Liberar a los cuatro héroes cubanos que permanecen prisioneros en los Estados Unidos, no equivale a otorgarles perdón, sino a pedirles perdón por la injusticia cometida contra ellos. Están presos por ser antiterroristas, por ser cubanos, por defender a su pueblo contra los ataques de los terroristas anticubanos que radican en Estados Unidos y desde allí actúan con impunidad y apoyo para alargar la lista de crímenes contra nuestro pueblo. Obama no fue quien engendró esa injusticia, pero la ha apoyado y mantenido.
jueves, 12 de septiembre de 2013
miércoles, 11 de septiembre de 2013
Las razones de los Cinco
.Orlando Guevara Núñez
Los cinco cubanos presos injustamente- desde hace 15 aaños- en cárceles de
los Estados Unidos, tuvieron razones suficientes para infiltrarse entre los
grupos terroristas que desde ese país fraguan planes para destruir a la Revolución,
asesinar a nuestros dirigentes y regresar a Cuba el capitalismo salvaje ya
trascendido por el socialismo.
Esa historia comenzó desde el mismo triunfo de la
Revolución cubana, cuando aún su
carácter socialista no había sido proclamado.
El 17 de marzo de 1960, fue aprobado por el gobierno
de Dwight D. Eisenhower el llamado Proyecto
de acción encubierta contra el régimen de Castro. Y el 18 de enero de 1962,
se aprobó también el Proyecto Cuba,
con 32 tareas de guerra encubierta, que tendrían aplicación mediante la
conocida Operación Mangosta, con los
más brutales métodos de terror y crimen contra el pueblo cubano.
Centenares de ataques piratas por aire y mar,
formación de bandas contrarrevolucionarias organizadas, entrenadas, armadas y
dirigidas por la Agencia Central de Inteligencia (CIA), infiltraciones de
agentes, sabotajes y otros actos hostiles, forman parte de esta bochornosa
historia.
Datos recogidos en la Demanda del pueblo de Cuba al gobierno de los Estados Unidos por daños
humanos, de los cuales es responsable ese Estado agresor y terrorista-
documento emitido en mayo de 1999- demuestran el vandalismo de esa poderosa
nación llamada civilizada contra un pueblo pequeño cuyo delito único es
defender su libertad y no someterse a los dictámenes imperiales.
Tal como lo reconoció el entonces Inspector General
de la CIA, para fraguar sus planes en Cuba contaban, en enero de 1960, con 40
personas, cifra que ascendió a 588 en abril de 1961. Una de sus aspiraciones siempre
fracasadas ha sido la de crear una oposición interna capaz de triunfar frente a
la Revolución.
Solo desde septiembre de 1960 hasta marzo de 1961,
fueron realizadas en Cuba 12 operaciones aéreas para el transporte de armas,
municiones, explosivos y otros medios para sabotajes, armar bandas mercenarias
y cometer numerosos crímenes contra obreros, campesinos, maestros y personas
humildes, entre ellas ancianos, mujeres y niños.
Entre 1959 y 1965, fueron creadas y actuaron en
disímiles puntos del país, 299 bandas con 3 995 mercenarios. Miles de
combatientes de las Fuerzas Armadas Revolucionarias, del Ministerio del
Interior y de las Milicias Nacionales Revolucionarias, integradas
principalmente por obreros, campesinos y estudiantes, desarticularon esos
grupos y los eliminaron por completo en 1965. La pérdida de la vida de 549
patriotas y centenares de heridos, fue el costo para Cuba.
Una de las páginas más sangrientas de las agresiones
del gobierno de los Estados Unidos contra Cuba, fue la invasión de Playa Girón,
en abril de 1961. Unos 1 500 mercenarios
reclutados, entrenados, armados,
financiados, dirigidos y transportados hasta nuestro suelo con medios del
gobierno yanqui, desembarcaron con el objetivo de crear aquí una cabeza de
playa, donde proclamarían una jefatura que sería apoyada por la intervención
norteamericana. Su destrucción en menos de 72 horas por las fuerzas cubanas,
con su Comandante en Jefe Fidel Castro al frente, pulverizó la macabra
intención.
Fue una invasión dotada de poderosos recursos, que
costó al gobierno de los Estados Unidos- más bien a los contribuyentes de ese
país, una suma superior a los 45 millones de dólares.
