectual de la Revolución, porque el único autor intelectual del Moncada es José Martí, el apóstol de nuestra independencia”.
Las armas insurrectas  del 26 de julio de 1953, apuntaron contra el corazón de una sociedad injusta. Hoy  la obra construida y defendida, así lo confirman. Esa es la verdad histórica detrás de cada disparo de los asaltantes moncadistas.

Flores y homenaje para las dos heroínas del Moncada



.Orlando Guevara Núñez
Las heroínas del Moncada, Haydée Santamaría Cuadrado y Melba Hernández Rodríguez del Rey, recibieron el homenaje de una representación del pueblo santiaguero, junto a los nichos que atesoran sus restos, en el Panteón de los Mártires del 26 de Julio, en el cementerio Santa Ifigenia.
Estas dos ejemplares revolucionarias, símbolos del heroísmo de la mujer cubana, unidas en la lucha por la libertad primero y en la construcción y defensa de la Revolución después, se unen también en la historia por la fecha del 28 de julio.
Melba nació ese día de 1921, hace  95 años, mientras que Haydée falleció el 28 de julio de 1980, por lo que se cumplen ahora 36 años de su deceso.
Tras el depósito de ofrendas florales en nombre del pueblo de Cuba, Teresa Quevedo Santana, integrante del Secretariado Municipal de la Federación de Mujeres Cubanas en Santiago de Cuba, reseñó la trayectoria de las dos luchadoras, siempre junto a Fidel, de quienes dijo que  son admiradas por nuestro pueblo, pues “ en ellas se simboliza la gloria de la mujer cubana de la gesta revolucionaria, como fervientes seguidoras de Mariana Grajales”.