Los mercenarios fueron apoyados por 16 aviones de
combate B-26, seis aviones de transporte del tipo C-46 y ocho C-54; dos
aparatos anfibios tipo Catalina, cinco tanques Sherman del tipo M-41, con
cañones de 76 milímetros y diez carros blindados y artillados con
ametralladoras 50, más 75 bazucas, 60 morteros de diversos calibres y 21
cañones sin retroceso de 75 y 57 milímetros, portaban 44 ametralladoras calibre
50 y 39 calibre 30, entre pesadas y ligeras. A este arsenal se sumaban ocho
lanzallamas, 22 000 granadas de mano, 108 fusiles automáticos Browning, 470
subametralladoras M-3, y 635 fusiles Garand y carabinas M-1, además de 465
pistolas y otras armas ligeras.
.No eran armas para liberar a Cuba, sino para
asesinar a cubanos y reinstalar en el poder a quienes habían sido expulsados
por el pueblo tras una guerra que derrotó a la tiranía respaldada por el
gobierno de los Estados Unidos, causante, durante siete años, de la muerte de
más de 20 000 cubanos. Entre los “patriotas” venían esbirros de la tiranía,
asesinos, latifundistas, grandes propietarios y elementos corrompidos, con el
fin de recuperar sus privilegios. Un
total de 176 muertos y más de 300 heridos fue el costo para Cuba de esa brutal
agresión.
Antes de ese hecho, se había producido el sabotaje
al vapor francés La Coubre, en la capital cubana. Esta embarcación traía armas
para la defensa del país contra las agresiones de que era objeto. El 4 de marzo
de 1960, murieron allí 101 cubanos y seis marinos franceses.
El 6 de octubre de 1976, un bárbaro sabotaje derribó
en pleno vuelo a un avión de Cubana de Aviación, causando la muerte de 73
personas, entre ellas 57 cubanos, 11 guyaneses y cinco coreanos. El crimen está
todavía impune, mientras sus responsables andan sueltos en los Estados Unidos,
donde son tratados como héroes.
Solo enmarcados en el llamado Proyecto Cuba, hasta enero de 1963, fueron desarrolladas 5 780
acciones terroristas contra nuestro país, entre éstas 716 sabotajes de
envergadura contra instalaciones industriales.
La asombrosa cifra de 637 planes para asesinar al Comandante en Jefe Fidel
Castro, forman parte de la criminal política norteamericana para destruir a la
Revolución. Esa es la cifra conocida. ¿Cuántas aún no lo son?
Entre 1962 y 1994, fueron ejecutadas contra Cuba 13
498 provocaciones procedentes de la ilegal Base Naval de Guantánamo, las que
también costaron sangre y vidas a nuestro pueblo.
En total, durante estas agresiones, sabotajes, actos
terroristas y otros medios violentos promovidos, organizados, financiados y
protegidos por el gobierno terrorista de los Estados Unidos, 3 478 cubanos han
perdido la vida y otros 2 099 resultaron heridos y con daños irreversibles para
su salud.
Muchos de los causantes de esos crímenes, escaparon
hacia los Estados Unidos y allí fueron acogidos. Para ese gobierno, asesinar a
la población cubana, lejos de ser un crimen, es un mérito reconocido y bien
pagado.
Esa política no ha cesado aún. Al contrario, se
incentiva. Puede decirse que desde 1959 hasta hoy, cada presidente
norteamericano ha sumado su cuota de deshonra a este crimen.
Si todas esas agresiones proceden del territorio de
los Estados Unidos, si es allí donde se fraguan, financian y apoyan, si es esa
la guarida segura de los terroristas que contra Cuba actúan, ¿Quién puede
objetar la presencia allí de Gerardo, Ramòn, Antonio, Fernando y René, nuestros
cinco héroes para preservar la integridad de nuestro pueblo? ¿Puede
considerarse delito que los patriotas cubanos hayan penetrado a grupos
terroristas para desentrañar y desbaratar planes criminales como los que han
costado miles de vidas a nuestro país, además de la pérdida de cuantiosos
recursos económicos? La labor de ellos no fue contra el gobierno de los Estados
Unidos, sino contra la mafia terrorista.
Los datos y hechos aquí expuestos, son razones que
respaldan a los Cinco. Ellos – menos René que cumplió la injusta condena- sufren
prisión por ser antiterroristas y por ser cubanos. Los verdaderos terroristas
están sueltos por sus crímenes contra Cuba. Esa es la verdad que cada día se
abre pasos, hasta lograr que ellos regresen a al seno de su patria y de sus
familiares. Hasta que la mentira y el odio, cedan paso a la razón y a la
justicia.
martes, 3 de septiembre de 2013
René González: Que Cuba se llene de cintas amarillas el 12 de septiembre
René González. Foto de Archivo
Alocución de René González, Luchador antiterrorista y Héroe de la República de Cuba, en la TV el 3 de septiembre de 2013.
Queridos compatriotas:Ante todo les pido excusas por irrumpir en este momento. Sé lo que significa este espacio para la familia cubana y les prometo que seré breve, pero es necesario que esta alocución llegue a la mayor audiencia posible.
Como se sabe, el próximo 12 de septiembre se cumplirán 15 años de nuestros arrestos. Todos los años se hace una jornada tanto nacional como internacional para demandar que se nos haga justicia, pero queremos que la jornada que se realizará este año entre el cinco de septiembre y el seis de octubre sea una jornada única, sea una jornada especial, protagonizada por ustedes.
Quince años en la vida de un ser humano es mucho tiempo. Los hijos crecen, se convierten en hombres, en adolescentes; familiares fallecen y no están más con nosotros; y parte de la población cubana ha nacido en estos quince años.
Yo cumplí mi sentencia íntegramente, pero tenemos que impedir que eso suceda con mis cuatro hermanos por todo lo que implica y, aunque es duro decirlo, tenemos que recordar que eso para Gerardo implica que si los designios del gobierno norteamericano se cumplen, él moriría en la cárcel.
Durante estos años hemos tenido como protagonista del cariño al pueblo cubano. Ese cariño se ha manifestado de todas las formas posibles en las cartas, en los mensajes, en los dibujos de los niños y ese cariño es el que queremos que sea en esta ocasión el protagonista de la jornada.
Yo he tenido ocasión de sentirlo, de vivirlo, de palparlo, de experimentarlo en las calles de Cuba, de todas las formas posibles y en cualquier punto geográfico de la Isla y ese es el cariño que le estamos pidiendo que se manifieste en esta ocasión, donde ustedes lo hagan de la forma en que quieran, con toda la diversidad que nos caracteriza como cubanos y en la mejor manera que cada cual considere en su aula, en su centro de trabajo, en su barrio, en su proyecto comunitario, que puede ser capaz de manifestarlo.
Para la jornada se están preparando iniciativas que serán anunciadas, pero creemos que lo más importante es que cada uno de ustedes se una a esas iniciativas a su manera, de la forma en que considere que puede hacerlo.
Yo solo tengo para el pueblo una exhortación personal, que requiere de una historia. Yo quiero que este 12 de septiembre en el país se produzca un terremoto: un terremoto hermoso, un terremoto de amor, un mensaje del pueblo cubano al pueblo norteamericano a través de un símbolo que para el norteamericano medio es un símbolo de amor, es un símbolo de cariño y es un símbolo que ellos lograrán entender en su idioma; y ese símbolo es la cinta amarilla.
Quiero que el doce de septiembre el país se llene de cintas amarillas y que el visitante o el corresponsal extranjero que esté en la Isla no puedan ignorarlo. Que ese día la Isla de Cuba se sacuda y aparezcan cintas amarillas en los árboles, en los balcones, en las personas, como quiera que se les ocurra usarlas, en las mascotas, como ustedes lo decidan, que esas cintas amarillas llenen al país y que no pueda ser ignorado, que no pueda dejarse de reportar al mundo que el pueblo cubano está esperando por cuatro de sus hijos que están presos en Estados Unidos.
La cinta amarilla es un símbolo que ha entrado en la cultura del norteamericano, que se inició durante la Guerra Civil inglesa cuando las esposas de los combatientes los esperaban con cintas amarillas.
Luego fue transmitido a la Guerra Civil de los Estados Unidos y a través del tiempo con sus altas y sus bajas, ha ido cambiando de significación hasta que en los años setenta del siglo pasado una canción que hizo época la volvió a poner en la cultura norteamericana.
La canción es una hermosa historia de un preso que está al salir de la cárcel y que lo único que le pide a su prometida es que si aún lo ama, ponga una cinta amarilla en un árbol. A través de la letra, de la lírica de la canción, se va desarrollando la ansiedad de ese hombre que va a salir de la cárcel y su espera por saber si en el árbol va a estar la cinta amarilla y cuando él llega al lugar lo que ve en el árbol son cien cintas amarillas.
A partir de ese momento esa cinta se ha convertido en un símbolo para el norteamericano que espera a alguien en una misión en el exterior, que espera a un soldado, que espera a un ser querido y ese es el mensaje que queremos que ustedes le hagan llegar al pueblo norteamericano: que sepan que el pueblo cubano está esperando a cuatro de sus hijos. Que no es solamente la familia, que no es solamente quien los conoce personalmente, sino que hay un país, hay un pueblo que está esperando a cuatro de sus hijos injustamente encarcelados en los Estados Unidos.
Contamos con ustedes para eso, confiamos en ustedes. Queremos que sea una jornada distinta y también queremos que sea la última jornada y creo que este es el momento de traerlos a casa y para eso contamos con el apoyo de ustedes.
Muchas gracias.
sábado, 17 de agosto de 2013
Perucho Figueredo Cisneros. ¡Morir por la Patria es vivir!
. Orlando Guevara Núñez
El 17 de agosto de 1870, fue fusilado en Santiago de Cuba, por las
autoridades coloniales españolas, el Mayor General del Ejército Libertador
Cubano, Pedro Figueredo Cisneros (Perucho), autor del Himno Nacional cubano.
Sus restos reposan en el cementerio de Santa
Ifigenia, de esta ciudad. Abogado, poeta, músico y patriota, Perucho formó
parte, junto a Francisco Vicente Aguilera y Francisco Maceo Osorio, del Comité
Revolucionario que en Bayamo apoyó el levantamiento de Carlos Manuel de
Céspedes, el 10 de octubre de 1868, en el ingenio La Demajagua, primera gran
gesta independentista cubana contra el colonialismo hispano.
Por sus méritos, llegó a ser Jefe del Estado Mayor y Subsecretario de Guerra de la República en Armas. Antes se había distinguido como antiesclavista y contrario al dominio de España en Cuba, actitud por la cual sufrió prisión.
Su vertical posición independentista, se puso de manifiesto cuando expresó su decisión de unirse a Carlos Manuel de Céspedes y marchar con él a la gloria o al cadalso. En la ciudad de Bayamo, montado sobre su caballo y en medio del fragor de la lucha, escribió el Himno Nacional Cubano, estrenado el 20 de octubre de 1868 y el cual proclama que “Vivir en cadenas es vivir en afrenta y oprobio sumido” y que “Morir por la Patria es vivir”.
Durante la toma de Bayamo por los soldados del Ejército Libertador, la abanderada fue Candelaria Figueredo Vázquez, su hija, quien se sumó a la lucha en el monte y al ser hecha prisionera fue enviada hacia los Estados Unidos, donde permaneció hasta el cese del poder español en su tierra. De regreso a Cuba, falleció en enero de 1920.
Luego del incendio de Bayamo- ciudad incinerada por los patriotas antes que entregarla al poder colonial español- Perucho Figueredo marchó a la manigua. Allí enfermó de tifus y las lesiones en los pies le impedían caminar. En esas condiciones fue hecho prisionero y conducido luego hasta Santiago de Cuba, donde fue juzgado, sancionado a pena de muerte y fusilado pocos días después de su apresamiento.
Recoge la historia que las autoridades españolas, para mancillar el honor del patriota, como él no podía caminar, lo condujeron hasta el lugar del fusilamiento montado en un asno. A tal ofensa, Perucho respondió diciendo que no era el primer patriota que montaba en ese tipo de cabalgadura.
Antes de la ejecución, las autoridades coloniales, desconociendo los valores de Perucho, le propusieron perdonarle la vida si hacía dejación de la lucha, lo cual fue rechazado con hidalguía por el insigne cubano, quien expresó que sentía la muerte “Sólo por no poder gozar con mis hermanos la gloriosa obra redentora que había imaginado y que se encuentra ya en sus comienzos. Y una sentencia suya fue confirmada por la historia: ¡España ha perdido a Cuba!
¡Morir por la Patria es vivir!, expresó en sus últimos instantes de existencia el patriota. Esas palabras, lejos de perecer acribilladas por las balas de los enemigos, resurgieron con mayor fuerza y se multiplicaron en los campos de batalla, como símbolo de una decisión que, generación tras generación, se hizo patrimonio de los cubanos hasta su libertad definitiva y adquiere hoy mayor dimensión ante las actuales amenazas, esta vez contra un enemigo más brutal y traicionero: el imperialismo norteamericano.
Por sus méritos, llegó a ser Jefe del Estado Mayor y Subsecretario de Guerra de la República en Armas. Antes se había distinguido como antiesclavista y contrario al dominio de España en Cuba, actitud por la cual sufrió prisión.
Su vertical posición independentista, se puso de manifiesto cuando expresó su decisión de unirse a Carlos Manuel de Céspedes y marchar con él a la gloria o al cadalso. En la ciudad de Bayamo, montado sobre su caballo y en medio del fragor de la lucha, escribió el Himno Nacional Cubano, estrenado el 20 de octubre de 1868 y el cual proclama que “Vivir en cadenas es vivir en afrenta y oprobio sumido” y que “Morir por la Patria es vivir”.
Durante la toma de Bayamo por los soldados del Ejército Libertador, la abanderada fue Candelaria Figueredo Vázquez, su hija, quien se sumó a la lucha en el monte y al ser hecha prisionera fue enviada hacia los Estados Unidos, donde permaneció hasta el cese del poder español en su tierra. De regreso a Cuba, falleció en enero de 1920.
Luego del incendio de Bayamo- ciudad incinerada por los patriotas antes que entregarla al poder colonial español- Perucho Figueredo marchó a la manigua. Allí enfermó de tifus y las lesiones en los pies le impedían caminar. En esas condiciones fue hecho prisionero y conducido luego hasta Santiago de Cuba, donde fue juzgado, sancionado a pena de muerte y fusilado pocos días después de su apresamiento.
Recoge la historia que las autoridades españolas, para mancillar el honor del patriota, como él no podía caminar, lo condujeron hasta el lugar del fusilamiento montado en un asno. A tal ofensa, Perucho respondió diciendo que no era el primer patriota que montaba en ese tipo de cabalgadura.
Antes de la ejecución, las autoridades coloniales, desconociendo los valores de Perucho, le propusieron perdonarle la vida si hacía dejación de la lucha, lo cual fue rechazado con hidalguía por el insigne cubano, quien expresó que sentía la muerte “Sólo por no poder gozar con mis hermanos la gloriosa obra redentora que había imaginado y que se encuentra ya en sus comienzos. Y una sentencia suya fue confirmada por la historia: ¡España ha perdido a Cuba!
¡Morir por la Patria es vivir!, expresó en sus últimos instantes de existencia el patriota. Esas palabras, lejos de perecer acribilladas por las balas de los enemigos, resurgieron con mayor fuerza y se multiplicaron en los campos de batalla, como símbolo de una decisión que, generación tras generación, se hizo patrimonio de los cubanos hasta su libertad definitiva y adquiere hoy mayor dimensión ante las actuales amenazas, esta vez contra un enemigo más brutal y traicionero: el imperialismo norteamericano.
sábado, 27 de julio de 2013
Hacia el aniversario 60 del Moncada (26 y final)
A nadie traicionó Fidel
Orlando Guevara Núñez
Cuando triunfó la Revolución,
muchos politiqueros, explotadores,
magnates y todo tipo de personajes que habían hecho maridaje con la tiranía
batistiana, pensaron que, como era tradición
en Cuba, sólo se había producido en
cambio de hombres en el gobierno. Y se aprestaban a buscarse un lugar desde donde continuar
viviendo con sus privilegios, a costa del pueblo.
“Esta es tu casa, Fidel”. Tal
plaquita se puso en la puerta principal de muchos palacetes donde, más que
cubanos, vivían camaleones que pretendieron engañar al pueblo. Algunos hicieron
donaciones de reses, de implementos agrícolas, o de dinero para la Reforma Agraria
a la cual, llegado el momento, combatirían, en contubernio con el gobierno
imperialista de los Estados Unidos.
Fueron los mismos que se
sumaron a la estampida cuando vieron frustradas sus aspiraciones y llegaron a
la conclusión de que esta era una revolución verdadera y no un “quítate tú para
ponerme yo”, como lo habían pensado.
Comenzaron, desde entonces, a
difundir la mentira de que Fidel Castro los había traicionado. Se sentían con
el derecho de continuar expoliando al pueblo y, por lo tanto,
engañados al no poder hacerlo. En realidad, no tuvieron nunca razón para
pensar de esa forma. Porque Fidel, desde
el mismo juicio del Moncada, el 16 de octubre de 1953, hablo con claridad y
definió hacia dónde iría la Revolución una vez logrado el triunfo.
“Los demagogos y los políticos
de profesión quieren obrar el milagro de estar bien en todo y con todos,
engañando necesariamente a todos en todo” -expresó en esa ocasión, rodeado de
soldados con bayonetas- añadiendo
que “Los revolucionarios han de
proclamar sus ideas valientemente,
definir sus principios y expresar sus intenciones para que nade se engañe, ni
amigos ni enemigos”. Y así lo hizo.
“Cuando hablamos de pueblo, no
entendemos por tal a los sectores acomodados y conservadores de la nación, a
los que viene bien cualquier régimen de
opresión, cualquier dictadura, cualquier despotismo, postrándose ante el amo de
turno hasta romperse la frente contra el suelo. Entendemos por pueblo cuando
hablamos de lucha, la gran masa irredenta, a la que todos ofrecen y a la que
todos engañan y traicionan, la que anhela una patria mejor y más digna y más
justa; la que está movida por ansias ancestrales de justicia por haber padecido
la injusticia y la burla generación tras generación, la que ansía grandes y
sabias transformaciones en todos los órdenes y está dispuesta a dar para
lograrlo, cuando crea en algo o en alguien, sobre todo cuando crea
suficientemente n sí misma, hasta su última gota de sangre”
Y su definición de pueblo fue
más puntual aún: “Nosotros llamamos
pueblo, si de lucha se trata, a los seiscientos mil cubanos que están sin
trabajo (…) a los quinientos mil obreros
del campo, que habitan en bohíos miserables, que trabajan cuatro meses al año y
pasan hambre el resto, compartiendo con sus hijos la miseria (…) a los
cuatrocientos mil obreros industriales y braceros cuyos retiros, todos, están
desfalcados, cuyas conquistas les están arrebatando, cuyas viviendas son las
infernales habitaciones de las cuarterías, cuyos salarios pasan de las manos
del patrón a las del garrotero, cuyo futuro es la rebaja y el despido, cuya
vida es el trabajo perenne y cuyo descanso es la tumba”
En su concepto de pueblo, no
fueron incluidos los explotadores, los magnates, los terratenientes, los
políticos corruptos, los militares asesinos.
Incluyó Fidel a los cien mil
agricultores pequeños que trabajaban la tierra sin ser suya; a los treinta mil
maestros y profesores que tan mal se les trataba y pagaba; a los veinte mil
pequeños comerciantes, abrumados de deudas, arruinados por la crisis; a los
diez mil profesionales jóvenes médicos, ingenieros, abogados, veterinarios,
pedagogos, dentistas, farmacéuticos, periodistas, pintores, escultores que al
graduarse se enfrentaban a un callejón sin salida.
Y fue a ese pueblo a quien
Fidel, preso y solitario, enfrentando al Tribunal que lo condenaría a 15 años
de prisión, le hizo una promesa: si triunfaba la Revolución, no decirle “Te
vamos a dar”, sino ¡Aquí tienes, lucha ahora con todas tus fuerzas para que
sean tuyas la libertad y la felicidad! Y
eso fue lo que hizo desde el 1ro. de enero de 1959.
Los seis graves problemas de la
nación cubana, abordados por Fidel en su alegato de auto defensa conocido como
La historia me absolverá: el problema de la tierra, el problema de la industrialización, el problema de la
vivienda, el problema del desempleo, el problema de la educación, y el problema
de la salud del pueblo, fueron parte decisiva del programa del Moncada,
cumplido y sobre cumplido en los primeros años de la Revolución.
Cada ley revolucionaria,
siempre a favor del pueblo, atrajo sobre sí el odio imperial y contrarrevolucionario. Así, se dedicaron a combatir a la Revolución
con el fin de destruirla. Pero el pueblo, desde el inicio, se preparó para
defender sus conquistas.
Las mentiras y el engaño han sido
siempre armas predilectas de la contrarrevolución y los gobiernos de los
Estados Unidos para combatirla. Y entre sus falsos argumentos, está el invento
de que fueron traicionados.
Como está demostrado, la
política revolucionaria trazada por Fidel estuvo bien clara antes del 1ro. de enero de 1959. Y víspera de la
agresión mercenaria de Playa Girón, el Comandante en Jefe de la Revolución cubana
ratificó sus concepciones sobre la lucha, al proclamar el carácter patriótico,
democrático y socialista de la Revolución de los humildes, por los humildes y
para los humildes.
Los traidores, los
explotadores, los latifundistas, los políticos corruptos, los ladrones, los
asesinos, no cupieron nunca, como sucede hoy, en el concepto de pueblo. Siendo
así, ¿de cuál traición hablan? ¿Haberle arrebatado a ellos el poder para
entregarlo al pueblo, es alguna traición? Y ese pueblo verdadero no ha sido, ni
será nunca, traicionado por la Revolución, porque él mismo es la Revolución.
Y hoy, al rememorar esos
pasajes sobre los principio planteados por Fidel en La historia me absolverá,
válido es recordar, sobre todo a quienes no pierden las esperanzas del regreso
a un pasado capitalista de Cuba, lo proclamado por el jefe de la Revolución en
aquel momento, convertido hoy en determinación de todo el pueblo. “Vivimos en
un país libre que nos legaron nuestros padres y primero se hundirá la Isla en
el mar antes que consintamos en ser esclavos de nadie”
Hacia el aniversario 60 del Moncada (25)
La
historia absolvió a Fidel
.Orlando Guevara Núñez
El asalto a los cuarteles
Moncada, en Santiago de Cuba, y Carlos Manuel de Céspedes, en Bayamo, el 26 de
julio de 1953, marcó el inicio de una nueva etapa –la última- en la gesta del
pueblo cubano por su libertad e independencia. El método de la lucha armada para derrocar a la tiranía se impuso sobre las
manidas y corrompidas contiendas electorales. Surgió la figura de Fidel como
líder verdadero que representaba los intereses del pueblo. Y de ese épico combate
nació también un programa revolucionario que uniría a las masas para derrotar a
la dictadura y construir luego su propio destino.
El 21 de septiembre de 1953,
comenzó en Santiago de Cuba el juicio calificado como el más trascendente de la
historia cubana. Fue la Causa
37 del Tribunal de Urgencias de esta ciudad. Pero el principal acusado, el
joven abogado y revolucionario Fidel Castro, se convirtió pronto en acusador y
los acusadores en acusados.
Fue en ese proceso-iniciado
en el Palacio de Justicia- que Fidel, cuando uno de los inculpados sin tener
relación alguna con los asaltantes, en un acto de autodefensa se dirigió a él
para que justificara su inocencia y que no era autor intelectual del asalto,
respondió con una afirmación histórica: “Nadie
debe preocuparse de que lo acusen de ser
autor intelectual de la
Revolución, porque el único autor intelectual del asalto al Moncada es José Martí, el
Apóstol de nuestra independencia”.
Tales fueron el miedo y la
baja moral de los representantes de la tiranía batistiana en ese juicio, tan
aplastante la verdad contra la mentira, que Fidel fue sustraído de las
sesiones, con la farsa de que estaba enfermo, estratagema desbaratada en el
propio plenario por la también asaltante y prisionera Melba Hernández Rodríguez
del Rey, quien poseía una carta de desmentida firmada por el propio Fidel.
De todas formas, Fidel fue
juzgado en otra sesión, celebrada el 16 de octubre de 1953, en una pequeña
salita de estudio de enfermeras del Hospital Civil Saturnino Lora, a pocos
metros del majestuoso Palacio de Justicia. Con esa arbitrariedad, se
quería que las palabras del jefe
revolucionario no fueran escuchadas y se extinguieran en el silencio.
Pero allí, rodeado de
esbirros y de soldados armados con bayonetas, se enfrentó Fidel al Tribunal que
lo juzgaba y a la petición fiscal de 26 años de presidio por los hechos del
Moncada.
“Los
revolucionarios-advirtió convertido en su propio abogado defensor- han de proclamar sus ideas valientemente, definir sus principios y
expresar sus intenciones para que nadie se engañe, ni amigos ni enemigos”.
Y así lo hizo. Así pronunció
su alegato de autodefensa, conocido más tarde como La historia me absolverá, palabras con las cuales concluyó su
valiente intervención. Así surgió el Programa del Moncada.
En su exposición, Fidel
denunció los atroces crímenes de la tiranía contra los jóvenes asaltantes. De
los 61 muertos, sólo seis habían caído en combate, siendo el resto
asesinados después de estar prisioneros.
Fustigó también los graves problemas políticos, económicos y sociales que
hundían a la nación cubana en la corrupción de los gobernantes, la miseria, la
explotación, la insalubridad, el analfabetismo, el subdesarrollo, el abandono
de los pobladores rurales y la desesperanza del pueblo ante las maniobras
politiqueras que mucho prometían y nada hacían contra las injusticias
imperantes.
Profundizó en las causas de esos graves males,
entre ellos el latifundismo que concentraba en manos de terratenientes
nacionales y extranjeros enormes extensiones de tierra sin cultivar – el 25 por
ciento de ellas en manos de geófagos norteamericanos- , mientras que más de
cien mil campesinos no eran dueños de sus tierras, sufrían desalojos, y más
de 500 000 obreros del campo sólo
trabajaban cuatro meses al año y pasaban hambre el resto, sin poseer una
pulgada de tierra donde sembrar para mantener a sus hambrientos hijos.
El problema de la tierra, el
problema de la salud, el problema de la educación, el problema de la vivienda,
el problema del desempleo, el problema de la industrialización. Sobre el
dramatismo que vivía el pueblo en esos seis aspectos, mientras que los ricos
engordaban cada vez más sus arcas, hizo el joven combatiente las más profundas
reflexiones.
Pero Fidel fue mucho más
allá de la denuncia. Expuso también un programa de lucha. Definió, en primer
lugar, su concepto de pueblo: los 600 000 desempleados, los 500 000 obreros del
campo y 100 000 campesinos explotados y hambrientos, los 30 000 maestros y
profesores mal pagados. También los miles de profesionales que salían de las
aulas para enfrentarse a una sociedad que no les brindaba empleo. No estuvieron
nunca en esa clasificación los políticos corrompidos, los terratenientes, los
casatenientes, los grandes comerciantes, los esbirros, los que oprimían y
esquilmaban a los cubanos.
Y fue claro en su concepción
defendida para la hora de la victoria: A
este pueblo, cuyos caminos de angustias están empedrados de engaños y falsas
promesas, no le íbamos a decir: te vamos a dar, sino: ¡Aquí tienes, lucha ahora
con todas tus fuerzas para que sean tuyas la libertad y la independencia!
Al final, el Tribunal
condenó a Fidel a 15 años de prisión, los que comenzó a cumplir en el presidio
de la entonces Isla de Pinos (hoy Isla de la Juventud), de donde salió
amnistiado el 15 de mayo de 1955, como consecuencia de la presión popular.
En esa prisión terminó el
líder de la gesta moncadista de redactar su alegato histórico, el cual,
convertido ya en Programa, fue editado clandestinamente en 1954 y de igual
forma circuló entre miles de manos de los revolucionarios cubanos. El
Movimiento Revolucionario 26 de Julio, fundado en 1955, con Fidel a la cabeza,
hizo suyo ese programa, aglutinó al pueblo en la lucha por él y lo convirtió en
su arma invencible hasta derrocar al tirano.
El Programa del Moncada fue
cumplido con creces desde los primeros años de la Revolución triunfante.
Y todos los sueños de ayer son realidades revolucionarias de hoy.
En la pequeña salita de enfermeras donde
sesionó el Tribunal, no están encerradas las palabras de Fidel. Pero allí
parecen vibrar ellas todavía, cuando expresaron la grandeza y valentía de un
hombre armado de las más profundas convicciones:
Termino
mi defensa, pero no lo haré como hacen siempre los letrados, pidiendo la
libertad del defendido; no puedo pedirla cuando mis compañeros están sufriendo
ya en Isla de Pinos ignominiosa prisión. Enviadme junto a ellos a compartir su
suerte, es concebible que los hombres honrados estén muertos o presos en una
república donde está de presidente un criminal y un ladrón.
Y late también el final de
la magistral autodefensa: En cuanto a
mi, sé que la cárcel será dura como no ha sido nunca para nadie, preñada de
amenazas, de ruin y cobarde ensañamiento, pero no la temo, como no temo la
furia del tirano miserable que arrancó la vida a setenta hermanos míos.
Condenadme, no importa, ¡La historia me absolverá!
La historia no sólo absolvió
a Fidel, sino que lo ha elevado al sitial más alto de la Patria y del corazón de
millones de seres humanos en disímiles partes de este mundo que ahora saben
también que un mundo mejor es posible. Y por ese mundo luchan.
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